El papa León XIV está de visita apostólica en Francia. A lo largo de estos dias estará en París, Metz, y desde luego, en la ciudad de Lourdes, sede de unas de las devociones marianas más importantes de la fe católica. Se trata de su primer viaje a ese país.

Francia no es cualquier nación en la historia de la iglesia universal. Por el contrario, representa uno de los principales símbolos de los católicos; desde el bautismo del rey Clodoveo, lo que le otorgaría a la nación el apelativo de “la mayor de las hijas de la Iglesia” hasta la edificación de la catedral de Notre Dame y en la vida misma de Santa Juana de Arco.

A pesar de las transformaciones que tuvieron lugar durante la Revolución francesa, de los movimientos liberales decimonónicos y de los procesos de laicización del siglo XX, la mayoría de los franceses se consideran hoy católicos no practicantes. Es decir, se identifican culturalmente con la iglesia romana pero sólo ocasionalmente asisten a ritos religiosos, como en ocasiones especiales como las Navidades y la Semana Santa.

La laicidad a la francesa es sui generis en Europa. A diferencia de otros Estados como España e Inglaterra, aconfesional y confesional, respectivamente, la ley prohíbe la ostentación pública de símbolos religiosos, trátese de una cruz cristiana, una estrella judía o una media luna musulmana. En adición, la edición de semanarios como Charlie Hebdo dan cuenta de la alta permisividad frente a la libre expresión. Pese a todo, como he señalado, Francia es una nación mayoritariamente católica.

Sumado a esta identidad, la migración masiva procedente del Magreb y la irrupción del fundamentalismo islámico, caracterizado por su voluntad de imponer sus propias costumbres en Francia, parece haber vigorizado el fervor católico, y tal vez, particularmente entre los jóvenes. De acuerdo a estimaciones, se prevé la asistencia de más de medio millón de personas a la misa que celebrará el pontífice en la Plaza de la Concordia, en París.

Es un sitio emblemático, sin duda. No solo por estar situado en el corazón de la capital francesa, sino por encarnar el símbolo del triunfo de los revolucionarios sobre la monarquía católica en aquella dramática ejecución del rey Luis XVI en 1793. El nombre mismo de la Concordia conlleva una connotación anticatólica propia de los principios de aquellos hombres de finales del siglo XVIII.

La presencia de León XIV en un pais azotado por el fundamentalismo islámico es sin duda un signo de esperanza para millones de franceses que se rehúsan a sucumbir ante el embate de los radicales; y no porque consideren en sentido estricto volver al “redil” de práctica de la fe católica, sino porque el obispo de Roma representa hoy, como la ha hecho siempre, la fuerza de una Francia tradicionalista que luce dispuesta a luchar para defender sus costumbres y libertades.