La violencia sexual está, de nuevo, en el debate público debido al caso de los “7 de Cornell”. Jane Doe –un seudónimo– acusó a excompañeros de agredirla sexualmente, en 2024, en instalaciones de una fraternidad de la Universidad de Cornell. Tras presentar una demanda civil, su relato y la identidad de sus agresores se han hecho virales.

Su relato es el siguiente: aprovechándose de que había ingerido alcohol, dos estudiantes la presionaron a consumir ketamina (un potente analgésico) y practicar un trío. A continuación, la ofrecieron como objeto sexual al resto de los miembros de su fraternidad, a través de una aplicación de mensajería. Así, otros cinco se sumaron a la agresión. Ninguno de los miembros de fraternidad intentó impedirla. Días después, Jane Doe reportó lo sucedido a la universidad, la que instruyó investigaciones y aplicó sanciones de diversa gravedad. Solo después del escándalo mediático, se abrió una investigación penal.

En un posteo de Instagram, Florence Pugh resumió la mezcla de indignación e impotencia que le he escuchado a muchas mujeres. “¿Cómo esperan que confiemos que no son todos los hombres si en estos momentos muchos de ustedes permanecen pasivos? […] necesitamos que […] estén tan horrorizados e indignados como nosotras”. “Saber que una tortura tan violenta como una violación está a punto de ocurrir ‘en la planta de arriba’ y no hacer nada al respecto, es enfermizo, cobarde y despiadado”– sentenció.

El panorama parece ser desolador. Los hechos denunciados no son una deviación estadística ni psiquiátrica, son conductas a menudo premeditadas, toleradas o, incluso, alentadas socialmente. Las agresiones sexuales suelen ser, como ha observado Rita Segato, actos transitivos, es decir, realizados por y para los “miembros de la fratría”. Sus ejecutores no son monstruos, enfermos, ni siquiera “bichos raros” (los 7 de Cornell eran destacados deportistas y talentosos estudiantes); son hombres perfectamente integrados en su entorno, que buscan satisfacer un mandato de masculinidad en constante reciclaje.

En efecto, con ocasión del caso de Gisèle Pelicot descubrimos, con estupor, que la “cultura de la violación”–esa mezcla entre deshumanización, depredación, complicidad y sexismo, descrita por el feminismo– es amplificada y eternizada por las redes sociales. ¿Qué hacer, entonces? Con el caso Pelicot, se popularizó también una consigna: “La vergüenza debe cambiar de bando”. Ella tiene una doble lectura. Invita a proteger a las víctimas en lugar de los agresores. Y también a pensar la violencia sexual desde la vereda masculina. ¿Y si, en lugar de interpelar a las “Jane Doe” sobre dónde andaban, cómo vestían o por qué no se resistieron, conminamos a los “7 de Cornell” del mundo (y a su fratría) a rendir cuentas sobre lo que hacen y lo que no hacen? Como yo lo veo, se trata menos de avergonzar punitivamente a los hombres que de contribuir a crear una conciencia moral, individual y colectiva, que pavimente un cambio.

Por Yanira Zúñiga, profesora Instituto de Derecho Público, Universidad Austral de Chile