Tomás Sanabria, un hombre maduro pero incapaz de establecer relaciones duraderas, gasta sus días en un empleo que no le estimula: es jefe de personal en una fábrica de clips. Ni siquiera puede decir que su trabajo sea un logro personal: ha sido su madre quien lo ha recomendado para ese empleo. La vida de Sanabria, sin embargo, da un vuelco a partir de que se aficiona a leer novelas policiacas: devora libros de Patricia Highsmith, de Henning Mankell, de Agatha Christie. Con el paso de los meses, Sanabria decide abandonar su empleo para dedicarse a un oficio más azaroso pero también más estimulante: abrir su propio despacho como detective privado.
Tal es la premisa de Informe negro, el más reciente libro de Francisco Hinojosa, publicado en la colección popular del Fondo de Cultura Económica (FCE). Autor de títulos ya clásicos en nuestra literatura infantil como La peor señora del mundo (1992) y Buscalacranes (2000), Hinojosa ha sabido crear un nutrido público lector sin encasillarse en fórmulas manidas, pues también es autor de crónicas de viaje, así como de novelas y cuentos para adultos, entre ellos Emma (2014) y Migraña en racimos (2016).
En tanto novela policiaca, Informe negro se puede leer de una sentada, pues cuenta una historia poderosa y adictiva: de la noche a la mañana, sin ninguna clase de instrucción formal, Sanabria se asume como detective con todas las consecuencias que eso implica. Dado que no tiene estudios y tampoco nombramiento, debe actuar al margen de las instituciones de procuración de justicia.
Ya en la idea inicial es fácil reconocer paralelismos con la obra fundacional de nuestra lengua: si Alonso Quijano pierde el seso leyendo novelas de caballería y decide lanzarse a los caminos para desfacer entuertos, Tomás Sanabria se desquicia leyendo libros policiales y se lanza a recorrer las turbias calles de la capital mexicana en busca de crímenes por resolver. En su perspectiva, acaso distorsionada por tantas lecturas noir, el primer requisito para ser investigador es parecerlo: en una juguetería consigue una placa de sheriff y en una librería de viejo compra un lote de libros legales que ya no son vigentes. Pega en los muros de su estudio fotos recortadas de revistas y remata con un retrato de Edgar Allan Poe. Más que adquirir nociones de criminología, le interesa aprender a preparar los sofisticados tragos que beben los personajes en las novelas de Chandler, Hammett y Cain.
Tal obsesión por aparentar no tarda en pasarle factura: cuando se presenta en su bar favorito, el Venezia, y comienza a repartir tarjetas de presentación, sus conocidos se muestran escépticos frente a sus habilidades como investigador. Y entonces a Sanabria no le queda otro camino que mentir. Con la habilidad de un guionista nato, construye en el aire un par de complejos casos que afirma haber resuelto. Lo que no sabe es que sus invenciones le esperarán, agazapadas, a la vuelta de la esquina.
Esto es lo que puede decirse, sin arruinar la lectura, sobre la historia contenida en Informe negro. Una serie de anécdotas domésticas pero al mismo tiempo trepidantes contadas en cien breves capítulos, con varios personajes muy memorables por sus relieves y claroscuros. Un relato que destaca por su hábil manejo del humor negro, y también por la acidez con que parodia los lugares comunes del género. Así, en algún punto de la novela Tomás Sanabria se da cuenta de que sus muchas lecturas no le han preparado para enfrentar la realidad, y mucho menos para resolver crímenes reales como los que ocurren en Latinoamérica todos los días.
Pero detrás del thriller hay mucho más. Para los interesados en aprender a escribir, e incluso para quienes desean aprender a leer bajo la superficie, este volumen ofrece valiosas lecciones sobre cómo desarrollar proyectos narrativos.
Antes de seguir conviene aclarar algunos puntos: tal como su autor ha declarado, Informe negro es una novela escrita a partir de un cuento que fue publicado en septiembre de 1983 en la Gaceta del FCE. Ese relato original consistía en cien párrafos numerados que contaban la historia de un hombre que abraza el oficio de detective privado. Pero más que un cuento, para Hinojosa aquel trabajo era una suerte de esqueleto, una “novela no desarrollada”. Así pues, uno de sus proyectos a largo plazo era precisamente la escritura de esa novela.
El libro publicado por el FCE contiene en realidad tres textos: la novela titulada Informe negro, que consta de 208 páginas distribuidas en cien capítulos, el cuento de 1983, que consta de cien párrafos breves, y un epílogo titulado “Entre el cuento y la novela” en donde Hinojosa revela, paso por paso, el proceso creativo que le permitió convertir un relato de unas cuantas páginas en una magnífica novela negra. En esas páginas el autor no sólo revela su carpintería: consigna incluso las lecturas que le acompañaron. Así, por ejemplo, sabemos que la idea de escribir cuentos estructurados en cien capítulos breves proviene de la lectura de Raymond Queneau y Donald Barthelme. La generosidad de Hinojosa es tal, que su epílogo tiende abiertos puentes a textos fundamentales para comprender la narrativa contemporánea: desde el decálogo de Horacio Quiroga para el perfecto cuentista, hasta las tesis sobre el cuento de Ricardo Piglia. Tampoco es casualidad que la novela esté llena de alusiones a Edgar Allan Poe, pues en esas páginas se aborda y se discute el postulado central que Poe estableció en su célebre ensayo “Filosofía de la composición”: que antes de comenzar a escribir un texto, el autor debe saber exactamente cómo acabará ese trabajo.
Una advertencia final: si en Informe negro el protagonista se emociona leyendo novelas policiacas a tal grado que adopta el oficio de detective, no es remoto que en el plano real, al estudiar los tres textos contenidos de Informe negro, los lectores se den cuenta de que el oficio en verdad emocionante no es el de investigador privado, sino el de novelista. Léase pues esta novela bajo su propio riesgo.




