En Cocodrilos (México, 2025), ejemplarizante ópera prima del videohomero estelar y cortometrajista veracruzano de 46 años J. Xavier Velasco (siguiente film ya exhibido: Psicópata: el asesino del conejo blanco 26; segmento "Atl" del film ómnibus Aztech 20), con guion suyo y de su hermana Magali Velasco Vargas basado en un argumento original del propio realizador, la veterana maestra en periodismo aún en activo como reportera Amanda González (Teresita Sánchez Jocunda) acude a la iglesia de San José en Veracruz puerto para entrevistarse con el supertraumatizado taxista Matías (Manuel Cruz Vivas) recién escapado de una casa de seguridad y vuelto espontáneo denunciante mediático de un grupo criminal que lo mantuvo cautivo durante un año obligándolo a deshacerse de cadáveres mientras los delincuentes disfrutaban alimentando cocodrilos con secuestrados aún vivos, pero al pedirle la mujer datos duros el informante se aloca y se larga fúrico, por lo que Amanda debe convocar a su exdiscípulo el joven fotoperiodista Santiago Santi Ortiz (Hoze Meléndez estrenando madurez) para que la apoye en la investigación de campo, a lo cual él acepta, pese a las reticencias de su protectora noviecita de gafas Daniela (Karem Momo) y poniendo en riesgo a su propia madre con serios problemas mentales Elena (Arcelia Ramírez sublime), pero esa misma noche la cauta periodista y su hijita son últimas a tiros en su casa por enmascarados, dejando a Santi muy afectado, sobre todo cuando su periódico El Suceso resuelve respaldar la versión oficial de los hechos, a modo de un asalto común más sin relación alguna con el trabajo investigador de la víctima, por lo que, luego de convencer a duras penas a varios colegas de publicar un desplegado evidenciando la colusión del gobierno estatal con el crimen organizado (lo cual levantará ámpula política), el indignado muchacho decide continuar la temeraria pesquisa del caso a solas, interrogando en vano a la reacia empleada de talleres Rosi (Mayra Sérbulo) que sirvió de enlace con el delator, aunque él la rastrea con su auto, hasta localizar y lograr enfrentarse con la madre custodia Lupita (Aída López) de un Matías ahora doblemente trastornado y medroso, aunque, sin embargo, antes de su desplome físico alcanza a murmurar palabras cruciales ("Debajo de San Judas"), que sirven a Santi para hacerse de unas notas escritas con sangre y un mínimo plano llegar al rancho lacustre de los hechos atroces, debiendo pagar con la vida su audacia averiguadora ante esa imparable mortandad periodística.
La mortandad periodística se acoge en lo fundamental a un cine de tipificados personajes fuertes y a una dramaturgia del estallido, con inevitables estallidos consecutivos, porque aquí todas las criaturas clave tarde o temprano acabarán por estallar, uno tras otro, de sistemática y previsible y casi monótona manera, en momentos álgidos, para revelar sus verdaderas naturalezas, sean individuales o sean sociológicas, como en un teatro brechtiano elemental pero desquiciado e instintivo: estalla temeroso el denunciante Matías para que no voltee a verlo la periodista Amanda citada en el templo, estalla manipulador el candidato a la gubernatura ante la misma reportera Amanda que cuestiona su oficialismo partidario ("La diferencia soy yo"), estalla insolidario el viejo periodista barbón de la cantina para formular su abstinente cobardía idéntica a la colectiva ("No hay nada qué hacer"), estalla energuménica la sobreprotectora madre Lupita (Aída López) para ahuyentar al tranquilo reportero entrometido que llama a la puerta pretendiendo entrevistar a su hijo, estalla lloriqueante (y refugiándose como chicuelo en los brazos de mamita) el taxista Matías al tener que recordar el infierno vivido, estalla psicótica la madre germenofóbica y traumatizada por la desaparición de su esposo Elena al revisar el macabro contenido de una caja recién llegada, estalla abandonadora la dulce novia desgarrada ante la irremediable tozudez suicida de Santiago, estalla amenazante el primo enmascarado (Raúl Talamantes) que emparejó su vehículo para solicitarle fuego al héroe de ventanilla a ventanilla, estalla furibundo el falso colega solidario Víctor (Manuel Domínguez calvo) sin duda por sus lastrantes vínculos inconfesables con los criminales, estalla castrante el experimentado jefe de redacción Pérez (Carlos Aragón) para ofrecerse en una perorata como ejemplo viviente de cómo sobrevivir a un espíritu juvenil otrora rebelde, o sea, estallan y estallan, estallan en el mejor estilo del doblegamiento colectivo en la parábola antimacartista A la hora señalada (Zinnemann 52), una inagotable pluralidad de posturas.
La mortandad periodística se inspira muy claramente en los homicidios aún impunes de la reportera de Proceso Regina Martínez y del fotoperiodista Rubén Espinosa Becerril (ya glosado éste en el acucioso documental A plena luz: el caso Narvarte de Alberto Arnaut 22) durante la feroz ola de asesinatos represivos a periodistas veracruzanos en 2010-15, dando como resultado un confeso thriller tropical con luminosa fotografía de Felipe Pérez-Burchard y sincrética música alarmista con corno francés de Mike Sayre que irónicamente cede su espacio sonoro en momentos climáticos a boleros retro (tipo "Espérame en el cielo") y un impetuoso ritmo acezante impreso por la incansable edición del propio realizador, que logra crear una enrarecida atmósfera de inquietud constante como si el asedio tangible/intangible que sufre el héroe se impusiera también o sobre todo al espectador, para basar en eso toda la eficacia del relato cerrado sobre sí mismo y sólo respirando hacia la adversidad, la conspiración del silencio y la desgracia.
Y la mortandad periodística culmina con el súbito y brutal arrollamiento fatal sin suspenso alguno del auto de Santi al salir de ofrecerle flores a la tumba de la mentora adorada que yace al lado de una luctuosa portada de su revista aún denunciadora.




