Hay una vieja historia sobre Tales de Mileto, el primer filósofo griego. Platón pone en boca de Sócrates en el Teeteto.
Tales caminaba mientras contemplaba las estrellas y, por no mirar dónde pisaba, cayó en un pozo. Una humilde mujer tracia se burló de él: querías, Tales, conocer lo que ocurría en el cielo, pero no viste lo que tenías delante de tus propios pies.
Platón cuenta la historia en el Teeteto, diálogo probablemente del 369 a. C., para reflexionar sobre el filósofo, que puede parecer ridículo ante las personas pragmáticas porque dirige la mirada hacia asuntos elevados y aparentemente lejanos mientras descuida las cosas inmediatas. Pero, en realidad, lo que hace el pensador es fundamental para la humanidad, genere o no beneficios prácticos inmediatos.
Una historia muy semejante se atribuye también a Esopo (por ahí del 620-564 a. C.), aunque con un sentido bastante diferente. Ya no se trata de Tales, el genio de la filosofía, sino simplemente de un hombre que, distraído, contempla los astros, no mira dónde camina y se va de hocico al pozo. Alguien se burla del papanatas astrónomo que no se fija por dónde camina y que, además, se hace daño al desplomarse. La moraleja cambia: cuidado con preocuparse tanto por lo lejano que se olvide la realidad que tenemos bajo los pies.
Las dos interpretaciones tienen razón.
Platón: Cuidado con burlarse demasiado de la persona que mira las estrellas solo porque tropieza con la realidad inmediata. Es el caso de idealistas de la política. Claudia Sheinbaum, por ejemplo, cuando aspira —y además trabaja intensamente para conseguirlo— a dignificar las actividades de quienes dirigen el Estado. Quizá ella parezca ingenua ante quienes piensan que la política consiste exclusivamente en ganar elecciones y conservar el poder, inclusive aliándose con oportunistas y tolerando a gente impresentable. Pero a la presidenta no le importa cómo la juzguen: lucha por lo que considera es su deber.
Esopo: Cuidado con mirar tanto las estrellas que se olvide la realidad que está bajo nuestros pies. Es el caso de tantos oportunistas de la oposición y también de Morena que todo lo sacrifican en aras del pragmatismo.
El pragmatismo vulgar no caracterizaba al gobernador de Querétaro, Mauricio Kuri. Pero algo pasó y cambió. Durante años había demostrado prudencia política. La tuvo en su relación con Andrés Manuel López Obrador y la ha tenido con Claudia Sheinbaum. Pero…
Esta vez Kuri miró las estrellas equivocadas. O, para decirlo con mayor precisión, el gobernador de Querétaro se deslumbró ante las (barras y las) estrellas y cayó en el pozo del entreguismo.
Kuri está lejos del Tales de Platón, el filósofo que mira hacia arriba porque busca las cosas importantes que los demás no alcanzan a ver, y tristemente el queretano ya se parece demasiado al descuidado personaje de la fábula de Esopo, que por contemplar lo lejano se encandiló, dejó de mirar dónde pisaba y terminó en el fondo del pozo.
Kuri cayó en el pozo del entreguismo. No se dio cuenta, deslumbrado como estaba por las (barras y las) estrellas.
No estoy diciendo que el queretano haya traicionado a México. Tampoco que haya cometido un delito. Digo que políticamente se vio como un gobernante de plano dispuesto a avanzar en una rara cooperación con el vecino país del norte sin medir todo lo que tal cosa significaba en la actual etapa de la relación entre México y Estados Unidos.
En su defensa, el panismo queretano ha dicho que el gobierno de Mauricio Kuri informó a autoridades federales de la visita del embajador estadounidense, Ronald Johnson. También se ha señalado que en el acto participaron representantes de instituciones federales.
Ese no es el punto.
Creo que Kuri no ha entendido cuál fue su verdadera imprudencia.
Un gobernador tan importante, en un asunto relacionado con Estados Unidos, debió haber consultado con la presidenta de México si era conveniente que él trabajara, junto con el embajador estadounidense, en la puesta en marcha de una Academia Internacional de Capacitación Policial.
