Por Daniel Zovatto

Donald Trump ha dejado de tratar las elecciones extranjeras como asuntos exclusivamente internos de otros países. En América Latina ha respaldado candidatos, condicionado la expectativa de apoyo económico y convertido la relación con Washington en un argumento de campaña. Hasta ahora, los aliados por los que tomó descaradamente partido en Argentina, Honduras y Colombia han ganado. Pero la secuencia no autoriza una conclusión automática: que hayan vencido con su apoyo no demuestra que hayan vencido gracias a él. Y Trump, además, no está solo: otros presidentes de la región han adoptado la misma práctica, desde la izquierda y desde la derecha.

En Argentina, la intervención estadounidense fue especialmente tangible. Antes de legislativas de octubre de 2025, Washington acordó línea de intercambio de divisas por 20 mil millones de dólares para respaldar al gobierno de Javier Milei. Trump advirtió que EU dejaría de ser “generoso” si el oficialismo perdía. La Libertad Avanza ganó y, al día siguiente, el presidente estadounidense dijo que Milei había recibido “mucha ayuda” de su país. La decisión de los votantes fue argentina; la utilización del poder financiero estadounidense en vísperas de la votación fue una decisión de Washington.

En Honduras, Trump se comportó como un jefe de campaña externo de facto de Nasry Asfura. Pidió abiertamente el voto para él y sugirió que la ayuda estadounidense dependería del resultado. En plena recta final, además, indultó al expresidente Juan Orlando Hernández, condenado en Estados Unidos por narcotráfico. Asfura ganó, aunque la magnitud de la influencia de Trump sobre ese desenlace sigue siendo discutida.

En Colombia, el respaldo explícito a Abelardo de la Espriella, a quien felicitó tras la primera vuelta y ofreció su apoyo total para el balotaje, precedió a su estrecha victoria presidencial. Allí tampoco es posible ais- lar el efecto del apoyo estadounidense de factores internos decisivos, entre ellos la preocupación de los votantes por la seguridad y la economía y la importancia del voto de los colombianos en el exterior.

La contradicción es aún más llamativa porque Trump ha denunciado la injerencia extranjera en las elecciones estadounidenses: recientemente acusó a China de intervenir en los comicios de 2020 y, aunque con una postura cambiante, llegó a reconocer la interferencia rusa en los de 2016. Reclama así para EU una protección de su soberanía electoral que sus propias intervenciones ponen en cuestión en otros países.

Fuente: Elaboración propia

Trump no es el único

La injerencia electoral se ha vuelto una práctica regional que no distingue ideologías. En la elección presidencial argentina de 2023, Lula da Silva tomó partido por el candidato peronista Sergio Massa. Sin nombrarlo, pidió votar por alguien que respetara la democracia y las instituciones, una alusión inequívoca; su partido y la primera dama sí llamaron explícitamente a votar por Massa. Según Bloomberg, una veintena de estrategas vinculados a Lula trabajaron para la campaña de Massa desde las primarias de agosto. Milei ganó, y ese episodio inauguró una relación personal pésima entre ambos mandatarios.

Milei devolvió la injerencia con creces. Hace unos meses, en el lanzamiento de la candidatura de Flávio Bolsonaro en Sao Paulo, pronunció un discurso de apoyo incondicional al candidato de la derecha, llamó “presidiario” a Lula e insultó al juez del Supremo Alexandre de Moraes, quien había bloqueado su visita a Jair Bolsonaro. Fue su tercera visita a Brasil sin contacto alguno con el gobierno brasileño. La respuesta no tardó: Lula incorporó la Argentina de Milei a su propia campaña, con un video que asocia propuestas de Flávio con las medidas del gobierno argentino. Argentina se ha convertido así en argumento electoral dentro de Brasil, en un sentido y en el otro.

En Colombia, el presidente ecuatoriano Daniel Noboa se inmiscuyó en favor de De la Espriella, y con un instrumento concreto: los aranceles. Primero los redujo de 100% a 75% tras hablar con la candidata Paloma Valencia; luego, en una videollamada con De la Espriella a días de la primera vuelta, accedió a eliminarlos del todo. Que un presidente extranjero negocie directamente con un candidato opositor, y no con el gobierno en ejercicio, en vísperas de los comicios es un gesto muy poco habitual en la diplomacia. Iván Cepeda lo denunció como intervención abierta, y Noboa volvió a pronunciarse en favor de De la Espriella tras primera vuelta.

