El crecimiento exponencial de las exportaciones de México a Estados Unidos, el volumen del comercio bilateral entre los dos países, el crecimiento de cadenas integradas en áreas como la IA, la computación, la cibernética (que han pasado a ser los más dinámicos del comercio bilateral), lo mismo que la relación que se establece en términos de seguridad tanto en el ámbito civil como militar, exhibe el discurso hiperideologizado que se maneja desde Morena y Palacio Nacional contra Estados Unidos, sus dirigentes y el presunto injerencismo en México.

La realidad, una vez más, se cruza, hace tropezar el discurso de Palacio inspirado en Palenque y que se termina expresando en leyes sin sentido, como la de la doble nacionalidad que acaba de firmar ayer la presidenta Claudia Sheinbaum: hay millones de mexicanos que tienen doble nacionalidad y que tendrían sus derechos disminuidos por una ley que se elabora desde el discurso ideológico y no desde la realidad.

La integración comercial y económica entre México y Estados Unidos es de una magnitud enorme. Entre enero y agosto alcanzó 682 mil millones de dólares. México concentra 17.4% del comercio total de mercancías de Estados Unidos, con una balanza favorable a un saldo de 155 mil 871 millones de dólares. Estados Unidos representa más de 85% de nuestro comercio exterior. Sin eso, la economía mexicana no existe.

Nadie puede saber qué ocurrirá dentro de cuatro semanas en las elecciones de medio término en Estados Unidos. Ingenuamente, hay quienes creen que si los demócratas se imponen a los republicanos e incluso si se quedan con la Cámara de Representantes, las presiones contra México se reducirán. No es así, en realidad, lo que ocurrirá es lo contrario: en los dos años que le quedan en el poder a Trump, éste endurecerá su agenda, lo mismo que su principal delfín, que es Marco Rubio, al que, en una decisión insensata, el gobierno federal y López Obrador han señalado como su enemigo (el otro aspirante principal para los comicios dentro de dos años entre los republicanos es el vicepresidente J.D. Vance, mucho más duro y con menor conocimiento de la región que Rubio). Hay que insistir en un punto, Rubio concentra hoy dos carteras clave, es el secretario de Estado y es simultáneamente el consejero de seguridad nacional del presidente (nadie, salvo Henry Kissinger en los 70, concentró ambos cargos) y, obviamente, su agenda es la de Trump.

Y la agenda de Trump en estos dos años finales de mandato pasa por concretar un cambio que no sea reversible por quien lo suceda, y en relación con México pasa por tener alineado el hemisferio americano, incluyendo México (hoy es prácticamente el único país que juega con el discurso antiestadunidense después de la derrota, que se debe confirmar el 25 de octubre, de Lula en Brasil); erradicar a China de las áreas estratégicas de la región; integrar sus cadenas productivas a partir del alineamiento político y acabar con los grupos narcoterroristas y con sus beneficiarios políticos.

Esa agenda podría ser muy positiva para México en todos los sentidos. Ningún país podría competir en integración productiva; los cárteles, como se ha dicho muchas veces, lo dijo el propio Trump, tienen su “epicentro” en México y nada debería ser más de nuestro interés que acabar con ellos; nada afecta más al actual régimen que la narcopolítica y uno debería suponer que es de su interés acabar también con sus beneficiarios políticos, sean quienes sean.

La economía, a pesar de todas las vicisitudes, va en ese sentido: si el crecimiento es raquítico, apenas 0.5% en los dos primeros años de la actual administración, es porque no se cumple, como lo expresó un documento del Departamento de Estado divulgado esta semana, con los requisitos en seguridad, seguridad jurídica y ruptura de la redes políticas de protección y complicidad con los criminales.

Ése es el nudo que se debe desatar y la decisión política es no hacerlo, lo que, paradójicamente, debilita la economía porque no se crece; no llegan las inversiones necesarias pese al crecimiento del comercio exterior; debilita al propio gobierno que debe ver cómo se reproducen las acusaciones de corrupción en su contra sin tomar acción alguna que las frene; y nos expone cada día más a una injerencia mayor de Estados Unidos, misma que, paradójicamente, tiene cada vez mayor apoyo social.

El desafió no pasa por los discursos y las acciones chovinistas más que nacionalistas. Pasa por cuidar la soberanía fortaleciendo la seguridad, acabando con el poder de los cárteles, rompiendo las redes de protección y complicidad, y buscando profundizar la integración y colaboración en todos los ámbitos en nuestra zona de interés real que es América del Norte. Pero el discurso ideológico, la narrativa gubernamental choca, una día sí y el otro también, con la realidad y con costos para el gobierno y para toda la sociedad.

TRES AÑOS

Puede no gustar el gobierno de Netanyahu en Israel, no nos gusta, pero nada puede justificar una agresión tan brutal contra la sociedad como la cometida por Hamás hace tres años. Hamás, el terrorismo islámico, organizaciones como Hezbolá, Isis, gobiernos como el de Irán, están en la antípodas de cualquiera que se considere demócrata y liberal. Lo sucedido hace tres años con la agresión de Hamás a la población israelí es inadmisible, indefendible. Es la mejor demostración de que organizaciones como Hamás no pueden tener espacio si se quiere algún día normalizar la situación en Oriente Medio. Hay quienes, incluso en el gobierno federal, quieren normalizar o justificar esa agresión. Como lo hacen con la invasión rusa a Ucrania.