El árbol genealógico del poder en México sigue regalándonos sus frutos más jugosos, pues parece que la política nacional decidió convertirse en secuela de Una familia con suerte.
Cuando pensábamos que el mapa electoral ya estaba saturado de sorpresas, irrumpe la noticia de que Pío López Obrador buscará una candidatura a diputado por Chiapas, sumándose formalmente a la travesía que su sobrino Andy López Beltrán ya emprendió por las aguas tabasqueñas.
Si la tendencia progresa y continúan anunciándose candidaturas procedentes del mismo linaje, pronto alcanzará la parentela para formar su propio grupo parlamentario cuando llegue a San Lázaro. Sería una bancada sumamente unida, guiada por los lazos de la sangre, pero, sobre todo, por una devoción entrañable al presupuesto público, que ni los Castro ni los Kim sabrían igualar.
Tan exitoso fue el anuncio de su candidatura en redes sociales, que Pío debió cerrar el espacio a los comentarios para que su cuenta de X no se desbordara de elogios. Hablando de casualidades, apenas dos días antes de que hiciera público su “compromiso moral” de ser diputado, su hermano presentó un nuevo libro, con el originalísimo título de Pueblo, mediante un video grabado desde su guarida, es decir, desde la finca que le heredaron sus padres.
Autor discretísimo, prefirió hablar desde la mecedora y a través de la pantalla antes que salir de su reclusión en Palenque para ser chambelán en los 15 años de Morena, donde tantos esperaban admirar su figura de tutor espiritual.
En esa misma reaparición digital, el expresidente afirmó que había sido una canallada por parte de Estados Unidos quitarle la visa a su hijo. Mientras tanto, en el capítulo de la diplomacia epistolar de Tabasco, Andy López Beltrán aún no recibe contestación de Donald Trump a la carta enviada, pero eso seguramente es porque el magnate tiene la bandeja de entrada demasiado llena.
En el plano institucional, la Presidenta debió responder ayer por enésima vez la pregunta de si hay investigaciones judiciales contra Andy López Beltrán, y volvió a decir que no. Curiosamente, lo mismo le preguntaron al secretario de Hacienda, durante su comparecencia en el Senado, y también lo negó. Sobre estas intrigas familiares ya lo explicaba con soltura otro integrante del clan, José Ramiro López Obrador, secretario de Gobierno de Tabasco, cuando recordó que a quien realmente busca Washington “no es al chico sino al grande”.
En efecto, ante cualquier sospecha o acusación externa, dentro del grupo gobernante prefieren sostener con absoluta firmeza que ésos son otros López, completamente ajenos a las faltas que les achacan. Al revisar la trayectoria de esta estirpe, resulta inevitable comparar a sus integrantes con aquellos simpáticos personajes de la cinematografía nacional en Los tres García —esos otros López, que en el guion maquinan para acabar con el personaje de Pedro Infante—, aunque en esta versión tropicalizada las travesuras no ocurren en el rancho ni a caballo, sino en la ardiente arena política local.
Aspiraciones de semejante calibre no surgen de la nada. Responden a una vocación desinteresada por el servicio público que ha llevado a tíos, hermanos y sobrinos a recorrer estos vericuetos, como dice poéticamente Pío, con “suela, saliva y sudor”. De los célebres sobres de papel manila entregados en Chiapas hasta la ingeniosa articulación de la política y los negocios en el sureste, las carreras de esta dinastía prometen mantenernos sumamente entretenidos durante varias temporadas electorales.
Resulta conmovedor presenciar cómo el talento natural para la grilla se transmite de manera orgánica en familia, ahorrándole a la ciudadanía la fatiga de buscar nuevos perfiles para representarla. Sólo queda esperar cuál otro pariente se animará a dar el salto a las boletas durante este ciclo electoral.
Con un pequeño empuje adicional, el Congreso de la Unión terminará convertido en una entrañable reunión dominical, donde las comisiones legislativas se repartirán alegremente en la mesa entre primos, tíos y cuñados, confirmando así que la verdadera transformación siempre empieza por la propia casa.




