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Maricarmen Abascal nunca debió pensar que al final de su vida acabaría desatando un seísmo social y político. Nunca pudo imaginar que se transformaría en el símbolo de un descontento que llevaba tiempo gestándose en España. Una orden judicial forzó su desahucio del piso en el distrito madrileño de Retiro en el que había vivido desde los 17 años. Tenía 87. Fue el pasado 23 de septiembre y las imágenes del desalojo, en camilla, en medio de un despliegue policial, y con cientos de jóvenes en la calle gritando “¡no estás sola!”, tocaron una fibra en este país. En los días siguientes se llenaron las plazas de quienes veían en aquella anciana con problemas de movilidad un reflejo de los obstáculos gigantescos con los que se enfrentan millones de ciudadanos para costearse un alquiler, y aún más una propiedad. El Gobierno intentó responder al clamor con unos decretos-ley que el Congreso rechazó; esto desencadenó un adelanto electoral y la convocatoria de una huelga general. Dos semanas después del desahucio, aquella mujer antes anónima ha fallecido en un hospital de Madrid, sin haber podido regresar a su hogar y convertida con su muerte en un símbolo todavía más poderoso, el de un grave desarreglo en un sistema que priva a tantos del acceso a un derecho básico como es el de la vivienda. Pero también en algo más: el símbolo de la corriente de solidaridad y empatía en una sociedad que parecía apática y desinteresada ante la posibilidad de cambiar las cosas.

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