La presidenta Sheinbaum debió haber tenido la oportunidad de opinar si era oportuno hacerlo en ese momento, en qué condiciones debería realizarse el proyecto y cuál tendría que ser la participación del gobierno federal.
Kuri olvidó, cegado por la luz intensa de las (barras y las) estrellas, que hay una jefa del Estado mexicano. Sobre todo habría sido pertinente que lo recordara después de lo ocurrido con la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, precisamente por la participación estadounidense en asuntos de seguridad.
No bastaba con avisar a algunas dependencias federales. No bastaba con enviar un oficio. No bastaba con invitar a funcionarios federales.
Kuri tenía que haber entendido quién lleva sobre sus hombros la relación con Estados Unidos. Es Claudia Sheinbaum, nadie más.
La presidenta es la que recibe las terribles presiones que llegan desde las agencias estadounidenses. Ella es la que tiene que enfrentar las exigencias generadas en Washington, a veces francamente inaceptables; y también las traiciones que existen dentro de México, impulsadas por grupos conservadores que insisten en traer a nuestra nación a un nuevo Maximiliano.
Desde luego, Sheinbaum cuenta con colaboradores competentes: el general Ricardo Trevilla, Omar García Harfuch, Roberto Velasco y aun Marcelo Ebrard. Pero la responsabilidad final de la relación con EEUU corresponde a la presidenta de México.
Por eso Kuri debió consultarla. Y aquí volvemos a las estrellas.
Sheinbaum también mira las estrellas, pero son distintas de las que tienen hechizado al gobernador Kuri: las estrellas que a Claudia inspiran son las del idealismo, el nacionalismo, el patriotismo y la disciplina política que exige la defensa de la soberanía mexicana.
Alguien dirá que eso es ingenuidad. Exactamente lo que mencionaba Platón: la aparente candidez del filósofo que mira hacia arriba y provoca las risas de quienes solo ver lo que tienen inmediatamente delante.
Kuri, en cambio, esta vez miró hacia arriba, hacia el norte, y encontró otros astros: los de la bandera de Estados Unidos; en efecto, la de las barras y las estrellas.
Y el queretano cayó. ¿Era tan difícil entenderlo, señor gobernador? Don Mauricio Kuri, esta vez metiste las patas. Y además las metiste en Querétaro, lo que no es solo una anécdota geográfica.
Ahí, en Querétaro, en el Cerro de las Campanas fueron fusilados Maximiliano de Habsburgo, Miguel Miramón y Tomás Mejía, después del triunfo de la república encabezada por Benito Juárez.
Pocos lugares de México tienen semejante carga histórica cuando se habla de soberanía, intervención extranjera y defensa de la república. Kuri debería tenerlo siempre presente.
La historia de Tales de Mileto tiene, entonces, dos finales posibles.
Está el de Platón: el gran filósofo que acepta el riesgo de tropezar porque ha decidido mirar hacia las estrellas, hacia los ideales que los demás no alcanzan a contemplar.
Y está el final de la fábula de Esopo: el descuidado que, fascinado por lo que observa allá arriba, allá en el norte, olvida dónde tiene puestos los pies y termina lastimado en el fondo de un pozo.
El gobernador de Querétaro había sido durante años un político prudente. Esta vez miró demasiado las (barras y las) estrellas. Y cayó en el pozo; no en cualquier pozo, sino en el del entreguismo.
Cuidado con eso, don Mauricio Kuri: tienes muy cerca el Cerro de las Campanas, donde las armas nacionales ejecutaron a Maximiliano. No vaya a ser que ahora el PAN queretano sea juzgado en las urnas por la sociedad de esa entidad, patriota y nacionalista, precisamente por dar la impresión de olvidar una historia que en Querétaro está escrita en el corazón de cada persona.
Y enfrente tendrá el panismo a un político morenista aguerrido y experimentado, Santiago Nieto, quien seguramente sabrá aprovechar cualquier error, cualquier caída en el pozo que pueda ser percibida como entreguista.
Sería una ironía histórica enorme que el PAN pusiera en riesgo su larga permanencia en el gobierno de Querétaro por olvidar, precisamente en la tierra del Cerro de las Campanas, la lección política que dejó el fusilamiento de Maximiliano.





