Comparar es, por definición, un ejercicio que se hace sobre dos asuntos distintos para verificar semejanzas, pero también diferencias. Desde hace un tiempo a esta parte se ha hecho una práctica habitual en las izquierdas locales, así, en plural, tomar los resultados electorales favorables o desfavorables de sus símiles extranjeros, hacer un análisis superficial y dictaminar un diagnóstico local con un barnizado de nuestra historia reciente. Son recetarios de cocción rápida, emanados en formato de segmentos en streaming o de sobremesa en el Baco. El elemento disparador es siempre un resultado electoral vistoso al que suman un par de artilugios de comunicación política envueltos en un concepto resultón. Estiran los acontecimientos nacionales recientes hasta hacerlos calzar con el triunfo de Zohran Mamdani en Nueva York, o el virtual fracaso del Partido de los Trabajadores frente al bolsonarismo en las últimas elecciones de Brasil. En una misma perspectiva se van disponiendo la campaña por la alcaldía de una ciudad rica, como lo es Nueva York, que no tiene símil dentro del mismo Estados Unidos, con una elección presidencial y parlamentaria de una potencia regional como Brasil, un país-continente, con diferencias económicas y sociales agudas entre la mitad del norte y la del sur de la nación. No se trata de desdeñar la posibilidad de explorar analogías y buscar puntos equiparables, sino de la facilidad con la que se anulan con un brochazo rápido la confrontación de diferencias que ayuden a un análisis menos reconcentrado en el resultado de corto plazo –ganar o perder una elección– y que aspire a la elaboración de un horizonte más honesto sobre la realidad chilena.
La manera en que se equiparan fenómenos de manera automática espejea con la fe en los golpes de efecto en los que parte de las izquierdas chilenas se han refugiado para no darse el trabajo de elaborar propuestas más consistentes que la exhibición performática de carismas individuales. El pésimo desempeño del actual oficialismo no significa necesariamente una revalorización de las ideas de las izquierdas, cuyo eje más significativo es el rol del Estado. De momento no existe desde ese sector una elaboración mayor sobre los flancos abiertos en asuntos como, por ejemplo, la idea de patriotismo, capturada por el Partido Republicano. La versión liviana de los valores y atributos propios de Chile defendida por los republicanos ya quedó manchada en su legitimidad por las acciones y discursos de los aliados ideológicos extranjeros del actual gobierno. Un patriotismo que permite cuestionar la soberanía territorial o inmiscuirse en política interna a embajadores de potencias foráneas, no es tal. Sin embargo, las izquierdas no ofrecen una respuesta que vincule patriotismo con Estado, soberanía territorial, intereses nacionales y el valor de lo público. Tampoco han transmitido un mensaje en el ámbito económico más profundo que oponerse y criticar los recortes del ministro Quiroz y su paupérrimo manejo en Hacienda
Ni la envergadura del Partido de los Trabajadores brasileño es equiparable a la de ningún partido nacional, ni las iglesias neopentecostales brasileñas usadas como cabeza de playa por el evangelismo ultraconservador estadounidense han logrado en Chile, de momento, un peso tan decisivo como en Brasil. La gran similitud, la más evidente entre ambas realidades, es la época de cambios profundos que atravesamos en el orden mundial y el modo en que la ultraderecha supo hacer una lectura de las transformaciones económicas y tecnológicas que se avecinaban, sembrando para el largo plazo. Tal como una marca genérica que adapta un mensaje a las peculiaridades locales, la ultraderecha global lo hizo con su combo de miedo, desconfianza, identificación automática de enemigos (zurdos, extranjeros pobres, científicos) y celebración entusiasta de liderazgos autoritarios internacionales (Trump, Milei, Orban, Bolsonaro). Para lograr su cometido la ultraderecha no esperó una oportunidad: se adelantó al modo en que las tecnologías sacudirían la manera en que las personas se relacionan entre sí y perciben el mundo. Para llegar a comprender el alcance que está provocando en la población chilena este cambio de era hay que hacer algo más que asomarse a las noticias del extranjero para dar con analogías, y empezar a mirar hacia dentro.
Ningún líder de la izquierda local puede exhibir los logros y una biografía a la altura de las dificultades superadas por Luiz Inácio Da Silva. Aquí nunca un obrero ha llegado a presidente porque la cultura de pertenencia de la elite de izquierda chilena sigue siendo muchísimo más poderosa que el discurso de igualdad a la hora de impulsar liderazgos ajenos a un círculo de parentesco y de clase. Del mismo modo, aún hay quienes prefieren permanecer en una cámara de eco portátil y responsabilizar por los fracasos electorales a las llamadas “causas identitarias” para no asumir que fue la captura de liderazgos y partidos por parte de intereses empresariales la que dinamitó los puentes entre ciertas izquierdas y su electorado. En las últimas elecciones de Brasil, Erika Hilton, una diputada transgénero, fue reelegida con una mayoría histórica y Lula ganó en los nueve estados del nordeste, la zona más pobre del país, con un máximo de 70 por ciento en Piauí. Algo nos indican que causas identitarias y clase trabajadora no son categorías excluyentes.
Las izquierdas chilenas deberían escuchar más y predicar menos. Hay muchas incógnitas que no se resuelven con las categorías políticas convencionales, como la forma en que la racionalidad y la emocionalidad confluyen al momento de vincularse con la política en una era de fragmentación de la información, de crisis de los medios tradicionales, desconfianza institucional y temor frente al futuro. Una misión de largo plazo más etnográfica que proselitista, algo más sofisticado y complejo que seguir repitiendo lugares comunes y confiando que el fracaso del adversario devolverá al poder a unas izquierdas que se arrogan representar al pueblo, sin tomarse la molestia de acercarse a él para conocer el modo en que construye su propia idea del mundo que habita.





