Antes de preocuparse por las especies en peligro de extinción que habitan a cientos o miles de kilómetros del lugar donde se vive, o por los bosques amenazados en otros continentes, cada persona debería preguntarse qué acciones puede emprender para mantener a salvo su propio entorno y su comunidad.
Cuidar el medio ambiente, plantea la Iglesia católica, comienza por proteger las calles que se transitan, la ciudad donde se vive y los recursos naturales que se tienen al alcance.
Este fue el planteamiento difundido por la Iglesia católica con motivo del 800 aniversario de la muerte de San Francisco de Asís, quien durante su vida se distinguió por su humildad y su profundo amor por la naturaleza.
Afirmar que existe preocupación por el medio ambiente y, al mismo tiempo, “permanecer indiferente ante su deterioro” o frente a quienes sufren sus consecuencias más graves, no es realmente amar lo que nos rodea, advirtió la reflexión.
Si el abuso, el desperdicio y la indiferencia prevalecen en el uso de los recursos naturales disponibles cotidianamente, entonces no existe una verdadera conciencia de que cuidar el planeta es una responsabilidad que comienza desde el lugar donde cada persona se encuentra.
Cuidar nuestra casa común no significa proteger bosques lejanos o preocuparnos por especies en peligro. Es más bien, cuestionarnos por la manera en que tratamos los espacios que compartimos y a las personas con quienes compartimos”, reiteró el mensaje, al recordar la segunda encíclica del Papa Francisco, Laudato si’, dedicada al cuidado del medio ambiente y de las personas.
En este sentido, el mensaje católico retomó algunas de las preocupaciones que deberían formar parte de la vida cotidiana y que fueron planteadas en la encíclica publicada en 2015.
Ecología integral es pensar en la contaminación que respiramos, pero también en nuestros largos desplazamientos y en el exceso de vehículos. Es preocuparnos por el agua y, al mismo tiempo, revisar cuánto desperdiciamos en casa. Es cuidar un árbol, un parque o una jardinera, pero también evitar que nuestras calles se conviertan en depósitos de basura. Es reconocer el daño que produce el ruido excesivo y asumir que los espacios públicos son también nuestra responsabilidad”.
La reflexión también puso énfasis en las personas que enfrentan con mayor intensidad las consecuencias del deterioro ambiental, particularmente quienes cuentan con menos recursos para hacer frente a la falta de agua, la escasez de vivienda, la contaminación o los largos y agotadores trayectos entre sus hogares, centros de trabajo y escuelas.
De ahí la necesidad de asumir una mayor responsabilidad en el cuidado de la naturaleza, bajo el principio de que la “ecología integral tiene una dimensión humana y social” y, por tanto, se traduce también en la búsqueda del bien común.
Cada decisión individual, subrayó el mensaje, tiene un impacto en las personas que nos rodean y en el entorno en el que vivimos.
Por eso, en este aniversario, la Iglesia quiere hacer un llamado a asumir el cuidado de la casa común como una responsabilidad compartida. A las familias, a revisar nuestros hábitos de consumo y desperdicio; a las comunidades, a cuidar sus calles, sus parques y espacios comunes; a las empresas e instituciones, a considerar el impacto de sus decisiones; y a las autoridades, a impulsar políticas que protejan el ambiente y mejoren la calidad de vida, en especial la de quienes sufren con mayor fuerza las consecuencias del deterioro ambiental”, indicó el editorial de Desde la Fe, medio de comunicación de la Arquidiócesis de México.




