Si un país joven, autoritario y pobre logra organizarse para crecer, las primeras etapas de su desarrollo serán más explosivas y sencillas. Pasar de nada a algo es, a la vez, milagroso y fácil. Lo difícil viene después, cuando el país ya no es tan joven, ya no es tan pobre y se ha ido democratizando. Cada tramo extra en el esfuerzo del desarrollo es más difícil. Proveer servicios sociales a un pueblo que apenas tiene zapatos y agua potable es más fácil que ofrecer servicios a masivas clases medias llenas de expectativas. Y crecer ahora exige mejorar la productividad de cada trabajador, pues hay menos y su trabajo se ha vuelto más caro. Ese pantano de problemas en que tantos países se estancan se llama “trampa de los ingresos medios”. Y Chile está hundido ahí hasta la cintura. Por eso ahora deambulamos cabizbajos.

¿Qué nos pasó? No logramos mejorar nuestra productividad, luego de varias décadas tratando. ¿Qué es la productividad? Es la capacidad de obtener más y mejores resultados en menos tiempo y con menos recursos. Esto demanda desarrollar, a nivel masivo, capacidades y habilidades específicas. Y la etapa crítica en que eso ocurre es la infancia. Por eso la ministra María Paz Arzola tiene toda la razón cuando plantea que si queremos mejorar la educación en Chile hay que darle prioridad a la educación inicial por sobre la educación media y superior. La respaldan dos razones vinculadas: el mayor retorno de la educación inicial y la deriva credencialista de la educación media y superior.

A grandes rasgos, hay dos formas principales de describir el proceso educativo: una es la teoría del capital humano –las personas ganan habilidades al educarse, que son certificadas por los títulos obtenidos– y otra es la teoría credencialista, que plantea que no se ganan habilidades en el proceso educativo, sino que se compite por títulos que abren y cierran puertas. El economista James Heckman, que viene de la escuela del capital humano, notó que la capacidad para adquirir nuevas habilidades tiende a decrecer con el tiempo (curva de Heckman), por lo que la descripción credencialista se vuelve más real mientras más avanzado está el proceso educativo. Es decir, la etapa crítica para lograr cambios sustantivos en la productividad humana es la correspondiente a la educación prebásica y básica.

Y ahí está el secreto de nuestro fracaso: en Chile nunca nos hemos tomado en serio esa etapa educativa. Nuestro presupuesto para educación se ha multiplicado varias veces durante las últimas décadas, pero la prioridad nunca ha estado en entregar a los niños los estímulos cognitivos y emocionales que necesitan. Ser niño en nuestro país es, en general, pésimo, según casi todas las mediciones existentes. Por eso, si de verdad queremos cambiar Chile, ese cambio tiene que partir por la infancia. La productividad de los chilenos jamás va a mejorar si la gran mayoría de los estudiantes termina el primer y el segundo ciclo básico sin entender lo que leen ni manejar aritmética básica, y sin ser capaces de sentarse y concentrarse un rato en alguna tarea. Jamás seremos un país desarrollado sin colegios de clase mundial, con profesores de clase mundial (lo que supone profesionales, sueldos y condiciones laborales afines) y familias comprometidas con que sus hijos aprendan y amen aprender.

¿Dónde ha ido a parar la mayoría de la plata? A educación superior. Exactamente donde menos sirve, pero donde están las credenciales más codiciadas. Primero el CAE, luego la gratuidad. Masificar los títulos, pero no el conocimiento, lo que termina trasladando el analfabetismo funcional a muchas aulas universitarias, y rompiendo el corazón a miles de estudiantes y sus familias una vez que salen con su cartón y terminan desempleados o subempleados. La historia que traté de explicar en mi ensayo “Sueños de cartón” (2024), y que la realidad ha agudizado.

La ministra Arzola acierta levantando la bandera de la educación inicial e intentando invertir las fracasadas prioridades de inversión en educación que arrastramos. Y aporta, además, el germen de un relato de justicia social y de desarrollo inclusivo para una derecha que ha carecido, hasta ahora, de ambos.