En estos tiempos, niveles de respaldo como los que ostentan Bukele, Putin o Sheinbaum son una absoluta anomalía. La normalidad es lo que vemos en Chile desde hace al menos una década: presidentes que a corto andar exhiben caídas importantes en sus niveles de popularidad. En su segundo mandato, a los seis meses Bachelet ya tenía una aprobación de 35% y un rechazo de 55%. Piñera II tuvo un primer año un poco más equilibrado, pero a partir del estallido social pasó a ser el presidente con más bajo respaldo desde que hay registros comparables. Llegó a tener niveles de aprobación de un dígito y una desaprobación sobre 80%. Boric, por su parte, mostró una consistencia impresionante: desde el triunfo del Rechazo en septiembre de su primer año, mantuvo niveles de apoyo en torno a 30-35% y una desaprobación cercana al 60% durante todo el resto de su mandato.
Kast sigue ahora un patrón muy similar: ganó con un 58% en segunda vuelta y se demoró muy poco en perder casi la mitad de su respaldo. A dos semanas de haber asumido, el “bencinazo” marcó un antes y un después; su apoyo se deterioró de manera significativa y las altas expectativas con que llegó a La Moneda se diluyeron. Una recesión inesperada y el aumento del desempleo se sumaron a los problemas que su administración venía a enfrentar.
Con todo, el actual gobierno cuenta con un factor que le ha permitido abordar su baja en las encuestas con menos ansiedad: su primera evaluación en las urnas ocurrirá recién en octubre de 2028, lo que ayuda a llevar adelante sus proyectos apostando a resultados de mediano y largo plazo. Es la condición de la megarreforma ya aprobada y de las iniciativas en materia de seguridad. Es, también, lo que permitió que la autoridad estuviera dispuesta a no subsidiar el alza de los combustibles, aun sabiendo que el golpe a la popularidad iba a ser muy relevante.
Esta es la ventaja de un escenario sin elecciones cercanas, a lo que se agrega una autoridad al parecer disponible a tomar decisiones impopulares. En el Chile actual eso también es una anomalía. ¿Qué hubieran hecho Bachelet, Piñera o Boric frente a un alza abrupta y significativa en el precio internacional de los combustibles? Seguramente algo distinto a lo que hizo Kast. Y con los actuales niveles de malestar ciudadano frente al deterioro económico, ¿cuál es la propuesta del gobierno para la discusión del presupuesto 2027 que ya se inicia? Un alza de apenas entre 0,5 y 1,0%, lo que solo viene a confirmar que la autoridad claramente no tiene entre sus principales preocupaciones la evaluación ciudadana.
Novedoso, extraño y paradójico. La actual administración ha optado por decisiones sin anestesia, casi como buscando que la gente tenga un golpe de realidad, esos que por lo general los gobiernos siempre buscan evitar. La apuesta es que las medidas tomadas al final darán los resultados esperados. Y que la gente, de alguna forma, tendrá la paciencia de esperar.
Por Max Colodro, filósofo y analista político





