Fue una anécdota de su hermana mayor, Alicia, la que motivó a Hernán Rivera Letelier (76) a crear una novela sobre una misteriosa cantante de boleros en la oficina salitrera Algorta. “Ella contaba siempre que se ponía a cantar boleros en la oficina. Después de almuerzo se quedaba sola en la cocina lavando rumas y rumas de platos, y todos la escuchaban. Y no solo eso, contaba que las vecinas le pedían que cantara tal o cual bolero. Cada vez que contaba esta historia yo vivía pensando que algo no andaba bien. Un día le pregunté: ‘Oye, ¿y tú dónde aprendiste los boleros que cantabas?’. Y me dijo que no tenía idea de dónde, que yo no se los enseñé”.
Por años, ese misterio siguió rondándole al escritor. “Yo la escuchaba cantar los himnos evangélicos cuando íbamos al culto. En mi casa no había radio, ni tocadiscos. Éramos hijos de evangélicos, no podíamos ir a un baile, no podíamos ir a un espectáculo, ni siquiera podíamos ir al circo porque era cosa mundanal. Entonces, de ahí me puse a investigar el misterio y me resultó esta novela”.

La bolerista de Algorta (Alfaguara), entonces, se llama lo nuevo del Premio Nacional de Literatura 2022, en torno a esa misteriosa cantante y cómo fue que aprendió su repertorio sin tener ninguna posibilidad de haber accedido a ello. “Fue trabajosa porque, como tú sabes, estoy escribiendo con un solo dedo y entonces escribir me resulta muy difícil. De la anécdota de mi hermana había que hacer una novela, una historia más larga, y fue muy complicado. En un momento empecé a pensar que no me la iba a poder, pero ahí salió. La saqué adelante gracias a la intuición y el oficio”.
Amén del amor que Rivera Letelier tiene por la música popular, los boleros ocupan un lugar fundamental en su vida. Además de las rancheras y la música mexicana. “Cuando descubrí el bolero, fue la música que me conquistó. Yo soy tan romántico como un bolero. Hay que tener una condición de romántico en estado puro para crear un bolero. Hay algunos que pareciera que han caído del cielo, porque no es posible que un ser humano escribiera eso”.
¿Cuáles son sus boleros favoritos?
La barca, Espérame en el cielo, Nuestro juramento, Bésame mucho y un montón de otros boleros, unos más antiguos que otros. De los cantantes, me gustaba Lucho Barrios, Julio Jaramillo, Lucho Gatica, con su bolero El reloj, impresionante. Armando Manzanero también, me parece uno de los boleristas increíbles. Esta tarde vi llover, Somos novios también son impecables.

¿Se acompañaba cantando boleros mientras era minero en la pampa?
Yo soy nulo para cantar. Tengo una voz de tarro para la música. Una vez intenté tocar la guitarra, me salieron ampollas en los dedos. Las ampollas se me convirtieron en callos y no aprendí a tocar ni una nota. Pero tengo un oído interno que es fenomenal para llevar el ritmo de un poema, de una novela, de un libro. Para escribir hay que tener un ritmo y un tono.
Ese ritmo y tono también tiene que ver con la poesía.
Claro, sin poesía no hay nada. Sin poesía no hay novela, no hay teatro. La poesía es el combustible del arte, sirve para la pintura y la escultura también.
¿Escuchaba boleros mientras escribía esta novela?
No escucho boleros mientras tecleo, no hago nada más que escribir. No escucho música, no leo nada. Cuando estoy escribiendo, tengo puestos los cinco sentidos en el universo que estoy tirando, porque si me falla un sentido, ya no va a estar completo. Es como hacer el amor (ríe). Para hacer el amor, si no se tienen puestos los 5 sentidos, se goza a medias. Tienen que gozar el olfato, el oído, el tacto, el gusto, la vista. Por ejemplo, si tu compañera o compañero tiene mal aliento, ahí te falla el sentido del olfato.
Si tuviese que escoger un bolero que representase el espíritu de esta novela, de La bolerista de Algorta, ¿cuál elegiría?
Yo creo que uno que se llama Sabor a mí. Me gusta la letra.
Hace poco tiempo volvió a Algorta en su Diario de vida que nunca escribí. Ahí contó sus primeros años. Pero ahora vuelve a Algorta en la narrativa de ficción. ¿Qué ha significado para usted volver a Algorta desde ese lugar?
Desde el comienzo, cuando empecé a escribir, estaba Algorta en la mente. Es como el paraíso de mi infancia. Las principales cosas que sé -que son las que escribo- las viví o las aprendí en la infancia, y eso pasó en Algorta. Algorta aparece por ahí en un destello en La reina Isabel cantaba rancheras, en El himno del ángel parado en una pata aparece completamente. Aparece en otras novelas y después en lo que escribí en mi autobiografía. Entonces no he podido escapar de ese recuerdo. Algorta es como mi patria de infancia.
¿Alguna vez tuvo la ocasión de dedicarle un bolero a alguna muchacha que le gustase?
Yo le puse un nombre a una bolerista, a Carmen Prieto. La fui a ver cantar, es espectacular. Y yo le puse “La hembra del bolero”, porque aparte de cantar bonito tiene un cuerpo de hembra espectacular. Se lo dije a ella misma. Me la encontré en la Feria del Libro, en la Estación Mapocho. Ella venía llegando de una gira por Argentina, me la presentaron y ahí la bauticé. Le encantó el apodo.
¿En qué se encuentra ahora?
Estoy dando vueltas como león enjaulado. No sé qué escribir. Y ahí estoy, pues, esperando que el duende, si es que no se ha vuelto, aparezca de nuevo.
¿Va a continuar con la publicación de sus memorias?
Falta la parte de la vejez. Pero esa la voy a tener que publicar después de muerto, porque si no me van a asesinar. Después de muerto, puede que resucite al tercer día.






