REFUTACIONES POLÍTICAS
Nos han vendido una idea muy cómoda y peligrosa: somos libres porque podemos elegir. Elegir qué serie ver antes de dormir, qué pedir por aplicación o qué botón presionar en la pantalla de nuestro teléfono. Bajo el dogma que domina nuestras leyes y nuestra política, todo acto donde no haya una pistola apuntándonos a la cabeza califica como un ejercicio sagrado de la voluntad individual.
La realidad del siglo XXI, sin embargo, cuenta una historia muy distinta: lo que hoy llamamos libertad suele ser apenas el disfraz con el que el poder económico neoliberal maquilla la desigualdad más brutal.
El cuento del “empresario de sí mismo”
Durante décadas, los manuales de Derecho y los discursos de los heraldos del libre mercado nos repitieron que ante la ley todos somos iguales. Abogados y jueces prominentes afirmaban que un contrato es justo por el simple hecho de haberse firmado, porque dos personas racionales y libres acordaron sus términos en uso de la autonomía de la voluntad.
Esa ficción ha envejecido pésimo, hoy nadie negocia nada. La enorme mayoría de nuestras decisiones cotidianas consiste en bajar la cabeza y aceptar términos unilaterales de un servicio en 80 páginas que nadie lee, o en aceptar empleos precarizados donde la alternativa es la marginación.
Filósofos como Byung-Chul Han lo han señalado con precisión quirúrgica: el poder moderno ya no necesita látigos ni policías en cada esquina para obligarnos a trabajar hasta el colapso; ha logrado algo mucho más perverso: convertir la explotación capitalista en autoexplotación neoliberal. Nos hicieron creer que somos nuestros propios “jefes”, “emprendedores” de nuestro propio tiempo, mientras trabajamos 14 horas al día pegados a una plataforma que nos exprime y nos cobra por el privilegio. Creemos actuar por voluntad propia, pero en realidad solo estamos optimizando nuestro rendimiento para el beneficio de un puñado de corporaciones.
El cansancio no es culpa tuya
El gran triunfo del capitalismo tardío radica en haber privatizado el sufrimiento. Si no llegas a fin de mes, si vives con un ataque de ansiedad permanente o si el agotamiento no te deja levantarte, el sistema te dice que es tu culpa: te faltó disciplina, resiliencia o “mentalidad de abundancia”.
Al insistir en que todo depende de la voluntad individual, se borra de un plumazo la desigualdad estructural. Despolitizan el dolor para que nadie señale a las estructuras económicas que lo provocan. Como bien advertía Mark Fisher, nos orillan a tratar una catástrofe social y económica como si fuera un simple desajuste químico individual que se resuelve con terapia privada o pastillas.
Mientras tanto, las grandes plataformas tecnológicas se apropian de lo común: capturan nuestra atención, extraen nuestros datos y moldean nuestros deseos a través de algoritmos diseñados expresamente para volvernos adictos e impotentes. En ese terreno de juego, hablar de “libre elección” es una burla; solo somos libres de elegir entre las opciones que un algoritmo programó de antemano para seguir acumulando riqueza a costa de nuestras vidas.
Sin igualdad no hay libertad posible
Aquí es donde revienta la gran contradicción de nuestro tiempo. La derecha y los defensores del statu quo suelen poner a la libertad y a la igualdad como dos enemigas irreconciliables. Dicen que buscar la igualdad destruye la libertad individual. Es exactamente al revés: la libertad sin igualdad material es una farsa; es simplemente el derecho del pez grande a comerse al chico sin interferencias.
Quien no tiene resuelta la comida del día, la salud de sus hijos o un techo seguro no toma decisiones libres, gestiona su supervivencia. La igualdad sustantiva no viene a quitarle libertades a la gente común; es la condición indispensable para que esa libertad exista de verdad y no sea solo un privilegio reservado para quienes pueden pagarla.
Ya no basta con que el Estado o las leyes se limiten a no estorbar (la libertad negativa). Es urgente entender que la libertad auténtica no es el aislamiento del individuo en su burbuja de consumo, sino la capacidad colectiva de transformar el mundo en el que vivimos para que nadie quede a merced del arbitrio de los poderosos. Mientras no pongamos un suelo de igualdad radical sobre la mesa, cada vez que hablemos de “libertad” no estaremos escuchando nuestra propia voz, sino el eco complaciente del poder hablando a través de nosotros.
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