Cuentan los antiguos que el primer acto de civilización fue enterrar a un muerto junto con el pensamiento abstracto, filosófico y hasta existencial sobre lo que hay después de la muerte. Alguien, hace miles de años, se negó a abandonar un cuerpo a la intemperie y lo cubrió con tierra, tal vez con flores. En ese gesto mínimo, terco, nació la idea de que quienes se van no se van del todo, de que hay algo más que puede ser nombrado distinto entre culturas y contextos pero que en esencia, tiene el concepto del alma, del espacio etéreo en que nos encontramos antes de tomar un cuerpo y que es como una fuente de energía a la que volvemos cuando nuestro tiempo aquí ha terminado. Desde entonces, cada cultura ha buscado su manera de conversar con la ausencia. Pocas lo han hecho con tanta luz, tanto color y tanta música como la que, cada otoño, despierta en los canales de Xochimilco.

Típicamente, el agua conserva la memoria de un mundo anterior a las ciudades y como camino al Mictlán, los muertos no se despiden para siempre, solamente regresan en noviembre cuando el velo de realidad entre la vida y la muerte puede hacerse transparente. El calendario de este año, presentado el 6 de octubre por la diputada local Erika Rosales Medina, el diputado federal Edén Garcés Medina y José Carlos Acosta Ruiz, es en el fondo una invitación a recibirlos como se debe, con la casa limpia oliendo a copal, la ofrenda puesta y las historias a punto.

Las historias, sobre todo. Los romanos decían que las palabras vuelan y lo escrito permanece, pero en Xochimilco hay relatos que han sabido hacer ambas cosas. De hecho, las leyendas flotan. Desde el 9 de octubre y hasta el 16 de noviembre, el Embarcadero Fernando Celada volverá a escuchar La Leyenda de la Llorona: La Cihuacóatl. Es curioso cómo viajan los mitos: aquella mujer que clama por sus hijos entre las sombras del agua es, en su raíz más honda, una diosa mexica que anunciaba desgracias antes de convertirse en la sombra que nos asustaba de niños. Toda leyenda es un palimpsesto y bajo la voz que hoy la cuenta late la voz anterior, y bajo esa, otra más. Quien se suba a esa trajinera escuchará más que una función, será la experiencia vivida e inmersiva que atraviesa capas de siglos. Xochimilco tiene tradiciones prehispánicas que fueron recopiladas por algunos frailes que llegaron con la conquista española. Me gusta imaginar la brillante tarea intelectual y sensible de los xochimilcas honrando la muerte.

Después llegarán Las Locas del Cacalote, del 30 de octubre al 2 de noviembre, y con ellas esa vieja sabiduría del carnaval que sabe que, para mirar a la muerte de frente, conviene reírse un poco. Después de todo, en México la muerte es luz, colores, celebraciones y copal, que es el que guía a los muertos para venir a vernos. Los griegos tenían a sus coros, la Edad Media a sus danzas macabras, y Xochimilco tiene su desfile de risas y máscaras. Reírse de la Catrina es la forma más elegante de perderle el miedo.

La noche del 31 de octubre es la que más promete. En Santa Cruz Xochitepec, a las 17:30, saldrá la Calavereada 2026; media hora después, desde el Barrio San Pedro, partirá la Calavereada Xochimilco con su desafiante «¡No me da mi calaverita!», frase que suena a pregón antiguo, a petición y a juego. A las siete, Santiago Tulyehualco verá pasar la Cabalgata de los Recuerdos, con su concurso de disfraces de caballos… imaginen esas bestias nobles adornadas para la ocasión, trotando entre vivos que recuerdan. A esa misma hora, en el Deportivo de Santa Cruz Xochitepec, llegará desde San Luis Potosí la puesta en escena Cuando la Muerte Ronda, prueba de que los muertos, igual que los buenos libros, no entienden de fronteras ni de estados.

La intensidad cultural y mística nos llama el 1 de noviembre a la 13ª Calavereada que saldrá del Barrio San Pedro a las seis de la tarde y no se detendrá hasta la medianoche, en el Embarcadero Fernando Celada. Seis horas de camino para honrar a quienes ya terminaron el suyo. Es bastante literario ese trayecto pues todo cortejo es una narración que avanza, y todo fin de ruta, un desenlace que se celebra.

Entre tanto, la Ruta del Cempasúchil invita a conocer la flor de fuego con su naranja encendido que señala a los difuntos el camino de vuelta. Los antiguos habrían reconocido en ella una forma de escritura con pétalos como trazos luminosos sobre el suelo en un alfabeto de color que dice «aquí te esperamos». Detrás de cada flor hay manos de productoras y productores que la cultivan todo el año y chinampas hermosísimas que también pueden visitarse para mucho más que una foto instagrameable. Conviene recordar que las tradiciones no se conservan solas; las sostienen, silenciosamente, quienes madrugan para sembrarlas. Conocerlas y reconocerlas también las alimenta de vida.

Erika Rosales lo dijo con lucidez: el Día de Muertos en Xochimilco se vive desde los pueblos, los barrios, los canales y los embarcaderos, y esta cartelera es una invitación a encontrarse con las raíces. Tiene razón. Una tradición es una biblioteca sin muros, un libro que se escribe cada año con el cuerpo, la comida, el canto y el paso lento de las trajineras. Como toda biblioteca, pide a quien la visita lo mismo: llegar con curiosidad y, sobre todo, con respeto.

Así que, si este otoño el agua nos llama, debemos ir. Escuchar, caminar, comprar una flor, preguntar una historia. Los muertos de Xochimilco no piden gran cosa, solo que alguien siga contando y escuchando. Que los visitemos y cumplamos con la promesa de nunca olvidar a nuestros ancestros ni esos lugares de donde venimos. Volver a casa y reencontrarnos con los abuelos, donde quiera que estén.