Aquella barra de hierro que atravesó el cráneo del joven Phineas Gage en el verano de 1848 cambió la comprensión del cerebro humano. Fue un accidente: a causa de una explosión durante la construcción del ferrocarril, una vara de hierro salió disparada hacia este joven capataz de obra estadounidense y le destrozó la corteza prefrontal del cerebro. Gage sobrevivió. Pero de repente, aquel chaval responsable y serio se convirtió en alguien irrespetuoso, impaciente y violento, incapaz de contener sus emociones y cruel con sus compañeros. Era un giro de comportamiento extraño, insólito, pero sirvió para cimentar la idea de que la corteza prefrontal, que hasta entonces se creía una zona no funcional del cerebro, podría ser una pieza fundamental de la cognición humana.

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