Daniel Blatman y Amos Goldberg, dos historiadores israelíes, especialistas de la Shoah y del genocidio, publicaron el 30 de enero de 2025, en el valiente diario Haaretz, "No hay Auschwitz en Gaza. Pero es un genocidio." Cito:
"Cuando haya terminado la guerra, nosotros, israelíes, tendremos que mirarnos en el espejo, un espejo en el cual nos veremos como el reflejo de una sociedad que no ha sido capaz de proteger a sus propios ciudadanos del mortífero ataque de Hamas, pero que también ha cometido tal acto en Gaza: ese genocidio manchará la historia judía de aquí en adelante y para siempre. Tendremos que enfrentar la realidad y entender la profundidad del horror que hemos impuesto. Lo que ocurre en Gaza no es la Shoah. No hay, acá, un Auschwitz y un Treblinka. Pero el crimen pertenece a la misma familia – un crimen de genocidio".
Hace cuarenta años, en 1986, el novelista norteamericano, judío, Philip Roth (1933-2018), en su cuarta novela, The Counterlife, hacía decir a un palestino que Israel era un “Estado fundado sobre la fuerza, la arrogancia y la voluntad de dominar”, antes de precisar: “Esos judíos han transformado los judíos en carceleros y en pilotos de bombarderos (…) Los judíos tienen fama de ser inteligentes y son inteligentes. El único lugar donde he visto judíos idiotas es Israel.” En 1993, en Operation Shylock. A Confession, un judío declara: “Soy enemigo de Israel porque defiendo a los judíos y que Israel es hoy la amenaza más grave que pesa sobre su vida desde el final de la segunda Guerra Mundial (…) Israel da una imagen falsa, una imagen espantosa de los judíos, como sólo nuestros peores enemigos antisemitas sabían antaño hacerlo.” (página 41)
El 24 de mayo de 1989, el italiano Franco Lattes Venturi (1917-1994), hijo de un padre judío que luchó contra el fascismo, publicó una “Carta a los judíos italianos” en el diario comunista Il Manifesto. Su texto conserva tal actualidad, tal fuerza, que el diario lo publicó de nuevo en 2009 y en 2023, después de la masacre perpetrada por Hamas el 7 de octubre. En 1989, la primera Intifada, “la guerra de las piedras” llevada por niños y adolescentes tenía ya dos años y no tardó en pasar a la lucha armada. Como Philip Roth, Franco Lattes acusa al Estado de Israel de dañar gravemente al judaísmo.
“Si el Estado de Israel, en nombre del judaísmo, mata, incluso si fuese un sólo palestino, o hace perder un solo día de clase a un niño palestino, destruye o deforma el honor del judaísmo, dilapida un tesoro común.” Y, más adelante, “La identificación entre el Estado de Israel y el nombre judío aprieta más y más y vulnerabiliza a los judíos por el odio que produce cada día la guerra israelí, guerra que es el gran activador de antisemitismo.” (texto completo en Catherine Hass, Terres enchaînées, Paris, Nous, 2025, pp.121-126)
Varios historiadores israelíes se encuentran en la primera línea de crítica de la política de guerra de Israel desde su fundación hasta hoy: política de guerra, ocupación, colonización. Cito solamente a los que conozco: Omer Bartov, Amos Goldberg, Lee Mordechai, Ilan Pape, Shlomo Sand...
La negación de la historia
La existencia de esos historiadores, su valiente y peligrosa actividad señalan el problema de fondo que es, para los judíos de Israel y muchos judíos de la diáspora, la negación de la historia y de la política, negación necesaria para no ver la opresión de los palestinos. La opinión no quiere saber que la ocupación y su endurecimiento después de las dos Intifadas (la segunda empezó en 2000 con los atentados-Kamikaze), la asfixia de 2,500,000 palestinos en una Franja de Gaza completamente sellada desde 2021, el rosario de operaciones militares, prolongadas por la permanente y siniestra "poda del pasto" que siempre vuelve a crecer, la opinión no quiere ver que el resultado fue la masacre abominable del 7 de octubre de 2023 perpetrada por Hamas, la pérdida de legitimidad internacional de Israel, las manifestaciones en todo el mundo contra la guerra y la política israelí calificadas de genocidio.
