Hay cuatro sustancias químicas que los expertos vinculan directamente con la felicidad: dopamina, seretonina, endorfinas y oxitocina. Esta última en particular, mi peor enemiga.
Se le llama también “hormona del amor y del abrazo”, y está fuertemente vinculada al placer sexual y las conexiones emocionales profundas. Eso que te pasa cuando te envuelven los brazos de alguien que quieres mucho y te nace un calor intenso en el pecho por el que no puedes dejar de sonreír como tonta.
Cuando has pasado años de tu vida confinada a las paredes de tu habitación, producto de lo que mi última psiquiatra llamó un trastorno depresivo persistente, las situaciones que permiten la liberación de oxitocina se vuelven fácilmente una adicción conductual.
Hace un tiempo, casi a un mes de cumplir 26 años, le dije a un amigo que soñaba con enamorarme. Al parecer nunca he sido una persona de aspiraciones muy grandes, y supongo que podría haber dedicado todas esas velas de cumpleaños para anhelar algo mejor, pero qué le iba a hacer, yo quería enamorarme. Podrá parecer sonso, infantil e incluso un sin sentido, pero quién haya estado en mis zapatos querrá creer que soñar con amor es igual de válido que soñar con cualquier otra cosa.
En aquella oportunidad mi amigo soltó una risa compasiva para decirme que era demasiado tarde para sueños así, pues “vaya que ya me había enamorado”. Y no sé si efectivamente todas las lágrimas que derramé eran de amor o de miedo, pero para efectos de esta reflexión, reconoceré que experimenté un cariño inmenso, uno que nunca antes había sentido y que ahora temo nunca volver a sentir.
Días después de hablar con mi amigo, mi hermano mayor me encontró lamentándome por, lo que yo declaraba en ese momento, el padecimiento cardiaco más grande que había sentido en mi vida. De forma figurativa, claro, aunque también es cierto que me dolían los pulmones de tanto llorar, me sentía enferma. Para ese entonces, podía reconocer que lo que más me descolocó no fue la pérdida de alguien que quise tanto, sino el nuevo paradigma de tristeza que llegué a conocer. Lo que fue sorprendente, considerando todo el tiempo de vida que ya antes me la había pasado llorando.
Y es que de pequeña fui tan romántica y enamoradiza. Las primeras cosas que aprendí a escribir fueron los nombres de los niños que me gustaban para dedicarles declaraciones de amor que les escondía de forma anónima entre sus cosas. En todos mis diarios de niña abunda el desencanto y la tristeza por amor no correspondido.
Sin embargo, también es cierto que muy temprano en la vida me enseñé a mi misma que el amor es algo que se gana y se pierde, sobre todo se pierde. Y crecí por lo tanto pensando que debía ganar mi derecho a usar el poco espacio que tenía disponible siendo simpática, aplicada, buena alumna, buena amiga, tierna y poco problemática.
Crecer con esta concepción condicional del amor tan arraigada a la piel, facilitó las condiciones para poco a poco ser consumida por la ansiedad y los comportamientos obsesivos compulsivos. Algunas psicólogas durante mi vida han acusado miedo al abandono, apego desorganizado, y otras cosas. No sé, y a esta altura no me interesa. Pensé entonces en todos los chicos que he querido, a todos los que me han hecho sentir mariposas en el estómago, calor en el pecho, lágrimas en las mejillas y ganas de vomitar.
El juego siempre ha sido el mismo, perseguir algo que no va a pasar. Donde todos esos besos, esos cariños, esas camas, no son más que una fantasía de lo que podría salir bien, pero hasta ahí. ¿Si he sentido cariño sincero alguna vez por parte de estos potenciales pretendientes? Sí, es posible, pero todas esas veces he sido yo la que da un paso al costado, acusando que no me siento lista, cuando la verdad es que no me siento segura. Porque, como aprendí de niña, el amor no es algo que te queda claro, es algo que se siente incierto. Y si alguien intenta demostrarme lo contrario, me parece mal. No porque no lo quiera, sino porque me obliga a salir de mi zona de confort.
Entonces me di cuenta de lo siguiente: por supuesto que es más cómodo jugar a estar enamorada de gente sin disponibilidad emocional y evitativa. Porque cuando estás en la cama con él, o ellos, es más fácil permitirte abrazarlos más fuerte, 15, 20, 30 minutos más. Qué importa realmente dejar en evidencia tu gigante corazón, si ya sabes que será, probablemente, la última vez. Al cruzar la puerta te consumirá la soledad y tristeza nuevamente. Pero qué son 5 días deprimida a costa de 5 horas intoxicada de felicidad, ¿cierto?
Los seres humanos buscamos certezas, a pesar de estar condenados a la incertidumbre. Lo único cierto de estos vínculos es que no van a resultar, y esa ansiedad por ganarte ese poco tiempo, junto al sentimiento de gratificación una vez los tienes un momento, es más que suficiente para hacerte volver ahí, con otras caras y otros cuerpo, una y otra vez. Operando de esa forma, una relación sana y segura nunca va a saciar tu anhelo de bienestar.
Y si mi sueño es enamorarme ¿cómo lo voy a hacer realmente si cada vez que algo se siente distinto me siento incómoda y me voy? Esa pregunta ronda frecuentemente en mi cabeza desde esa conversación con mi amigo.





