La tendencia se acabó: después de muchas décadas de formación especializada, en las que las facultades de ingeniería formaban a profesionales con títulos y conocimientos cada vez más específicos, los frenéticos cambios tecnológicos obligan a lo contrario. A formar ingenieros e ingenieras civiles flexibles, capaces de saber de mecánica pero también de programación, de electricidad y además de datos e inteligencia artificial.

Así lo entendió la Universidad San Sebastián, que anunció la creación de dos nuevas carreras de ingeniería para 2027: Civil Eléctrica y Civil Mecánica. Aunque sus nombres no presentan novedad, sus mallas sí: tal como explica su decano, Rodrigo Navia, ambas están diseñadas para enfrentar un escenario industrial robotizado y automatizado, que ya se despliega ante nosotros.

“Queremos que nuestros ingenieros e ingenieras civiles eléctricos tengan un perfil muy orientado a la transición energética y la electromovilidad”, cuenta, “mientras que los civiles mecánicos se enfoquen hacia temas de manufactura avanzada, digitalización y análisis de datos en procesos productivos”.

Rodrigo Navia, decano de la Facultad de Ingeniería de la U. San Sebastián.

¿Tenemos en Chile el capital humano necesario para estar a la altura de ese cambio de matriz productiva y energética?

En el ámbito de las tecnologías emergentes existe un consenso de que nos falta capital humano. Desde lo clásico, como la computación informática, pero también en inteligencia artificial, machine learning y ciencia de datos. Ahí todavía tenemos una brecha que resolver y por lo tanto estas carreras que estamos lanzando para el 2027 en la Facultad de Ingeniería de la USS buscan cerrarlas.

¿Qué tipo de ingenieros está necesitando con más urgencia hoy la industria?

Hoy la industria, por ejemplo en el tema de IA asociada a distintos procesos —eléctricos, mecánicos o financieros—, está demandando gente que demuestre altos conocimientos específicos. Nosotros ya estamos incorporando en nuestras mallas curriculares programas con desarrollo de IA. Y los profesionales ya egresados que no han tenido esa oportunidad pueden adquirirlos en cursos cortos. Con la ciencia de datos pasa algo similar: cada vez más empresas están tomando decisiones basándose en muchos datos, incluso en tiempo real.

En el auge de la robotización y la automatización, ¿qué rol tendrán los nuevos ingenieros para que Chile no se quede atrás?

Hoy entendemos la producción como un sistema donde convergen la energía, que ahora avanza fuertemente hacia lo renovable; las tecnologías, que se renuevan constantemente; los datos; y, por supuesto, el capital humano. Además está entrando muy fuerte la robótica, los sistemas ciberfísicos y la automatización. Entonces, los nuevos profesionales deben dialogar permanentemente con todas estas variables. Es lo que llamamos industria 4.0: un triángulo entre eléctrica, mecánica y software, con procesos se monitorean en tiempo real, generando datos que luego se evalúan para tomar decisiones. Esa es la principal diferencia respecto de lo que se espera hoy de un ingeniero o ingeniera.

Aquí aparece también una nueva relación entre la universidad y la industria. ¿Cómo trabajan para estar al día con las necesidades de las empresas?

Usamos una metodología de aprendizaje basada en retos, adaptada a nuestros procesos formativos. Se trata de llevar los problemas industriales al aula. Para eso vinculamos tempranamente a los estudiantes con desafíos reales planteados por empresas, cuya complejidad aumenta desde el tercer al quinto año. Hoy tenemos más de 80 empresas socias que nos entregan estos retos y nuestros estudiantes, guiados por académicos y contrapartes de las compañías, trabajan en la presentación de soluciones. Valoramos mucho este tipo de formación porque los jóvenes no solo aplican su conocimiento sino que también desarrollan otras habilidades, como pensamiento crítico, trabajo en equipo, liderazgo y comunicación. De esa manera medimos el saber hacer, que es una parte muy importante de esta metodología.

Históricamente ha existido una separación o distancia entre la industria y la academia.

Ha sido una relación de altos y bajos, pero tiene su razón de ser. La industria necesita respuestas relativamente rápidas y la universidad tiene una lógica más reflexiva, de generar conocimiento en plazos más amplios. Buscar esta unión siempre ha sido un desafío, pero hay muchas facultades de ingeniería que trabajamos en acercar estos dos mundos. Hay que entender el ecosistema industrial y cómo llenar las capas intermedias entre la gran industria y la universidad. Ahí se ubican algunos emprendimientos de base científico-tecnológica, que toman ciertos desarrollos de la universidad y los escalan para llevarlos a la industria.

¿Cómo hacer que esta capa intermedia de empresas tecnológicas sea más robusta? ¿Debería el Estado fomentarla más?

No necesariamente corresponde solo al Estado. La minería es un buen ejemplo, porque las grandes mineras trabajan con empresas que no son pequeñas y que proveen a esta industria de tecnologías, de servicios, incluso hasta de recursos humanos. La universidad no necesariamente debe llegar a la empresa destinataria, sino que el impacto puede ser incluso mayor a través de proveedores o startups. Estos actores toman esos desarrollos surgidos en la facultad y los llevan a la industria propiamente tal. Creo que nuestro ecosistema de transferencia tecnológica todavía tiene capas intermedias que llenar y son las que probablemente el país necesita ir fomentando.