Desde hace algún tiempo y por diversas razones la política tiende a deprimirnos. La calidad del debate, la falta de conocimiento que se suele exhibir con derroche de desplante y, en general, la falta de consistencia para abordar los problemas más acuciantes que afectan a nuestro país. Si a políticos y a opinólogos se les excluyera la posibilidad de decir “hay que”, la mayoría de ellos se quedarían sencillamente mudos.
Sin embargo, también es justo reconocer que otras veces nos compensan brindándonos momentos espectaculares de humor y del mejor, ese que se hace con seriedad, voz impostada y ceño apretado. Esta semana recién pasada el Congreso aprobó, después de muchas vicisitudes, las normas que se conocen como reglas de uso de la fuerza y que regulan la manera en que policías y militares están autorizados a aplicar la fuerza en tareas de seguridad interior.
Todo bien, hasta que un grupo de diputados militantes del Partido Comunista presentó un proyecto de reforma constitucional para obligar a las Fuerzas Armadas a recibir clases de derechos humanos. Tuve que leerlo dos veces, pensé que debía haber un error, porque como es obvio para cualquiera mínimamente informado sobre el siglo pasado y algunos personajes como Stalin, Mao, Beria y varios otros cuya lista no cabría en estos pocos caracteres, el comunismo no ha sido -ni es- precisamente el faro de los derechos humanos en el mundo.
El problema fundamental es que no se trata simplemente de personas que ejercieron el poder careciendo de todo sentido moral, sino de paladines de una ideología cuya aplicación discurre inevitablemente por el camino de terminar con las libertades esenciales, perseguir la discrepancia y confinar a cualquiera que amenace la imposición de su sistema. No estaría mal que, antes de pretender imponer ciertos estudios a las Fuerzas Armadas, hojearan un poco la obra de Solzhenitsyn, en particular “Archipiélago Gulag”.
Vaclav Havel decía, con pocas palabras y su extraordinaria lucidez, que “el comunismo fue derrotado por la vida, la idea y el honor humano”. A estas alturas, esto debiera ser bastante obvio; por eso, después de la primera sonrisa que puede provocar el quiebre lógico que significa ver a dirigentes comunistas predicando la enseñanza de los derechos humanos -Koestler decía que en ese quiebre radica el impulso de la risa- es inevitable pensar que solo un cierto adormecimiento colectivo puede permitir que esto ocurra como si fuera normal.
El sueño de una izquierda socialdemócrata fue solo eso, un sueño que duró poco y ya estamos, como antaño, con una izquierda liderada por sus versiones más extremas, las dogmáticas, las que levantan el puño, las que entienden la política como el camino para alguna revolución, esas versiones latinoamericanas que antes fracasaron siguiendo a Castro y el “che” Guevara y cuyos gobiernos ahora caen derrotados uno tras otro. Todo indica que el próximo será Lula. El PC mandando a estudiar derechos humanos. ¿Qué hacemos?, ¿nos reímos? Mejor despertamos.
Por Gonzalo Cordero, abogado





