Iron Maiden lleva cinco décadas en las que México ha sido parte de su historia, pero apenas unos segundos bastaron del show para demostrar que el tiempo no ha desgastado ese vínculo.

Ayer, miles de personas en el Estadio GNP aplaudieron a una banda que decidió celebrar sus 50 años mirando hacia el origen de su historia.

El grupo abrió con “Murders in the Rue Morgue”, una canción de Killers (1981), para comenzar un recorrido por la etapa que cimentó su identidad, antes de convertirse en una de las bandas más famosas del heavy metal.

“Hola, Ciudad de México”, saludó el vocalista Bruce Dickinson mezclando español e inglés. “Cumplimos 50 años y este es el concierto más grande que hemos hecho en México. ¡Gracias!”

“Wrathchild” y “Killers” mantuvieron al grupo en sus primeros años antes de que “Phantom of the Opera” llevara la historia todavía más atrás, hasta su álbum debut de 1980.

Arriba y abajo del escenario ocurrían dos versiones de una misma historia: una banda recuperando canciones escritas hace más de cuatro décadas y un público que las recibía como si no pertenecieran al pasado.

La llegada de “The Number of the Beast” cambió la intensidad del estadio. “Maiden, Maiden”, comenzó a escucharse entre las gradas y la pista hasta convertirse en un solo grito.

Dickinson respondió nombrando a los mexicanos como “uno de los mejores públicos del mundo”, antes de anunciar la siguiente canción, pues ya habían pasado alrededor de 35 años desde que ésta formó parte de una gira de Iron Maiden.

Jugó con el título y pidió a quienes escuchaban aquella canción por primera vez que, al regresar a casa y cerrar los ojos, no dejaran de soñar.

“Todos deberíamos tener un sueño y espero que todos sus sueños sean infinitos”, expresó.

Entonces comenzó “Infinite Dreams”, una de las piezas de Seventh Son of a Seventh Son (1988) y uno de los rescates que distinguen al Run For Your Lives World Tour.

El viaje hacia el pasado continuó con “Powerslave”. El escenario se transformó en un paisaje inspirado en el antiguo Egipto, retomando la estética de la portada del álbum de 1984, con el rostro de Eddie en una figura faraónica. Bruce exigió un grito a la capital y la respuesta estrepitosa llegó.

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