No fue el discurso de Donald Trump ayer en la ONU lo que me hizo pensar en Maximiliano. Fueron las columnas de hoy, miércoles 23 de septiembre, en la prensa mexicana, que aceptan alegre y felizmente las palabras del presidente de Estados Unidos, como si en ellas estuviera la explicación profunda de nuestros males y, quizá, hasta la solución de todos nuestros problemas.

Al leerlas pensé que el espíritu de Maximiliano sigue vivo y que se ha convertido en la esencia de nuestro periodismo.

Porque el austriaco no fue solamente un emperador extranjero que terminó fusilado en el Cerro de las Campanas. Fue la expresión extrema de una idea política que sigue viva en una minoría de la sociedad mexicana, irrelevante en términos de la política de nuestro país, pero dominante en la prensa: que México necesita que una potencia extranjera venga a poner orden porque aquí no somos capaces de hacerlo.

Desde luego, eso es falso: podemos y debemos resolver en casa nuestros problemas, cooperando con otras naciones cuando resulte necesario hacerlo, pero sin subordinarnos a ninguna.

En el siglo XIX, las clases conservadoras buscaron en Europa un gobernante para México. Hoy, un elevado número de periodistas mexicanos dirigen la mirada hacia Washington.

No es que esté mal informar sobre lo que dijo Trump. Tampoco que por ahí algún periodista mexicano coincida con alguna de sus críticas a México. Lo triste para nuestra nación es la alegría con que la prensa nacional ha recibido las palabras de un presidente extranjero, pero solo las que descalifican a México.

Es ahí donde aparece Maximiliano. Porque una cosa es reconocer los problemas de México y exigir que su gobiernos los resuelva, y otra muy distinta mirar hacia una potencia extranjera esperando que sea ella la que nos diga qué está mal, quién tiene la culpa y cómo debemos arreglarlo.

En el siglo XIX fue Europa. Hoy es Washington.

Maximiliano, entonces, no es una reliquia superada. Es la ilusión de la comentocracia mexicana: que Estados Unidos acabe con la 4T. Piensan los y las columnistas que así recuperarán los privilegios de los que gozaban con el PRI y el PAN y que perdieron con la izquierda en el poder. En el fondo de eso se trata: del dinero que la comentocracia tenía en abundancia y que ya no llega en tan bestiales cantidades a los bolsillos de las estrellas mediáticas.

Para mayor frustración de esa prensa, la presidenta Claudia Sheinbaum y su partido, Morena, conservan elevados niveles de aprobación. Porque el pueblo de México no se deja engañar por medios entregados a la traición. El nuestro es un pueblo, ante todo, nacionalista y patriota.