En una habitación de un piso del barrio de Ibiza, en el distrito madrileño de Retiro, murieron dos personas: un hombre en 1960 y una mujer en 2005. Eran los padres de María del Carmen Abascal, y su hija quería que ese cuarto fuera también el último que viera. No lo fue. **El 23 de septiembre de 2026, al cuarto intento, se ejecutó su desahucio**, y Maricarmen, de 87 años, salió tumbada en una camilla de la casa que su padre había comprado en 1956. La ambulancia la llevó al Hospital Gregorio Marañón. Allí permaneció ingresada hasta el 7 de octubre, el día en que murió. Entre una fecha y otra pasaron catorce días. En esas dos semanas, su nombre se convirtió en consigna. «Todos somos Maricarmen» llenó plazas de media España, una acampada ocupó la Puerta del Sol y la presión acabó empujando un adelanto electoral; hasta *The New York Times* recogió su muerte. La empresa propietaria, Urbagestión, llegó a firmar un acuerdo para que volviera a su piso con un alquiler limitado al 30 % de sus ingresos, pero el acuerdo llegó cuando ella ya estaba en una cama de hospital. Desde entonces circulan dos atajos. Uno dice que una mujer de 87 años, sencillamente, murió de vieja. El otro, que la mató el desahucio. Ninguno de los dos resiste bien el contacto con la evidencia. Lo que sí existe es una línea de investigación que, desde hace más de una década, estudia **la pérdida forzosa del hogar como lo que los epidemiólogos llaman un determinante social de la salud**: una circunstancia de vida que, sin ser una enfermedad, se asocia de forma consistente con cómo enferma y cuánto vive la gente. En un país que envejece y donde cada vez más personas mayores dependen del alquiler, la pregunta deja de ser académica. En las próximas líneas veremos qué sabemos realmente del caso de Maricarmen, qué han observado los estudios sobre desahucio y salud, qué hipótesis se barajan sobre la especial fragilidad de la vejez y qué puede hacerse cuando una persona mayor se enfrenta a perder su casa. Empecemos por lo que no sabemos. ## ¿Qué sabemos realmente de la muerte de Maricarmen? Los hechos verificables son pocos y conviene ordenarlos. Maricarmen vivió más de setenta años en el mismo piso, pagaba un alquiler de renta antigua y, según su entorno, lo abonaba puntualmente con una pensión de unos 1.400 euros. En los meses previos al lanzamiento su salud ya se había deteriorado y necesitaba silla de ruedas. Salió de casa directamente hacia el hospital, y durante su ingreso el Sindicato de Inquilinas y su familia alertaron de que su estado empeoraba. Sin embargo, **no se ha comunicado públicamente la causa médica de su muerte**, ni existe un informe accesible que permita reconstruir qué ocurrió en su cuerpo durante esas dos semanas. Ahora bien, aunque ese informe existiera, no respondería del todo a la pregunta. La epidemiología trabaja con poblaciones, no con biografías: puede decir que un grupo de personas desahuciadas muere antes, de media, que otro comparable, pero no puede señalar qué parte de una muerte concreta corresponde al desahucio y qué parte a los 87 años, a la movilidad reducida o a cualquier otra circunstancia. Llegados a este punto, la honestidad obliga a cambiar la pregunta. En lugar de «¿la mató el desahucio?», la pregunta útil es otra: **¿qué sabemos sobre lo que le ocurre a la salud de las personas, y en especial de las mayores, cuando pierden su casa contra su voluntad?