El asunto de las expectativas es central en política. Más de lo que solemos reconocer.
Lo vimos con el primer gobierno de Sebastián Piñera, que llegó prometiendo transformar la educación y terminó enfrentando la mayor movilización estudiantil desde el retorno a la democracia, con cientos de miles de jóvenes en las calles. Lo supimos, también, con la promesa —o la ilusión— constitucional, que prendió con especial fuerza justamente en los momentos en que lo que primaba era la incertidumbre. Lo volvimos a ver con el presidente magallánico que prometía un gobierno de la descentralización, y ahora con un presidente que advirtió en campaña que los migrantes irregulares tendrían que dejar el país en sus primeros días, y que después llamó a eso una metáfora.
Los procesos electorales tienen una potencialidad tremenda. Algunos estudios han mostrado que, en distintos contextos, las elecciones operan como un bálsamo para la democracia: elevan el interés, el conocimiento, la sensación de que el sistema responde y la exigencia de rendir cuentas. Todo eso en potencia, porque bien sabemos que en la práctica suelen imponerse tácticas más bien nocivas y agresivas, de esas que solo polarizan. Por lo mismo, buena parte del análisis se ha concentrado en esa lucha indiscriminada por el poder: los bots, las noticias falsas y una que otra artimaña. Se ha demostrado que inciden. No se ha demostrado que sean decisivas —por más que algunos sigan escudándose en ellas para no hacerse cargo de sus propios desafíos.
Llama la atención, entonces, que esa misma vara no se aplique al asunto de las expectativas, aun cuando sus efectos sean igual de nocivos para nuestra salud democrática.
En año electoral casi todos creen que estaremos mejor. Pero, a las pocas semanas del cambio de mando, sobreviene un declive de proporciones. Le pasó a Gabriel Boric y le volvió a pasar a José Antonio Kast: en ambos casos, la diferencia entre quienes creían que el país estaría mejor y quienes creían que estarían peor cayó más de 30 puntos porcentuales (Encuesta P!ensa, 2021-2026). Y esa caída deja mal sabor de boca en más de un nivel. En el plano general, el de la salud de la democracia, termina instalándose un pesimismo difícil de revertir, que de paso contamina cualquier discusión relevante. Y en el plano más particular, el de la salud del propio gobierno, para qué estirar el punto: las decisiones difíciles quedan supeditadas a las mismas expectativas que los que hoy gobiernan ayudaron a inflar.
Gobernar ya es difícil. Pero pareciera ser que las propias autoridades se lo hacen incluso más desafiante. Y conviene decirlo con claridad: ser responsable no implica ser aburrido. Tampoco impide decir las cosas de frente, ni empujar un discurso razonable y, a la vez, esperanzador. Al contrario, exige ser verdaderamente creativo, genuino y sincero. Con la ciudadanía y con uno mismo.
Por Pedro Fierro, Investigador P!ensa y director CIL UAI






