El planeta está infestado de plásticos. Más grandes o desmenuzados en minúsculas partículas —micro y nanoplásticos—, han llegado a los lugares más recónditos del globo, se han colado en la cadena trófica y han alcanzado, incluso, tejidos humanos. Su presencia no para de crecer y la comunidad científica ya ha mostrado su preocupación por el potencial impacto de estos materiales —en concreto, los más pequeños— en la salud humana: la huella que dejan es todavía, en buena medida, una incógnita, pero ya hay indicios de que los microplásticos pueden dañar el ADN y espolear enfermedades. Ahora, una nueva investigación publicada este miércoles en la revista Nature arroja un poco más de luz sobre cómo operan estos materiales e identifica un mecanismo que podría ayudar a entender cómo se gestan los efectos perjudiciales de estas partículas en el organismo.

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