Guerrero es, desde hace décadas, el ejemplo favorito de todo discurso sobre el atraso mexicano: el estado de la pobreza, de la violencia, de los últimos lugares en cualquier índice de desarrollo humano.
Y, sin embargo, es también el estado que hoy produce a una de las figuras políticas con más músculo electoral propio del actual ciclo de Morena: Beatriz Mojica.
No hay narrativa que sostenga esa fuerza, si no se sustenta primero en números.
En 2015, compitiendo bajo la alianza PRD-PT, obtuvo 473 mil 695 votos en una gubernatura que perdió frente al PRI- PVEM de Héctor Astudillo.
En 2024, ya con Morena, ganó el Senado con 667 mil 277 votos: casi 200 mil sufragios adicionales, en un estado con un padrón que no ha crecido en esa proporción. Eso no es viento de partido, es acumulación de capital político propio, construido voto a voto durante casi una década.
EL TERRITORIO, UN BALUARTE
Ahí está la primera diferencia de fondo con buena parte de la clase política guerrerense: Mojica no es producto de un dedazo, de alguna tutela, de una cúpula arbitraria, de una coyuntura.
Es resultado de un recorrido físico del territorio —más de dos veces el estado completo, sección por sección— que pocos aspirantes a la gubernatura están dispuestos a sostener durante años, sin cargo de por medio.
Esa diferencia se nota en el resultado que la colocó como coordinadora: no fue una designación de escritorio, fue el triunfo en la encuesta interna de Morena, el único mecanismo que en este movimiento apuntala, con sus limitaciones, un ejercicio de legitimidad de origen.
Ganó porque tiene base, no porque tenga padrino.
TEMPLE Y PRUDENCIA COMO VALORES POLÍTICOS
La segunda diferencia es de temple.
En un encuentro reciente con medios alternativos en la Ciudad de México, Mojica no eludió el expediente de su paso por el PRD, ni los ataques que sigue recibiendo por ello; los puso sobre la mesa ella misma, sin el barniz de la comunicación institucional que suele fabricar amnesias convenientes.
Esa es una anomalía en la política mexicana, donde la regla es negar, diluir o tercerizar los errores propios.
Mojica, en cambio, exhibe también la maquinaria que la ataca: reconoce que detectó operaciones de guerra sucia por alrededor de un millón de pesos mensuales en su contra, algunas rastreadas hasta cuentas en Estados Unidos, y, en vez de esconder el dato, lo convierte en evidencia de que su proyecto incomoda a un poder real. Quien no estorba, no se compra ese tipo de enemigos.
HAY PROGRAMA: HACIA UN SEGUNDO PISO EJEMPLAR DE LA TRANSFORMACIÓN
La tercera diferencia es de sustancia programática, no de spot de campaña.
Mojica no pertenece a un perfil que ofrezca continuismo administrativo disfrazado de transformación: plantea un segundo piso que se exige, explícitamente, sacar a Guerrero de los últimos lugares de desarrollo del país y atacar de frente la pobreza que los programas sociales federales ya redujeron, pero no resolvieron.
En su narrativa habla de fortalecer estructuras, de profundizar derechos, de una agenda social con nombre y apellido para la niñez, las mujeres y las comunidades afromexicanas del estado —de las que ella misma forma parte y cuyo racismo estructural señala sin eufemismos—. Es, en síntesis, una agenda que no se conforma con administrar el rezago, sino que se compromete, con fecha y con cifra, a revertirlo.
Frente a una clase política guerrerense acostumbrada a la rotación de apellidos y a la lealtad de escritorio, Beatriz Mojica ofrece algo distinto: una trayectoria verificable en las urnas, una base propia que no depende de la maquinaria del momento, y la disposición a exhibir tanto sus errores como a quienes los magnifican y atacan por ello.
Esa combinación —datos duros, territorio recorrido y sustancia política— es, hasta ahora, el diferencial real de la nueva era que promete para Guerrero.
La pregunta que le queda pendiente a la oposición y a sus propios adversarios internos no es si tiene fuerza, dado que los números ya lo dijeron; la pregunta es si Guerrero, con todos sus rezagos, está dispuesto a dejar de ser el ejemplo del atraso para convertirse en el ejemplo de la transformación que permita una nueva era para la entidad federativa y su gente.


