Dario Amodei, Sam Altman y Elon Musk están de acuerdo en algo. Eso, por sí solo, debería ponernos nerviosos. Los tres piden que el gobierno regule la inteligencia artificial (IA), con inspectores instalados dentro de sus laboratorios. Jensen Huang, el único que fabrica las palas de esta fiebre del oro, opina lo contrario: si no confías en tu producto, no lo lances.

En casi tres décadas trabajando con empresas y sus directorios aprendí a desconfiar de un patrón: el empresario que pide ser regulado casi nunca quiere límites. Quiere alguna de estas cuatro cosas.

Un paraguas. Andy Kessler lo escribió el domingo en The Wall Street Journal: el verdadero miedo de las empresas de IA no son los robots, son los abogados. Meta pagó en agosto US$ 18 mil millones por demandas de adicción adolescente, sin admitir culpa, y de pronto descubrió que retrasar su agente de IA “por seguridad” era lo correcto. Qué coincidencia. Un sello estatal convertirá el próximo daño en “fallo regulatorio”.

Una regla, no cincuenta. Pedir ley federal es, con frecuencia, pedir que se anulen las leyes estatales. OpenAI se opuso a la ley de IA de California mientras le pide al Congreso que la regule. Se pide regulación para evitar regulación.

Redactarla. Quien llega primero a la mesa escribe el borrador. Los evaluadores que propone Amodei los va a formar Anthropic, con estándares que Anthropic ya cumple. Joseph Stigler explicó hace cincuenta años cómo las industrias capturan a su regulador; la novedad aquí es capturarlo antes de que nazca.

Legitimidad. Una industria que la gente teme necesita que alguien con autoridad la declare aceptable. En la ley seca, los pastores la pedían por moral y los contrabandistas porque eliminaba la competencia legal. Los científicos que renuncian a OpenAI son los pastores de esta historia.

Alguien dirá que también quieren una barrera de entrada. Lo dudo. Una ley californiana asusta a una empresa emergente de tres ingenieros, pero no obliga a Hangzhou, y son los modelos chinos de código abierto los que les respiran en la nuca. De hecho, cada vez que una propuesta amenaza con morder, los mismos que piden regulación agitan el fantasma de Pekín: “Si nos frenan, gana China”. Regulación y China a la vez: el sello sin el freno. La única barrera que sí quieren está en la frontera, en los controles de exportación de chips, y esa la paga Nvidia. Por eso Huang es el único que no pide nada.

Mi tesis es que el peligro de la IA no está en que la máquina decida hacernos daño. Está en quién la usa y quién responde cuando falla. Eso es gobierno corporativo, no ciencia ficción.

Que quede claro: los campeones de la IA están buscando que los protejan de su responsabilidad fiduciaria.

*El autor de la columna es miembro del Centro de Gobierno Corporativo de ESE Business School