“¿Vamos a caminar por el parque?”. Era un mensaje que recurrentemente Catalina Sánchez (33) enviaba a sus amigas, pero la mayoría de las veces no encontraba respuesta por falta de tiempo o coordinación, o porque el panorama no despertaba mucho interés.
Este año terminó una relación de nueve años que la hizo volver a la casa de sus padres en Ñuñoa. Además se encuentra cesante, con ingresos esporádicos por trabajos de reemplazo. Relata que su cesantía la ha aislado aún más.
“A mi edad, cuando no tienes sustento económico se hace mucho más difícil llevar una vida social. La gente prefiere salir a un café, a comer; solo ir al parque a caminar o conversar de tu día no es una opción. Al estar sin trabajo no interactúas con muchas personas, no puedes salir con tus amigos porque estás sin plata. Eso te baja la motivación, al final no puedes hacer nada y terminas sola”, dice.
Catalina Sánchez es parte de las más de 465 mil chilenas que se encuentran desempleadas, lo que afecta críticamente a la población de entre 18 y 24 años.
El estar sin trabajo le daba muchas horas libres, algunos días no sabía qué hacer con tanto tiempo y solía pasar en su pieza. En otros períodos intentaba seguir una rutina: caminaba cinco kilómetros todas las mañanas por el entorno del Estadio Nacional o hacía collages. Aún así no alcanzaba a ocupar todas las horas del día.
“Me obligué a hacer estas actividades porque había días que pasaba encerrada, incluso sin ver a mi familia. Tenía esa rutina para tratar de no pensar que estaba cesante y que tenía que pagar cuentas y básicamente subsistir. Poco se habla de que cuando estás sin trabajo te quedas básicamente solo, porque no hablas con compañeros de trabajo y es muy difícil coordinar con tus amigos que sí están trabajando. Pasas la mayor parte de tus días en soledad, a veces hasta sin conversar con alguien”, dice.

De acuerdo con los datos publicados esta semana en el Termómetro de la Salud Mental ACHS-UC, la tasa de síntomas de depresión y soledad de las personas desocupadas es más del doble de quienes sí tienen trabajo.
Sentirse solo es una percepción que ha aumentado a nivel mundial. Hace algunos años el foco estaba en la epidemia de soledad masculina, exacerbada por los cambios sociales y la polarización de los discursos digitales entre hombres y mujeres. Chile no es ajeno a esta situación: la Encuesta Nacional Bicentenario UC 2025 reveló que el 48% de los chilenos declaró haberse sentido solo durante la última semana, frente al 42% registrado en 2023. Sin embargo, el Termómetro de la Salud Mental reportó que, a diferencia de la tendencia mundial, en el país el fenómeno afecta más a las mujeres, con un 26,2% en comparación con el 17,5% masculino.
Pese a que la soledad ha mostrado un ascenso histórico, este año la encuesta entregó una mirada más crítica: la proporción de personas con altos niveles de soledad registró un 21,9%, un incremento de 3 puntos en comparación con 2025. A esto se suma que los mayores niveles de soledad se presentaron en los menores de 40 años: el grupo menor de 29 años registra el porcentaje más alto de soledad con un 28,5%. Además, este año la cifra alcanzó a los resultados obtenidos durante la pandemia.
Ahora, los encuestados se sienten igual de solos que cuando se encontraban confinados en sus casas, sin poder salir o ver a otros.
“Los jóvenes no quieren resolver conflictos”
La pandemia, además del deterioro de la salud mental, también dejó el teletrabajo como una modalidad que las empresas continuaron aplicando. Según la Dirección del Trabajo, 150 mil trabajadores realizan sus labores a distancia. Daniela Pérez (36), diseñadora web, cambió la oficina por la jornada laboral en su departamento. Aunque tiene un grupo de amigas que mantiene desde la universidad, le resulta difícil conectar con el trabajo y la maternidad de alguna de ellas. Diariamente se sentía sola.
“Después de la pandemia me fui quedando encerrada. Me acostumbré a no salir y era común que pasaran semanas sin conversar o contarle mi día a alguien. Yo estaba súper cómoda en mi espacio, pero mi terapeuta me estuvo mucho tiempo incentivando a conocer a otras personas. Lo veía muy difícil, porque a esta edad no es lo mismo conocer gente como cuando estás estudiando”, relata Pérez.
Para el psicólogo de la Universidad Católica Héctor Carvacho, aunque la soledad afecta más a los desempleados, es un fenómeno que se extiende transversalmente, sobre todo por las nuevas formas de vida.
En ese sentido, sostiene que el mundo se está volviendo un lugar más solitario. Por ende, dice, es esperable que los jóvenes se sientan más solos, porque han pasado la mayor parte de su vida en un lugar donde las personas se conectan menos.
En la creciente soledad juvenil, la composición familiar tiene un rol fundamental: la generación Z creció en familias pequeñas. Es decir, menos primos, hermanos y tíos. Sin el núcleo que históricamente inculcó las habilidades y relaciones sociales. Acorde con la encuesta Casen, en Chile casi la mitad de las familias tiene un solo hijo. A esto se suma que los hogares unipersonales se han triplicado en 25 años: hasta el año pasado representaban el 22% del total de los hogares del país. Lo que significa que cada vez son más los chilenos que viven sin compañía diaria.