La opinión favorable a Israel no quiere entender que Octubre 7 fue una operación contra el ocupante, contra los ciudadanos del poder que ocupa; quiere pensar que los asesinos mataron, mutilaron, violaron, torturaron a sus víctimas exclusivamente porque eran judíos: había cristianos y musulmanes entre las víctimas. Para esa opinión, la causa no puede ser las bombas que caen siempre sobre la población del guetto de Gaza, desde años, antes de Octubre 7, sino el odio a los judíos, disfrazado de odio al Estado de Israel. Por lo mismo, toda crítica contra Israel, su guerra, la ocupación, la colonización de los territorios ocupados desde 1967, es denunciada como antisemita. Los historiadores que he citado, los cineastas y los periodistas israelíes que se atreven a tocar el tema son calificados de antisemitas, de "judíos de negación", renegados, traidores.
La Historia
El gran poeta palestino, Mahmud Darwich (1941-2008) desarrolló, en 1995, el tema de la importancia de la Historia, la cual, desde 1948, entrelaza la vida de los palestinos y de los israelíes. “El Estado de Israel se fundó metafóricamente sobre la negación del exilio judío y concretamente sobre el exilio palestino (Nakbah), seguido por su negación”. “Desde el inicio, el enemigo y yo vivimos una cohabitación impuesta (…) Mientras no opten por la coexistencia real, basada en un reconocimiento mutuo, los israelíes que me piden palabras más “diplomáticas” tendrán que esperar. Es que necesito el reconocimiento de lo humano en mí, a cambio de mi reconocimiento de lo humano en el Otro. (…) Podemos hacer concesiones sobre todo, menos sobre la Historia.(…) Los negociadores podrían lograr un acuerdo sobre el presente y sobre el porvenir. Pero nunca haremos un compromiso sobre el pasado.” (La Palestine comme métaphore, Actes Sud, 2002, pp. 31-34)
El poeta palestino dijo “Historia”. Vean dos números de Istor, revista de historia internacional, el 55 (2013) dedicado a “Israel, una historia actual”, y el grueso 98-99 (2025), “Palestina”. El proyecto político y nacional sionista nació a fines del siglo XIX, a la hora del surgimiento del antisemitismo moderno. Soñaba con formar un santuario biopolítico concreto para proteger a los judíos. En 1882, León Pinsker, en Autoemancipación, descartaba la Tierra Santa porque estaba ocupada por lo árabes; en cuanto a Theodor Herzl, el autor de Der Juden Staat, El Estado de los judíos (1896), había tardado en convertirse al sionismo y aceptar la creación de un Estado en Palestina. Los primeros sionistas, conscientes de que Palestina no era una “Tierra sin pueblo, para un pueblo sin tierra”, pensaron en Argentina, Kenya, Madagascar. En cuanto a Herzl, llegó a soñar que la conversión de los judíos al cristianismo podría ser la solución de “la Cuestión judía”…
La Primera Guerra Mundial tuvo consecuencias decisivas porque el imperio otomano se encontró en el bando de los imperios derrotados. En 1917 los ingleses ocuparon Jerusalén y, en un doble juego, prometieron el oro y el moro tanto a los árabes como a los sionistas que tendrían aquí su "Hogar Nacional Judío". No se trataba de crear el "Estado de los judíos", puesto que el 90 por ciento de la población era árabe. Luego Inglaterra se apoderó de Palestina bajo la forma de un "mandato" otorgado por la Sociedad de las Naciones; de 1918 a 1939, la tensión no dejó de subir entre palestinos y sionistas, una tensión política, agraria, territorial, ligada a dos nacionalismos. La religión no tenía nada que ver en el conflicto; muchos palestinos eran cristianos. La constante inmigración judía cambió la demografía de modo que, en 1931, había 760,000 árabes musulmanes, 90,000 cristianos y 175,000 judíos. En 1946, Palestina contaba con 1,900,000 habitantes, de los cuales 583,000 eran judíos. De 1936 a 1939, el gran levantamiento árabe contra los ingleses llevó a Londres a proponer en mayo de 1939 un Estado palestino independiente y binacional, la limitación de la inmigración y la defensa de los agricultores árabes contra los colonos judíos.
