Hace un año que Hugo Aguilar asumió la presidencia de la Suprema Corte y todo en este tiempo, dice él, “ha sido difícil”. El máximo tribunal de México todavía se enfrenta a las dudas de los más críticos sobre su eficacia en despachar asuntos y su independencia frente al Ejecutivo. La polémica reforma judicial, que sustituyó de un plumazo a la mitad de la judicatura por juzgadores electos en las urnas, incluidos los nueve ministros de la Corte, sigue pesando sobre una institución que debe resolver en los próximos meses algunos de sus grandes pendientes. Los posicionamientos políticos, los tropiezos o las discusiones públicas empañan cada tanto la imagen que se proyecta hacia el exterior, pero Aguilar se mantiene firme en lo que considera su “compromiso de vida” y se defiende de las críticas bajo un imponente mural de Orozco, en la sede del Alto Tribunal.