Las redes sociales también afectan directamente la soledad juvenil. Diversos estudios internacionales demuestran que pueden aumentar la sensación de soledad al dar una falsa idea de conexión con muchas personas con las que no tienen relación alguna.
Héctor Carvacho también precisa que “hay un efecto de la pandemia: nos aisló socialmente. Eso afectó particularmente a personas jóvenes que vivieron años significativos de su socialización con el contacto restringido. Además de los jóvenes, hizo que todos en general se acostumbraran a estar solos, ahí surgieron muchos problemas de ansiedad social”.
Leonor Yáñez, estudiante de Ingeniería de 24 años, fue parte de la generación de jóvenes que pasó años claves de su vida durante la pandemia. Su cuarto medio lo cursó online y sus primeros años de universidad estuvieron restringidos por los aforos. Por lo mismo, cuenta que al volver a la presencialidad le costó relacionarse con sus compañeros y optó por seguir el consejo de su psicóloga y buscar un club de lectura –que han tomado bastante popularidad durante el último año– para interactuar con otras personas.
Para el académico de la UC, en un mundo hiperconectado estas formas de reunirse pueden explicar en parte la soledad de los jóvenes, particularmente la dificultad para generar lazos de intimidad. “Antiguamente la gente se juntaba con las personas del barrio. Esas personas eran tu única posibilidad de contacto, no podías conocer a alguien a un click. Jugabas con ellos o no jugabas con nadie. Uno tenía que aguantar a los amigos con sus partes buenas y sus partes aburridas, porque eran los que habían nomás. Hoy, como vivimos en una sociedad conectada, si te gusta leer Harry Potter, pero a ninguno de tus amigos les gusta, no importa porque vas a encontrar una comunidad online, y así con todos los gustos”, explica Carvacho.
Sin embargo, la hiperconexión ha generado lazos superficiales. “Tú te vas a relacionar solo por ese interés compartido. No tienes que aguantar la incomodidad de lo que no te gusta. Son relaciones funcionales que puedes desechar fácilmente. Los jóvenes no quieren resolver los conflictos que conlleva lidiar con otros, pero justamente esa resolución es lo que desarrolla vínculos significativos y de confianza”, agrega el psicólogo.
Catalina Sánchez llegó a uno de estos grupos online. Pese a que al principio estaba nerviosa por el encuentro, ahí se dio cuenta de que su vida era similar a la de las demás. “Todas compartíamos la misma sensación de soledad, de no tener con quién salir. Eso me cayó como anillo al dedo porque da vergüenza decir que estás sola”, relata la joven.
Un síntoma de época
El aumento de la soledad también trajo negocios que reúnen a personas. Antonia Aguilar (26) fundó Girls in Santiago, donde realiza diferentes actividades para mujeres. La convocatoria ha crecido tanto, que cerca de 100 mujeres han participado de las actividades que tienen un cobro entre los $15.000 y $20.000 dependiendo de la reunión.
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También habilitó un grupo de WhatsApp de acompañamiento y encuentros gratuitos un par de veces al mes.
“En el canal me di cuenta de cuán grave es el tema de la soledad. Llegaban muchas chicas contando que se sentían solas, que no tenían con quién conversar. Algunas enviaban mensajes pidiendo compañía, si alguien estaba disponible para salir a caminar con ellas. No era un caso puntual, se repetía todos los días y con chicas de todas las edades, desde los 17 hasta 50 años”, comenta Aguilar.
Sin embargo, para la psicoanalista Constanza Michelson hay una diferencia etaria de soledad que evidencia un problema más profundo en los jóvenes. “Es posible que la soledad juvenil sea un síntoma de época. Por eso es distinta a la soledad de los más viejos; es otro fenómeno. No se trata en los jóvenes de que falten otros, ni el interés, sino la dificultad de hacerles y hacerse lugar. Vivimos en tiempos en que se exalta la autonomía, la identidad propia, mientras la cultura empuja a depender cada vez más de la mirada de los demás. Es un individualismo paradójico: un encierro en sí mismos pero pendientes de todos los demás”, profundiza la escritora.
Para Antonia Errazuriz, académica de la UC y una de las autoras del Termómetro Salud Mental, las cifras de soledad dan cuenta de un problema que hay que atajar durante la infancia y adolescencia.
“Nosotros tenemos muy poca información sobre qué pasa en la soledad percibida en los escolares, en las personas bajo 18 años. Yo creo que hay que adelantarse a pensar que estas personas que se sienten solas en sus 20 o 30, no es que a los 18 años se les eleve el nivel de soledad percibida, sino que es un fenómeno que se acarrea desde la adolescencia”, indica Errazuriz.
Para combatir la soledad es que Sánchez se inscribió un par de veces en los encuentros de Girls in Santiago; sin embargo, también cree que acabar con esa sensación esconde algo más profundo. Intercambia mensajes con algunas de las chicas y hasta conversan sobre su vida en ocasiones, pero después de las reuniones todo es igual.
“En esos momentos de los encuentros puedes hablar con todas y te sientes genial, pero después vuelves a tu casa y te invade de nuevo eso de estar sola”.





