Estaba en penumbras cuando comenzaron a forcejear la puerta de su casa. Beatriz Uscanga dio un brinco y corrió a la entrada para luchar. Dentro dormían su madre enferma y su hija adolescente. Pasaban de la una de la madrugada del miércoles. La puerta cedió y ella contuvo con el cuerpo los empellones desde fuera. Ni le dio tiempo de encender las luces. Pero bajo la tenue luz de la noche vio a un hombre con la cara cubierta, que alcanzó a meter el brazo por el resquicio de la puerta, la sujetó del cabello y comenzó a azotar su cabeza contra la pared, varias veces. Como Beatriz no renunciaba, también le dio puñetazos en la cara y el cuerpo. El agresor no decía palabra alguna. Ella tampoco había pronunciado nada, lo que se dice o pregunta en esos casos: imaginaba de qué se trataba. Era un extraño forcejeo mudo de furia y desesperación.

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