Durante la Segunda Guerra Mundial, los sionistas entrenaron un ejército secreto, la Haganah, que entró en acción contra los ingleses a partir de 1944. Al facasar sus intentos de acercar a judíos y palestinos, Londres tiró la toalla y pasó “el problema de Palestina” a la ONU en febrero de 1947. En septiembre, la ONU aceptó un proyecto de partición con 33 votos a favor, 13 en contra y 10 abstenciones. Palestina tenía en ese momento 1,200,000 palestinos y 600,000 judíos que iban a recibir 55 por ciento del territorio. El líder sionista, David Ben- Gurión, aceptó el reparto, los líderes palestinos lo rechazaron y ardió Troya: a partir de noviembre de 1947, combates por todos lados. Cuando terminó el mandato británico, en mayo de 1948, los palestinos habían perdido varias ciudades y gran parte de los territorios conquistados por la Haganah, que realizó masacres de civiles, como en el caso del pueblo de Deir Yasin. 750,000 palestinos huyeron a la hora de lo que llamaron la Nakbah, la Catástrofe. 850,000 judíos que vivían desde siempre en los países árabes, los mizrahim, sufrieron la misma tragedia.
El 14 de mayo de 1948, Israel proclamó su existencia, el 15 los ingleses empezaron a retirarse y los ejércitos de cinco Estados árabes se lanzaron a la guerra contra Israel. Su derrota final permitió a Israel ocupar 78 por ciento del territorio donde quedaba apenas 155,000 palestinos. Los israelíes se encontraban de repente muy mayoritarios porque “ los árabes se fueron” y llegaron los mizrahim. Se apoderaron de los bienes, de las tierras de los pueblos de los palestinos, luego los olvidaron como si no hubieran existido jamás. Desde el fatídico año de 1948, la región se encuentra en un estado de conflicto permanente, “interminable”, como bien dice Gabriel Zaid en su texto del 29 de septiembre de 2025 en Letras Libres, “Una guerra interminable (1967-2025). Reflexiones sobre el pasado y presente.” Hijo de palestinos, Gabriel Zaid había publicado en la misma revista, el 8 de septiembre de 2014, “Una guerra interminable”.
La Guerra de los Seis Días, en 1967, fue una catástrofe mayor, tanto para el vencedor israelí como para los palestinos, víctimas de la derrota árabe. Israel ocupó Gaza, antes controlado por Egipto, y Cisjordania, controlada por Jordania. Los refugiados palestinos de 1948 y sus descendientes, mayoritarios en Gaza, siguen bajo dominio israelí hasta hoy. A consecuencia de la victoria, la ideología sionista, inicialmente movimiento de liberación de un pueblo oprimido, se transformó en ideología de un Estado que afirma que sólo su propio grupo étnico tiene el derecho sobre el territorio. Esa ideología se ha vuelto más y más extremista después de cada guerra, la de octubre de 1973, la guerra de Kippur, con la sorpresa de la ofensiva egipcia inicialmente victoriosa, fue un choque para Israel que se creía invencible; se sintió amenazado en su existencia misma, algo que explica el surgimiento, para siempre, del tema de la Shoah: "nos pueden aniquilar como los nazis lo hicieron en Europa". Contribuyó a la llegada al poder de la derecha en 1977, poder que ha ejercido casi siempre y sigue ejerciendo de manera extrema.
Cada resistencia palestina ha provocado una guerra. En 1982, las tropas israelíes tomaron Beirut para acabar con Yaser Arafat y la Organización de Liberación de Palestina (OLP). Las Intifadas de 1987 y 2000 justificaron a los ojos de los israelíes su durísima represión y la colonización de los territorios ocupados. Ese etno-nacionalismo triunfante inspiró a un joven religioso judío el asesinato de Itzhak Rabin, el único dirigente capaz de, con la colaboración de Yaser Arafat, sacar las dos naciones del callejón sin salida. Eso deja poca esperanza para los palestinos ciudadanos de Israel (20 por ciento de la población), y ninguna para los de los territorios ocupados. Los judíos radicales que controlan el gobierno no hablan de un Estado democrático sino de un Estado halájico, es decir de una teocracia judía. Siguieron la misma dinámica que engendró a Hamas entre los palestinos, organización en ruptura total con la OLP que, en los años 1970-1980, hablaba de un Estado laico para todos. Hoy Hamás quiere un Estado teocrático islámico. Ese doble fundamentalismo religioso es el resultado de la dinámica de ocupación y opresión.
