Esta semana se realizó el periodo de sesiones de la Asamblea General de la ONU número 81 en Nueva York. El título del lema central ya dice mucho: “Restaurar confianza, gestionar transformación: unas Naciones Unidas que cumplan para todos”. Usar la palabra “restaurar” implica conciencia que algo se quebró, ya no hay confianza en el organismo multinacional y ciertamente eso es por algo. El “gestionar transformación”, deja claro que lo que es hoy el organismo no sirve y “unas Naciones Unidas que cumplan para todos”, deja en evidencia que el organismo sólo cumplía con algunos. Por lo mismo, el diagnóstico de la crisis ya estaba claro en el propio organismo.

La era de “los organismos supranacionales”, que fueron tan importantes y exitosos en la segunda mitad del siglo XX, ya no tiene el mismo peso, precisamente porque se han desdibujado. Cuando se fundó la ONU tras la Segunda Guerra Mundial ésta tenía 4 objetivos fundamentales. Primero, el Mantenimiento de la Paz y seguridad Internacional mediante medidas colectivas y arreglo pacífico de disputas. Segundo, el fomento de las relaciones de amistad basadas en la igualdad de derechos y la libre determinación. Tercero, la promoción de la cooperación internacional para resolver problemas globales y defender los derechos humanos y cuarto servir como centro armonizador para coordinar los esfuerzos nacionales hacia estos fines comunes.

La Organización de las Naciones Unidas, la OTAN, el Banco Mundial y tantas otras instancias internacionales ayudaron a reestablecer el mundo tras la hecatombe de la guerra y fueron esenciales. Hoy, la lógica no es la misma. Claramente, en el tiempo, se ideologizaron y burocratizaron perdiendo completamente el norte respecto a cuál era su misión. Se dedicaron a apoyar las agendas identitarias propias de las izquierdas que exacerban la “desigualdad ante la ley” mediante las llamadas “discriminaciones positivas”. Abrazaron con gran fuerza una agenda verde, no para salvar el planeta, sino para frenar el avance económico y el progreso, abrazando lógicas colectivistas igualitarias. Sin duda el organismo perdió todo rumbo, sembrando desconfianzas y con ello, perdieron el poder.

A la reunión no asistieron Vladimir Putin ni Xi Jinping. De los actores mayores sólo estaba Estados Unidos, porque era la sede. China prefiere tener una reunión directa con Donald Trump que usar la tribuna multilateral para marcar sus puntos. Esto deja en evidencia lo poco que pesa la entidad. La falta de “peces mayores” permitió que la voz de los “peces menores”, en el escenario internacional, se hiciera escuchar. Comentadas fueron las intervenciones de Chile y Argentina en relación con el organismo. El Presidente José Antonio Kast dijo en forma tajante que la ONU “no ha estado a la altura de los desafíos de nuestros tiempos” afirmando que el organismo “delibera en exceso y ejecuta con lentitud”, siendo incapaz de ser parte de la solución en los conflictos geopolíticos recientes.

La estructura de 1945 no sirve para 2026, la ONU hoy no cumple con su mandato. Por lo mismo, el Presidente de Chile exigió reducir la burocracia, enfocar los presupuestos donde hay vidas en juego y suspender las agendas no prioritarias. Dejar el “identitarismo” marxista que ha sido la tónica. Del mismo modo, hizo un llamado a reformar la estructura del consejo de seguridad, ya que su composición mantiene privilegios fijos desde la postguerra. Reformar ese organismo para el presidente Kast no se trata de algo simbólico sino como “una condición fundamental para que sus decisiones vuelvan a ser respetadas”. Lo que refleja, otra vez, que el organismo había perdido todo su peso.

Por su parte, el Presidente de Argentina, Javier Milei, calificó directamente a la ONU como una “organización inútil”. Afirmó que “el pacto sagrado original se rompió” y acusó que quienes deben por mandato garantizar la seguridad colectiva fracasaron, permitiendo en su lugar el caos y la violencia internacional. Afirmó que el organismo únicamente sirve para alimentar a una “casta de parásitos fatalmente arrogantes disfrazados de burócratas bienintencionados”. Cuestionó además las decisiones pasadas de la organización, calificando la gestión de la pandemia del coronavirus de 2020 como “un experimento global de control social disfrazado de ciencia”.

Por su parte, el Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, hizo una dura crítica al multilateralismo, reforzando la idea que la Asamblea no sirve para mucho. El rechaza las ideas de gobernanza global, argumentando que los organismos internacionales socavan la independencia de las naciones y vela por un sistema de relaciones directas bilaterales, al estilo realpolitik del siglo XIX. Claramente para allá va el mundo ya que hoy se reúnen los gigantes – China y Estados Unidos, sin asamblea de por medio. La ONU hoy pesa cero.

Por Magdalena Merbilháa, historiadora y periodista.