Durante seis décadas, la libreta de abastecimiento acompañó la vida cotidiana de millones de cubanos. Ahora sobrevive entre anaqueles vacíos, entregas irregulares y nuevos mercados que intentan ocupar el lugar de las antiguas bodegas. En La Habana y Guantánamo, el cambio se percibe de una manera concreta: cada vez es más difícil saber qué llegará a la mesa.

La puerta de la bodega se abre a las ocho de la mañana.

Una docena de personas espera en la calle Crombet, en el centro de Guantánamo. Algunos llevan la libreta de abastecimiento doblada en el bolsillo trasero. Otros esperan con una jaba vacía colgada del brazo.

La escena, descrita por 14ymedio en un reporte publicado en abril, tiene algo de rutina y algo de incertidumbre. La cola sigue allí, pero la lista de productos que los clientes esperan recoger es cada vez más corta.

Durante décadas, la bodega fue uno de los lugares más predecibles de la vida cubana. Se sabía cuándo tocaba el arroz, cuándo el azúcar y cuándo otros productos básicos.

Ahora, esa previsibilidad se ha convertido en una excepción.

La libreta continúa existiendo, pero cada vez acredita menos alimentos.

La libreta que se queda sin productos

El sistema de bodegas y la libreta de abastecimiento fueron implantados en 1963, durante el gobierno de Fidel Castro, en medio de una fuerte escasez de alimentos.

El mecanismo permitió durante décadas que los cubanos, independientemente de sus ingresos, accedieran a una canasta básica a precios subsidiados por el Estado.

En los años de mayor disponibilidad, aquella cartilla podía garantizar los alimentos esenciales para todo un mes.

Para América Guillén, de 82 años, también representó una seguridad mínima para quienes tenían menos.

Un mínimo”, recuerda al hablar de lo que significaba aquella canasta, especialmente para las personas con pocos recursos.

Ahora lo expresa de otra manera.

La libreta también está extinguida porque no recibimos nada”.

Guillén recibe una pensión mínima de 3,000 pesos cubanos, unos cuatro dólares según los datos citados en el reporte, y resume la situación de los sectores de menores ingresos con una frase contundente: “los más pobres estamos pasando mucho trabajo”.

Una bodega con más preguntas que alimentos

El relato del diario cubano independiente 14ymedio desde Guantánamo permite ver el deterioro en una escena concreta.

Dentro del establecimiento, los estantes tienen poco que mostrar. Un saco de arroz abierto sobre una tarima y algunas cajas de compotas para niños aparecen entre los pocos productos disponibles.

En una lista pegada a la pared figuran alimentos pendientes de distribución: café, aceite y sal.

Ninguno tiene una fecha confirmada de llegada.

Afuera, Donato, de 78 años, observa la descarga de un camión mientras se apoya en su bastón. Recuerda cuando la bodega era un lugar bullicioso, pero también previsible.

Ahora, según su testimonio recogido por 14ymedio, buena parte de lo que llega depende de ayuda exterior.

Lo poco que está llegando es de donación, pero así no se puede sostener un mercado de este tipo porque no se sabe cuándo algún país va a donar ni qué cantidad”, afirma.

La frase resume uno de los problemas centrales de la distribución actual: cuando un producto depende de una donación, la entrega deja de responder a un calendario estable.

El arroz puede llegar un mes y faltar al siguiente. El aceite puede aparecer después de semanas de espera. Otros productos simplemente quedan anotados en una lista.

La libreta registra el derecho a recibirlos, pero no garantiza que estén disponibles.

El desayuno sin leche

Entre todos los faltantes, hay uno especialmente sensible para las familias con niños.

La leche en polvo destinada a los menores ha dejado de llegar con la regularidad de otros años. Algunas entregas se retrasan y otras se posponen sin una fecha clara.

En el barrio de San Justo, al norte de Guantánamo, 14ymedio contó la historia de Maribel, una madre que prepara el desayuno de su hijo de cuatro años con un pan pequeño y una taza de infusión de hierbas.

La leche en polvo correspondiente al mes anterior todavía no había llegado a su bodega.

La escena convierte una discusión sobre subsidios, distribución y política económica en algo mucho más sencillo: qué poner delante de un niño a la hora del desayuno.

También desde una bodega guantanamera llega otra frase recogida por 14ymedio.

Uno vive con la preocupación constante de si mañana habrá algo para darle al niño”.

Es una preocupación que no aparece en los números de una política económica, pero sí en la cocina de una familia.

La Habana: la bodega cambia de nombre

En La Habana, mientras tanto, empiezan a aparecer los llamados mercados de barrio.

Son pequeños comercios que buscan ocupar el espacio que dejaron las antiguas bodegas y forman parte de la transformación del sistema de subsidios.

Paula Sonia Santiago, de 64 años, observa uno de estos establecimientos y describe lo que está ocurriendo como “un cambio total de lo que siempre vivimos”.

El Gobierno cubano ha planteado sustituir el subsidio universal por ayudas dirigidas a las personas consideradas vulnerables.

Hasta ahora se han creado 24 mercados de barrio, donde se comercializa una veintena de productos básicos con precios que, según las autoridades, se encuentran entre un 10% y un 15% por debajo de los del sector privado.

Pero para los clientes, la diferencia no siempre resulta suficiente.

Si esto va a ser nuestra bodega, para el poder adquisitivo que tienen la mayoría de las personas, debe ser el costo más bajo”.

Rafael García, de 75 años, compró una decena de huevos en el mercado Doña Luisa y encontró una forma todavía más precisa de describir la situación:

No es que esté más barato, es que está menos caro”.

Sesenta años después

La desaparición de la libreta no comenzó ahora.

El sistema empezó a deteriorarse durante la crisis de los años noventa, después de la desaparición del bloque soviético, cuando Cuba perdió a su principal socio económico.

En 2008, durante la presidencia de Raúl Castro, el Gobierno comenzó a impulsar una política para eliminar lo que denominó “subsidios y gratuidades indebidas”.

Desde entonces, algunos productos fueron saliendo progresivamente de la libreta.

Durante la presidencia de Miguel Díaz-Canel, iniciada en 2018, la canasta normada se redujo aún más.

El resultado puede observarse hoy en las bodegas: menos productos, entregas irregulares y una creciente dependencia de mecanismos alternativos para conseguir alimentos.

Según los datos citados en el reporte de AFP, la libreta llegó a representar una carga de unos 1.000 millones de dólares anuales para el Estado cubano.

Pero para quienes dependían de ella, su importancia no se medía en millones de dólares.

Se medía en un paquete de arroz.

En unas libras de azúcar.

En una bolsa de leche para un niño.