El presente
En 2014, el ejército israelí destruyó la mitad de la Franja de Gaza, lo que inspiró su texto de septiembre 2014 a Gabriel Zaid. Los hijos y los hermanos de los muertos de 2014 son los que participaron en la masacre del 7 de octubre de 2023. En 2018, Israel adoptó la ley sobre la nacionalidad que afirma que Eretz Israel, la Tierra de Israel, que no define y cuyas fronteras no delimita, pertenece a los judíos. Los otros pueden ser tolerados, o no. El árabe dejó de ser el segundo idioma oficial. El crimen de guerra de Hamas le cayó como anillo al dedo al gobierno israelí que lanzó una guerra contra Hamas que se amplió en forma de guerra de aniquilación en Gaza, epicentro de Palestina desde la Nakbah. La destrucción material general, la muerte de más de 70, 000 palestinos apuntan a borrar totalmente la idea de Palestina, de pueblo palestino. Hacía mucho que Gaza era un gueto. Fue arrasado como el gueto de Varsovia en 1943, sin haberse levantado como los judíos polacos. Hoy los siguen matando. En los 320 días del supuesto “cese al fuego” logrado por Donald Trump, el ejército ha matado 1,300 gazatíes y los palestinos de Cisjordania sufren una agresión y un despojo cotidianos. La servidumbre y el horror tienen porvenir. Benjamín Netanyahu dice que es “la segunda guerra de independencia”, cuando se trata de limpieza étnica. Su ministro Ben- Gvir llama a “matar 40, 50 palestinos cada día, cada noche”, porque son unas bestias, no son humanos. Admira al gobierno de Azerbaiyán, que liquidó el enclave armenio del Karabaj (Artsaj para los armenios), y expulsó a sus 120,000 habitantes. Y a Vladimir Putin que prometía “tronar a los chechenos hasta en los cagaderos.”
Omer Bartov, el gran historiador israelí de la Shoah, en un diálogo reciente, “Crónica de una radicalización. Lo que la ocupación hace a Israel” (en Catherine Hass, Terres enchaînées, Paris, Nous, 2025, pp. 53-96), atesta que los soldados israelíes creen pelear por la existencia misma de su país y que el ejército refleja a la sociedad. En ese universo mental, las críticas de la actuación de Israel en Gaza y Cisjordania son denunciadas como manifestaciones de antisemitismo, de un odio específico contra los judíos del mundo entero. Por lo tanto, no se toma en serio la crítica porque es “antisemita”. Hasta muchos liberales se han alineado porque “hemos visto (el 7 de octubre) que los palestinos quieren aniquilarnos.” De hecho, el 7 de octubre causó un trauma que tardará mucho en borrarse, si es que se borra. Peor que cuando sucedió la guerra de Kippur, en 1973 – Hamas escogió ese día porque era el aniversario 50 de la victoria inicial del ejército egipcio.
Eso permite a la gente evitar pensar cuál es el contexto de la masacre criminal: 1947-2023, 76 años de un desastre creciente para los palestinos. No se pregunta porque Hamas hizo lo que hizo, tampoco porque Netanyahu financió generosamente a Hamas durante años. No quiere ver que la principal cuestión para Israel, su principal reto es la ocupación, cuando los Estados árabes desean la integración de Israel a la región, contra Irán, y no se preocuparon nunca por los palestinos. No entiende la gente que la opresión engendra la resistencia y a mayor opresión, mayor resistencia. Si la brutalidad del ocupante sube de intensidad, el oprimido brutalizará, lo que permite decir que no es un humano, sino una bestia, un bárbaro. Y permite confundir el Hamas que comete crímenes de guerra con toda resistencia a la opresión. Omer Bartov (p. 80) dice que Hamas y los colonos, son hermanos gemelos, "fanáticos terroríficos, por ser patéticos."
¿Quién es antisemita?
Nadie escucha al presidente de Israel, Isaac Herzog, cuando dice que la sociedad atraviesa un “proceso de brutalización”, que los colonos violentos de Cisjordania son una “turba sin ley”, que tienen una “conducta vergonzosa y repugnante de extremistas “contra cristianos y musulmanes, lamentando “la normalización y el enorgullecimiento de la violencia” en la sociedad israelí. (Prensa internacional, 25 de mayo 2026). ¿Será él también un “judío de negación”, un antisemita? Ya no está mi querido Uri Avnery (1923-2018), incansable defensor de los derechos de los palestinos, de la democracia y de la paz; héroe de la lucha contra los ingleses a los catorce años, luego de la guerra de 1948, periodista, diputado, en 1982, durante la guerra de Líbano, cruzó las líneas para encontrar a Yaser Arafat, sitiado en Beirut por el ejército israelí. En 1993 creó Gush Shalom, el Bloque de la Paz, para lograr la paz y un Estado palestino; hasta su muerte, publicó en línea un boletín semanal muy bien informado. Podemos leer en inglés My Friend, the Enemy (1986), Israel’s Vicious Circle (2008), 1948. A Soldier’s Tale. The Bloody Road to Jerusalem (2008) y en francés, Chronique d’un pacifiste israélien pendant l’Intifada (2003). Otro “judío de negación”.