** ## ¿Qué han observado los estudios sobre desahucio y salud? Durante mucho tiempo, **el desahucio se trató como un desenlace: el final de una cadena de pobreza, enfermedad o desempleo**, sin peso propio en la salud de quien lo vivía. La investigación de los últimos quince años ha ido desmontando esa idea con una herramienta poco vistosa pero potente: cruzar registros judiciales con registros de mortalidad y de salud, y seguir a miles de personas durante años. Lo que aparece no es una prueba de causalidad, pero sí un patrón difícil de ignorar. ### La mortalidad, en cifras El trabajo más ambicioso hasta la fecha lo firmó en 2024 el equipo del sociólogo Matthew Desmond, autor de *Evicted* y director del Eviction Lab de la Universidad de Princeton, junto a investigadores de la Oficina del Censo de Estados Unidos. [Vincularon a 6.587.000 inquilinos del censo del año 2000 con 38 millones de expedientes de desahucio y con los registros de defunción hasta 2019](https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC10828546). Tras ajustar por un amplio abanico de características individuales, del hogar y del barrio, **recibir una demanda de desahucio sin sentencia se asoció con un 19 % más de mortalidad, y una sentencia de desahucio, con un 40 % más**. Un detalle llamativo: las asociaciones fueron mayores entre quienes, sobre el papel, tenían menos riesgo de ser desahuciados. Europa ofrece un resultado en la misma dirección. El investigador Yerko Rojas, de la Universidad de Estocolmo, [siguió durante tres años a 2.092 personas de entre 30 y 65 años expulsadas de su vivienda en Suecia](https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC5364238) y las comparó con una muestra aleatoria de más de 426.000 residentes. **Las personas desahuciadas tenían aproximadamente 1,6 veces más probabilidades de morir por cualquier causa**, incluso teniendo en cuenta su salud previa. Las limitaciones son claras: son estudios observacionales, ninguno se centra en mayores de 80 años y el número de fallecimientos en el grupo expuesto es reducido. Sin embargo, convergen en una idea que Rojas formula como conclusión: perder la vivienda merece tratarse como un acontecimiento vital mayor, como otros estresores sociales bien establecidos, entre ellos el desempleo. ### La amenaza también deja rastro Un desahucio no empieza el día del lanzamiento. Empieza con una carta, un juicio, un aplazamiento y otro, a veces durante años, como ocurrió con Maricarmen. En 2017, un equipo de la Agència de Salut Pública de Barcelona liderado por Hugo Vásquez-Vera revisó 47 estudios sobre la amenaza de desahucio y encontró que **existe un consenso general en que las personas bajo amenaza de perder su casa presentan peor salud mental y física**: más síntomas depresivos y ansiosos, peor salud autopercibida y cifras de tensión arterial más altas. La mayoría de esos trabajos procedían del mundo anglosajón, una limitación que los propios autores señalan. En España, investigadores de la Universidad de Granada y de la Escuela Andaluza de Salud Pública encuestaron a 205 personas en proceso de desahucio, reclutadas a través de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, y las compararon con la población general andaluza. Tenían unas trece veces más probabilidades de declarar mala salud percibida y alrededor del triple de enfermedad cardiovascular. Es un estudio transversal, es decir, una foto fija: no permite saber si el proceso empeoró la salud o si quienes ya tenían peor salud eran más vulnerables al desahucio. Lo que sí sugiere, junto con la revisión, es que **el daño asociado no se limita al día de la expulsión: la amenaza prolongada se ha relacionado con peor salud por sí misma**, un terreno en el que encaja lo que la psicología describe como [estrés crónico](https://psicologiaymente.com/clinica/estres-cronico). ## ¿Por qué la vejez podría ser un terreno más frágil? Los grandes estudios de mortalidad apenas incluyen a personas de la edad de Maricarmen, así que lo que sigue no son conclusiones cerradas, sino las hipótesis que la gerontología y la psicología del envejecimiento consideran más plausibles. Todas parten de una misma observación: a los 87 años, una casa rara vez es solo un techo. Es el lugar donde se sostienen la memoria, las rutinas, los vínculos y, a menudo, la propia autonomía física. ### La casa como memoria y como andamio Roberto Martín, coordinador del área de Psicología del Envejecimiento del Colegio Oficial de la Psicología de Andalucía Occidental, lo resumió