Durante décadas, Chile compitió por mercados. Después, por inversión. La próxima competencia puede ser por algo mucho más difícil: las capacidades de las personas.
Chile entendió temprano que una economía pequeña no podía crecer de espaldas al mundo. Abrimos mercados, firmamos acuerdos comerciales, construimos infraestructura y buscamos inversión. Esa estrategia nos permitió multiplicar las oportunidades disponibles para nuestra economía.
Pero el mundo volvió a cambiar. Como mostró esta semana el economista de Harvard Pol Antràs en el Día del Comercio Global de la Fundación CSAV, el comercio mundial no está colapsando: está cambiando de mapa. Las rutas se recomponen, la geopolítica pesa cada vez más y el capital busca dónde volver a instalarse.
En ese reacomodo aparece una nueva dimensión de la competencia internacional: ya no se trata solamente de quién logra atraer capital, sino de quién tiene las capacidades para convertir ese capital en productividad y mejores empleos.
Chile ha avanzado mucho en educación formal. En 2010, el 21,7% de la fuerza laboral tenía educación superior completa; hoy llega al 42,1%. Pero eso no significa necesariamente más capacidades para enfrentar una economía cada vez más compleja. La pregunta, entonces, no es simplemente cómo capacitamos mejor, sino ¿qué capacidades necesita Chile para competir por la economía que quiere tener?
Esa fue una de las preguntas que atravesó el cierre del ciclo de tres seminarios de la iniciativa “Trabajo 3x3” de Sofofa, dedicado a educación y reconversión. Porque educación y reconversión no son solamente instrumentos para resolver una emergencia laboral. Es la nueva “infraestructura” para el próximo ciclo de desarrollo.
Cuando un país decide apostar por inteligencia artificial, transición energética, minería más sofisticada, servicios globales o nuevas cadenas de valor, no está tomando solo una decisión productiva. Está tomando una decisión sobre las capacidades que deberá tener su población.
Antràs planteó que Chile debe, entre otras cosas, subir en la cadena de valor y compensar a quienes pierden en esta transición. Ambas tareas dependen de personas: no hay servicios sofisticados ni nuevas industrias sin trabajadores capaces de sostenerlas. Y con una desocupación de 9,6%, que supera el 20% entre los jóvenes, la reconversión deja de ser un complemento y pasa a ser una condición.
Otros países ya lo entendieron. Saben que no basta con atraer capital si después faltan las personas capaces de convertirlo en productividad. Durante años construimos tratados para que nuestras empresas pudieran llegar al mundo y para que el mundo pudiera llegar a Chile.
Ahora, tenemos que construir las capacidades para que los chilenos puedan ocupar un lugar allí donde se está generando valor en ese nuevo mundo. Ese puede ser nuestro próximo salto. Porque la ventaja competitiva de Chile no puede descansar eternamente en aquello que tenemos. Dependerá de qué somos capaces de hacer con esa fortaleza.
Y esa ventaja no se importa ni se trae de afuera. Se construye.
Por Rodrigo Yáñez, secretario general de Sofofa