La carnicería de Hamas y del Zhihad islámico fue rápidamente calificada de “la mayor masacre antisemita desde la Segunda Guerra Mundial”, una ganga para Netanyahu y los suyos. Quien no se une a la causa de su gobierno, es calificado de partidario antisemita de los asesinos. En Israel y fuera de Israel. En los Estados Unidos, la Task Force to Combat Antisemitism de Donald Trump purga las universidades. Cuando en 2024 el festival de cine de Berlín premió el documental No other Land, realizado por los israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor, y los palestinos Basel Adra y Hamdan Ballal, el alcalde de Berlín, luego el gobierno alemán, denunciaron el premio como un acto antisemita. El documental cuenta la lucha de los habitantes del pueblo Masafer Yatta, para defenderlo contra la destrucción que progresa casa por casa. A su regreso, los dos palestinos fueron apaleados por los colonos y arrestados por el ejército; luego uno de los colaboradores del equipo fue asesinado por los colonos.
En sentido inverso, pero de manera paralela, fuera de Israel, lo politícamente correcto consiste en etnicizar el lenguaje, insultando a un judío por ser judío. Así, presionado por ciertos directores, el festival de cine de Marsella (julio 2026) tuvo que renunciar a invitar al director israelí, Nadav Lapid, como jurado. Lapid, premiado en Locarno, en Berlín con el Oso de oro en 2019, en Cannes con la Palma de oro, en 2021, es un israelí que se opone a su gobierno, vive en autoexilio y, en su última película, Yes (2025) critica duramente el nacionalismo étnico y lo que hace Israel en Gaza: “La gente de mi país estaba mentalizada para el genocidio en Gaza desde antes del 7 de Octubre.” (El País, 9 de agosto 2026). Nada de eso tomaron en cuenta los diez directores que amenazaban con retirar sus películas del festival, si se presentaba Nadav Lapid. Por cierto, el organizador de FICUNAM que había programado sus películas fue muy criticado y acusado de ser enemigo del pueblo palestino. Lapid tuvo el consuelo de ver a Natalie Portman y 350 figuras del cine firmar un desplegado a su favor, publicado el 8 de julio en Le Monde bajo el título “El cine no es una embajada.”
Conclusiones sin conclusión
Omer Bartov pregunta "¿cómo parar esta guerra sin derrota militar israelí y sin un genocidio total de los palestinos?". Israel se apoderó ya de 25 por ciento de la Franja de Gaza como "baluarte de seguridad" y los colonos en Cisjordania serán pronto un millón. "Cisjordania se vuelve Gaza y Gaza se vuelve Cisjordania". Como Bartov, Gabriel Zaid dice que la expansión alcanzó ya a Gaza y Cisjordania y que el conflicto continuará. "La partición de Palestina es una injusticia irremediable, no hay manera de echar al mar el militarismo israelí". "La guerra alcanzó niveles de genocidio en la Franja de Gaza."
En Terres enchaînées, Catherine Hass, “judía de negación”, publica diálogos recientes entre militantes palestinos e israelíes deseosos de construir un porvenir: “Paris, Bruxelles, Ramallah: du réel au possible” (pp. 143-164). Farid Taamallah, agricultor, periodista, activista pacifista no tiene “ningún problema con los judíos, sino con la colonización y la política israelí (…) Tengo muchos amigos judíos en los Estados-Unidos.. y en Tel Aviv, opositores y críticos del sionismo. Mi problema son los ocupantes”. Rami F. Salamah, antropólogo, profesor en la Universidad de Birzeit, dice que “Hamas no es el problema. Cuando éramos palestinos laicos, ateos, de izquierda, combatiendo la ocupación israelí, de todos modos, nos calificaban de terroristas. Hamas no cambia nada al hecho de que Israel es un Estado colonial que domina, somete, coloniza a los otros. Y los mata, simplemente.(…) Uno no detesta a los israelíes porque son judíos, sino porque representan una potencia colonial. La violencia es propia al sistema colonial, la que castiga a los palestinos es antigua, es estructural… La violencia palestina es totalmente diferente.”
