A pesar de las molestias provocadas por su recurrente uso, el lugar común arroja luz cada que se acude a él. Diría más: afortunadamente acudimos a los tópicos para salir al paso de casi cualquier desafío. Para ganar contundencia, al cliché se suman las perogrulladas. Total. Que siempre hace falta decir lo obvio, lo que se ha dicho siempre y tanto.
Lo anterior –el lector sabrá perdonarme– para volver a decir que la educación en México está en crisis. Tal vez porque es evidente –y alarmante– haya que decirlo más. Aquí y allá. Siempre. Es una crisis longeva que no ha hecho más que recrudecerse según pasa el tiempo. Y que, al parecer, no tiene solución al menos pronta y, lo más preocupante, que a nadie le interesa resolver.
Pero el lugar común también tiene su lado oscuro. Como cuando es usado por quien debe resolver una crisis de educación, por ejemplo. Hace cinco días –apenas el 22 de septiembre– se publicó en el Diario Oficial de la Federación el acuerdo número 09/09/26 que, según el secretario de Educación, "establece condiciones y prácticas para garantizar los derechos de niñas, niños, adolescentes y jóvenes en la interacción y el uso responsable y seguro de dispositivos digitales personales y tecnologías de aprendizaje en las escuelas públicas y particulares del Sistema Educativo Nacional".
Más perorata del secretario Delgado: "Este acuerdo es un paso fundamental para garantizar los derechos de las niñas, niños, adolescentes y jóvenes, procurando su salud mental, su aprendizaje y su desarrollo integral, fortaleciendo la atención, el contacto humano y la comunidad".
Aunque muchos atribuyen la crisis educativa al excedido uso de celulares, tabletas y demás pantallas en el salón de clase y en la vida de los escolares, pienso que son un chivo expiatorio. Por supuesto, algo tendrán que ver. Pero en el fondo, la precaria educación en México responde al menos a dos causas que impiden que cualquier proyecto educativo llegue a buen puerto; ambas, alarmantes y dolorosas.
La primera es estructural. La inseguridad impide que haya lo mínimo indispensable para la enseñanza. En escuelas primarias de varios estados del país hay protocolos para actuar en caso de ataques armados –en muchas se hacen simulacros de balaceras–. La segunda se señala poco y suele eludirse al momento de discutir el tema. Me refiero a la figura del profesor. Pensemos en la maestra de primaria que, ante una balacera real en Nuevo Laredo, protegió a sus alumnos. O en el caso de las decenas de profesores que heroicamente siguieron dando clase durante la pandemia, en pueblos, rancherías. O en tantos docentes que hacen hasta lo imposible por llevar a buen puerto lo que de ellos depende.
Nadie es más importante en la educación escolar que el profesor. Los niños están una tercera parte del día, durante 10 meses, conviviendo con él. Se trata de uno de los adultos con quien más tiempo pasan muchos niños. No sólo les da clase, se vuelve su confidente y su ejemplo. Sin embargo, la circunstancia de la mayoría de los profesores de primaria –tampoco la de los de otros niveles es mejor– juega en contra de cualquier propuesta para salir de la crisis educativa.
A la inseguridad y violencia sumemos –por si hiciera falta– desánimo, presiones y obligaciones sindicales de toda índole, salarios deficientes, instalaciones igualmente deterioradas y una retahíla de obstáculos mucho más gravosos que los teléfonos celulares en el aula. Sí: la educación en México atraviesa una crisis. Pero, a todas luces, la causa no es sólo la adicción a las pantallas. La reciente regulación al respecto poco o nada va a contribuir para paliar la crisis educativa del país.
Tristemente, la precariedad educativa también es consecuencia de las circunstancias de cada profesor. Si lo más importante para una sociedad es la educación, habría que darle la importancia debida a quien está en ese primer frente de batalla que es el aula. El nivel educativo de un país se corresponde con la calidad de sus maestros. El maestro es el quicio; Sin él, no hay proyecto educativo.
La literatura y el cine ofrecen copiosos ejemplos de maestros se dejan la vida en el aula, por sus alumnos. Recuerdo Mr Holland's Opus, la película de 1995 protagonizada por Richard Dreyffus. La cinta cuenta los avatares de Glenn Holland, un joven compositor que a mediados de los sesenta acaba de salir del conservatorio y sueña con componer una gran sinfonía. Ante el inesperado embarazo de su novia, consigue trabajo como profesor de música en una secundaria pública. En medio de la frustración provocada por la apatía de los estudiantes, la directora del colegio le hace descubrir su vocación a la docencia.
Durante 30 años, Glenn Holland le roba minutos a las noches para seguir componiendo su anhelada sinfonía. El día de su jubilación, con el gimnasio lleno, lo despiden con una sorpresa: una orquesta formada por exalumnos de todas las generaciones le pide que los dirija por última vez para interpretar la obra que lleva tres décadas componiendo. Una de esas viejas alumnas –a cargo del clarinete– le extiende la batuta y le dice: "No hay una vida en esta sala que usted no haya tocado; cada uno de nosotros es una persona mejor gracias a usted. Nosotros somos su sinfonía, señor Holland. Somos las melodías y las notas. Somos la música de su vida".
Para resolver la crisis hay que poner la atención en los casi 600 mil maestros de primaria que hay en México. Ellos y las circunstancias que los rodean deberían ser la prioridad, no las pantallas.


