Estamos a días de que se cumplan dos años en la presidencia de la doctora Claudia Sheinbaum Pardo, y la “brillante” oposición no puede salir de su principal “argumento” que sugiere que la presidenta es un títere, a manera del Maximato, periodo de seis años que siguió a la presidencia del general Plutarco Elías Calles, y en el que colocó a tres elementos, muy poco brillantes, a manera de personeros para obedecer sus dictados.
A uno de ellos, el primero, Pascual Ortiz Rubio, se le apodaba “el nopalito”, por baboso, de plano, y quien se vio obligado a renunciar por diferendos con Calles, al amenazar este con retirarle su apoyo y consejo; de ese tamaño era la ascendencia del general ante el primer presidente supuestamente civil luego de años de conflicto armado y de generalotes desfilando por la silla del águila.
Le seguirían otros dos, funcionarios grises, ambiciosos y vulgares, que dieron paso a la elección de otro general, muy joven este, Lázaro Cárdenas del Río.
Con Cárdenas se equivocó Calles, al pensarlo dócil y sin los arrestos necesarios para hacerle frente, pero lo hizo, enviando a su casa en una fría madrugada a un continente de fuerzas del orden que lo llevaron directo a un avión, ataviado aún con su pijama con la que dormía, con rumbo a un exilio no tan dorado, pero respetándole la vida, que en esos tiempos no era poca cosa. El país todavía atravesaba una época de institucionalidad frágil, pero aún así, se perfilada ya un régimen que funcionaría como reloj suizo por décadas, el partido de la Revolución mexicana, con su institución política fundamental: la presidencia de la República.
Hoy en día, los expresidentes, dado nuestro sistema presidencialista y sus leyes tanto escritas como no escritas, hacen impensable que un expresidente no sea otra cosa que lo que atinadamente y como hijo de un expresidente, plasmó en su libro La Silla del Águila, don Miguel Alemán Velasco, quien los definió como lo que son, “tehuacanes sin gas”, es decir, entes cuyo destino en los hechos es el ostracismo vitalicio.
Esto lo sabe, como uno de los grandes conocedores de la historia de México, el mismo Andrés Manuel López Obrador, quien debe reír a carcajadas desde su sencillo despacho en su finca de Palenque, donde dedica su tiempo a producir conocimiento, investigando y dando forma a su próximo libro de historia que saldrá al mercado, para delicia de nosotros, sus muchos miles de lectores.



