
Tengo para mí que el coágulo es morado; anidado en algún resquicio de la parte derecha de mi cerebro, el derrame más obispo que nazareno ha de parecer nerviosa caligrafía que redacta toda la culpa violeta de mis desmanes y condensa todo el convencido propósito púrpura de resucitar ahora mismo a una vida nueva que sea totalmente ajena a la lidia que venía acumulando con tabaco y sobrepeso, insomnios necios y la soledad del silencio hasta la semana pasada.