en *Redacción Médica* con una frase que circuló mucho estos días: **«Para las personas mayores, perder su casa es perder su biografía»**. Detrás de la imagen hay un concepto que la psicología lleva décadas estudiando: el control percibido, la sensación de tener algo que decir sobre lo que nos pasa. Un desahucio es, casi por definición, la experiencia contraria. Algunos investigadores, entre ellos el propio Rojas, han propuesto que su carga emocional se acerca a la de un rechazo profundamente humillante, aunque se trata de una interpretación y no de un resultado medido. A todo esto se suma el andamio invisible del barrio. Para muchas personas mayores, la tienda de la esquina, el vecino que sube el pan o la farmacia de siempre son la red que permite seguir viviendo con cierta independencia. Cuando esa red desaparece de golpe, aumenta el riesgo de [soledad no deseada](https://psicologiaymente.com/social/soledad-no-deseada-en-vejez), un factor que distintas revisiones han asociado con peor salud mental, deterioro cognitivo y mayor mortalidad en la vejez. Paradójicamente, Maricarmen no estuvo sola: miles de personas se movilizaron por ella. Pero el apoyo de una plaza no sustituye a la cocina propia ni al cuarto donde murieron tus padres. * Te recomendamos leer: [Soledad impuesta en la tercera edad: 7 posibles causas psicológicas](https://psicologiaymente.com/social/soledad-impuesta-tercera-edad)* ### Del portal al hospital La geriatría tiene incluso un nombre para lo que puede ocurrir cuando una persona mayor es trasladada contra su voluntad: síndrome de estrés por reubicación, reconocido como diagnóstico de enfermería desde 1992 y descrito en la literatura desde los años sesenta. La evidencia procede sobre todo de residentes trasladados entre residencias, no de desahucios, y es heterogénea: algunos estudios encuentran aumentos de mortalidad tras el traslado y otros no. Sin embargo, las revisiones coinciden en un matiz decisivo: **los traslados forzosos sin preparación se asocian con peores resultados que los traslados ordenados, anticipados y acompañados**. Un desahucio ejecutado con la persona en camilla está, por definición, en el extremo menos preparado de ese espectro. El caso de Maricarmen añade un segundo eslabón: el hospital. En 2011, el geriatra Kenneth Covinsky y sus colegas de la Universidad de California en San Francisco publicaron en *JAMA* una revisión sobre lo que llamaron discapacidad asociada a la hospitalización. **Aproximadamente un tercio de las personas mayores de 70 años hospitalizadas pierde capacidad para alguna actividad básica de la vida diaria**, incluso cuando la enfermedad que motivó el ingreso se resuelve. Nada de esto permite reconstruir lo ocurrido en su caso concreto. Lo que sí ilustra es que, en la vejez, la salud rara vez se rompe por un único punto: suele ceder en cadena. ## Lo que una casa sostiene ¿Murió Maricarmen de vejez o murió de desahucio? Probablemente la pregunta esté mal planteada. La ciencia no puede atribuir una muerte concreta a un desalojo, y sería un error forzarla a hacerlo. Pero los datos acumulados en Estados Unidos, Suecia y España dibujan un patrón consistente: **perder la casa, e incluso vivir años bajo esa amenaza, se asocia con más malestar psicológico, peor salud física y una muerte más temprana**. En la vejez, cuando el hogar sostiene memoria, rutinas y autonomía, es razonable pensar que ese peso sea mayor, aunque aún falten estudios que lo midan con precisión. Quizá lo que este caso enseña sobre la mente humana es algo que solemos olvidar mientras tenemos casa: que el lugar donde vivimos no es un decorado, sino parte de lo que somos. Maricarmen quería morir en la habitación donde murieron sus padres. No es una petición sentimental, sino una forma de decir dónde termina una vida que tiene sentido. La salud pública empieza a tomarse en serio esa idea. Cómo proteger a quien envejece en su casa es una pregunta que, de momento, sigue abierta.