De manera interesante, los dos activistas pacifistas no pelean por un Estado. "No querer un Estado es una idea que empezamos a explorar... algo que no sería una solución con un Estado, tampoco con dos Estados, una solución no estatal... Sólo queremos una sociedad libre... La sociedad palestina no se constituyó a partir de un Estado, sino a partir del hecho de no tener Estado." (pp. 150-151)
Chen Alon, israelí, y Suleiman Khatib, palestino, fundaron hace unos veinte años Combatientes por la paz. Chen Alon, como soldado participó en combates y represión de 1987 hasta 2000, cuando se negó a seguir destruyendo casas palestinas. Suleiman Khatib, a los catorce años, miembro de las Juventudes de Fatah, atacó a un soldado con un cuchillo, lo que le valió una condena a quince años de cárcel; cumplió diez y salió convencido de la necesidad de luchar, pero no por la vía violenta: porque no hay solución militar frente al poder israelí y porque la violencia tiene un costo moral fatal. Conoce las dos historias, los relatos de las dos comunidades. Entre 2000 y 2004, se encontraron varias veces, en secreto, en Cisjordania, con hombres que renunciaban y se oponían a la violencia. Nació el movimiento Combatientes por la paz que lucha hasta la fecha con un programa de resistencia no violenta a la ocupación, al apartheid y, ahora, a la guerra en Gaza. Renunciaron a la solución de dos Estados y quieren una comunidad binacional democrática. Chen Alon lo afirma: “no queremos vivir separados. Quiero vivir separado de Ben- Gvir y de la extrema derecha de mi sociedad. Pero quiero vivir con los palestinos. Para decirlo sencillamente, no necesito más un Estado judío y quiero vivir en el mismo espacio democrático que el Otro, con mis amigos, colegas, socios, el pueblo palestino.” (p. 162)
Suleiman Khatib también cree "que el porvenir de nuestra libertad está profundamente ligado. Los judíos no tendrán nunca una legitimidad duradera en la región sin que los palestinos esten presentes (...) Somos palestinos e israelíes que vivimos aquí. Tengo un corazón binacional. Que reconocería yo los sufrimientos de los israelíes el 7 de octubre no quita nada al hecho de que los palestinos sufren y enfrentan cada día dificultades. No creo que, a pesar de nuestra situación presente, a pesar del sufrimiento, haya otra manera de actuar. Como palestino, como activista, nunca pierdo la esperanza." (pp. 163-164).
Plutarco, en su Vida de Solón, nos enseña que “es político quitar al odio su eternidad”. Algo que entendieron estos israelíes, estos palestinos.
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Terminé ese texto el domingo 23 de agosto de 2026, pero el 1 de septiembre, leí un artículo decisivo en el New York Times, intitulado “Lucharon por Israel. Ahora piensan que el ‘terrorismo judío’ es la amenaza.” Tienen que leerlo. Me limito a resumirlo. Hace un año, el general retirado Yaakov Or, veterano de guerra que fue autoridad en Cisjordania, empezó a organizar visitas al territorio palestino ocupado desde 1967, en compañía de exgenerales, primeros ministros, altos funcionarios, embajadores. En junio, invitó al New York Times. Son unos 250 los que, después de tales visitas, acusan a los colonos de terrorismo y al gobierno, al aparato de seguridad, al ejército de ser “cómplice a sabiendas”. El general Eyal Ben-Reuven afirma que “lo que los colonos están haciendo aquí, es la verdadera amenaza para Israel. Esto me preocupa más que Irán, Gaza o Líbano.” El general Asaf Agmon lo compara con “lo que los antepasados de unos israelíes soportaron en el Holocausto (…) Una vez que una sociedad se comporta de esta manera, esa sociedad está condenada.” Moshe Ya’alon, ex jefe del Estado-Mayor General, fue ministro de Defensa de Netanyahu hasta 2016 y tenía fama de halcón; ahora pregunta: “¿Qué es la supremacía judía? Ochenta años después del Holocausto, Mein Kampf a la inversa. La raza superior somos nosotros.” Por eso, en el pasado mes de junio, unos 200 antiguos generales, políticos, funcionarios, intelectuales entre los cuales un Premio Nobel, firmaron una carta para exigir al gobierno que pusiera fin al “terrorismo judío” y a la “limpieza étnica” en Cisjordania. ¿Serán “judíos de negación”?