El caso de México

México ha dado una respuesta singular en América Latina: desde junio de 2026, su Constitución contempla la injerencia extranjera que influya en el resultado como causal para anular una elección. La intención de proteger la soberanía es legítima, pero la amplitud de la fórmula entraña un riesgo considerable. Si no se define con rigor qué constituye una intervención, cómo se demuestra su influencia y quién responde por ella, una declaración de un mandatario extranjero podría convertirse en pretexto para impugnar una derrota interna. El peligro aumenta en comicios estrechos: la Constitución presume determinantes las violaciones acreditadas cuando la diferencia entre los dos primeros candidatos es inferior a 5%. La salvaguarda indispensable es exigir pruebas objetivas y materiales, sometidas al control de una justicia electoral independiente. De otro modo, una norma concebida para defender el voto podría terminar utilizada para desconocerlo.

Brasil, la prueba pendiente

Esas victorias coinciden con la llamada “ola naranja” de la derecha latinoamericana, pero no explican por sí solas su avance. En Brasil la prueba está pendiente. Las elecciones de octubre enfrentarán a Lula con Flávio Bolsonaro en un contexto marcado por los aranceles estadounidenses, por el vínculo de Trump con la familia Bolsonaro y por la irrupción de Milei en la campaña. Las encuestas muestran a Flávio corriendo de atrás, y el apoyo externo podría tanto movilizar a su base como alimentar el rechazo a la injerencia.

Presentar ya a Flávio como otro triunfo de la intervención extranjera sería anticipar erróneamente el veredicto de los brasileños.

Los límites de la influencia

Fuera de América Latina, Trump ha descubierto los límites de su influencia. En Canadá, sus aranceles y sus alusiones a convertir al país en el estado número 51 alteraron la campaña de 2025. Los liberales, debilitados tras la salida de Justin Trudeau, encontraron en Mark Carney a un dirigente capaz de presentarse como defensor de la autonomía canadiense y ganaron 169 escaños. Trump contribuyó así a crear un escenario favorable para el partido al que sus ataques parecían perjudicar.

Australia ofrece un contraste parecido: Trump no intervino a favor de Peter Dutton con la intensidad con que respaldó a Asfura, pero sus aranceles y su estilo se convirtieron en una carga para una oposición conservadora asociada a algunas de sus ideas. Los laboristas de Anthony Albanese lograron una amplia reelección, con 94 escaños frente a los 77 que tenían.

Hungría es el caso más elocuente. Trump respaldó a Viktor Orbán en febrero y el vicepresidente JD Vance se implicó directamente en la campaña. El 12 de abril; sin embargo, los húngaros pusieron fin a 16 años de hegemonía de Orbán, con una contundente victoria del partido Tisza de Péter Magyar.

Una tensión de nuestra época

La lección de este ciclo electoral no es que la injerencia funcione, sino que se ha normalizado. Trump la ejerce con líneas de crédito y aranceles; Lula, con estrategas; Milei, con micrófonos; Noboa, con tarifas aduaneras. Cambian los instrumentos y el signo ideológico, pero la premisa es la misma: que el resultado de una elección ajena es un asunto propio. Y varios de los que hoy denuncian la intromisión de otros la practicaron ayer, o la practicarán mañana, cuando el candidato fue el suyo.

Los resultados, además, desmienten la ilusión de control. El respaldo extranjero ganó en Buenos Aires, Tegucigalpa y Bogotá; perdió en Ottawa, Canberra y Budapest. En algunos casos acompañó una ola que ya existía; en otros la provocó en sentido contrario. Ningún presidente puede saber de antemano si su apoyo será un empujón o un lastre. Sólo puede estar seguro de algo: que habrá erosionado un poco más la norma que protege también a su propio país.

Porque la no intervención nunca fue una cortesía entre gobiernos. Es una garantía para los ciudadanos. Cada vez que un jefe de Estado pide el voto fuera de sus fronteras, rebaja el precio de que otro lo haga en las suyas. Brasil votará en octubre bajo esa sombra. Quien gane lo hará con votos brasileños, pero la región ya habrá perdido algo más difícil de recuperar: la convicción de que las elecciones se deciden exclusivamente en casa.

*Director y editor de Radar LATAM 360 @zovatto55

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