México tiene que aprender a distinguir entre integración y dependencia. Estados Unidos seguirá siendo, por razones geográficas, económicas y productivas, nuestro principal socio, y el T-MEC continuará siendo la columna vertebral de buena parte de nuestra economía, pero precisamente por eso resulta indispensable ampliar relaciones con otras potencias capaces de aportar inversión, tecnología, industria y mercados. La visita de Estado del presidente de Corea del Sur, Lee Jae Myung, ofrece una oportunidad excepcional para demostrar que ambas cosas pueden hacerse al mismo tiempo.
Lee llegó a México en la primera visita de un presidente surcoreano en 16 años y sostuvo una cumbre con Claudia Sheinbaum que produjo una agenda mucho más amplia de lo que podría parecer a simple vista. No se habló únicamente de comercio, sino también de cooperación en inteligencia artificial, industria aeroespacial, energía, minerales, seguridad pública, defensa, agricultura, turismo, cultura y cadenas de suministro, además de una hoja de ruta bilateral hacia 2030 y de instrumentos destinados a facilitar y proteger las inversiones entre ambos países.
Eso importa mucho porque Corea del Sur no es solamente el país de Samsung, Hyundai, Kia o LG, ni una potencia cultural cuya música y producciones audiovisuales han conquistado mercados internacionales. Es una de las economías industriales y tecnológicas más sofisticadas del planeta, con capacidad en semiconductores, automóviles, baterías, construcción naval, reactores nucleares, sistemas de defensa, maquinaria de alta precisión y tecnología digital.
Haber convertido en pocas décadas una economía devastada por la guerra en una potencia global debería bastar para entender por qué México tiene interés en profundizar esa relación. Pero hay algo todavía más significativo: Corea del Sur tampoco quiere depender de un solo socio. Mientras su presidente visita México para abrir nuevos espacios de cooperación, Seúl negocia al mismo tiempo con Washington grandes paquetes de inversión y busca preservar su alianza estratégica con Estados Unidos, pero también ampliar mercados, asegurar materias primas, diversificar cadenas productivas y construir relaciones con países capaces de ofrecerle ventajas industriales y geopolíticas. Eso es exactamente lo que hacen los países que tienen claro qué quieren: diversifican, no rompen una relación importante para construir otra; suman.
México debería adoptar esa misma lógica. Nuestro vínculo con Estados Unidos es demasiado profundo para imaginar que puede sustituirse. Cerca de nuestra frontera se encuentra el mayor mercado del mundo y una parte enorme de la planta productiva mexicana fue construida durante décadas para funcionar integrada con la estadounidense. Millones de empleos dependen directa o indirectamente de ese comercio. Pretender que México puede simplemente voltear hacia Asia o Europa y reemplazar a Estados Unidos sería económicamente irresponsable, pero convertir esa realidad en dependencia absoluta sería igualmente equivocado.
Cuanto más concentrado está un país en un solo mercado, más vulnerable se vuelve frente a cambios políticos, aranceles, amenazas comerciales o decisiones unilaterales de ese socio. México lo está comprobando nuevamente durante la revisión del T-MEC. Washington exige reducir déficits, elevar contenidos regionales, limitar la presencia de insumos chinos y reforzar cadenas norteamericanas. Todo ello forma parte de una negociación en la que Estados Unidos utiliza el peso de su mercado como instrumento de presión. México necesita ese mercado, pero también necesita margen de maniobra.
Ahí entra Corea del Sur, y también Japón, Europa, India y, en aquellos sectores donde sea conveniente y compatible con nuestras obligaciones comerciales, China. No porque México deba jugar a enfrentar unos contra otros, sino porque una economía verdaderamente fuerte no puede depender excesivamente de un solo proveedor, un solo comprador o una sola fuente de tecnología.
La visita de Lee Jae Myung resulta especialmente interesante porque muestra que México puede atraer cooperación surcoreana en sectores precisamente vinculados con el futuro, como inteligencia artificial, tecnología digital, industria aeroespacial, minerales estratégicos y cadenas de suministro. Ésos son los espacios que deberíamos aprovechar.
Durante demasiado tiempo México ha celebrado la llegada de inversiones midiendo casi exclusivamente cuántos millones de dólares representa una planta y cuántos empleos directos genera. Eso ya no basta. La pregunta debe ser qué tecnología deja, cuántos proveedores mexicanos incorpora, qué capacitación genera, qué investigaciones desarrolla aquí, qué componentes pueden comenzar a producir empresas nacionales y cuánto valor agregado queda en México.
Una planta que importa prácticamente todo, ensambla y exporta puede generar empleos y divisas, pero una política industrial ambiciosa debe aspirar a mucho más.
México no necesita solamente fábricas; necesita cadenas productivas. No necesita solamente capital extranjero; necesita conocimiento. No necesita solamente que las grandes empresas internacionales utilicen el territorio mexicano; necesita que su presencia contribuya a desarrollar empresas mexicanas capaces de integrarse a esos procesos.
Corea del Sur puede ser un socio especialmente útil en esa estrategia porque conoce perfectamente el valor de la política industrial. Su desarrollo no fue producto de la improvisación. Durante décadas construyó empresas nacionales, invirtió en educación, investigación, infraestructura, manufactura y tecnología hasta convertir marcas locales en competidores globales. México no puede copiar mecánicamente aquel modelo, porque las condiciones históricas, políticas y económicas son distintas, pero sí puede aprender algo fundamental: ningún país llega a las industrias de alta tecnología esperando simplemente que otros las desarrollen por él.
Hay que construir capacidades.
Eso también debería formar parte de la negociación con Estados Unidos. Washington quiere que América del Norte reduzca su dependencia industrial de China. México puede estar de acuerdo con fortalecer la región, pero entonces debería exigir que parte de las nuevas capacidades productivas se desarrollen aquí: semiconductores, baterías, equipo eléctrico, farmacéutica, minerales procesados, tecnología digital, industria aeroespacial y equipamiento energético.
No podemos aceptar un modelo en el cual México reduzca importaciones asiáticas simplemente para comprar exactamente lo mismo a empresas estadounidenses sin desarrollar capacidad propia. La sustitución inteligente de importaciones significa producir más, no solamente cambiar de proveedor.
Corea puede contribuir a ello. Las conversaciones bilaterales sobre un eventual acuerdo económico adquieren en ese contexto enorme relevancia. Las negociaciones comerciales entre ambos países llevan años prácticamente detenidas y ahora existe nuevamente voluntad política para retomarlas. Cualquier acuerdo deberá analizarse cuidadosamente para proteger sectores sensibles, pero sería absurdo cerrar la puerta a una economía capaz de complementar áreas estratégicas de la mexicana.
México tiene además ventajas importantes para Corea. Nuestra ubicación permite acceso privilegiado a América del Norte. Tenemos una amplia red de tratados comerciales. Contamos con una base manufacturera considerable, población joven, ingenieros, técnicos, universidades y una posición geográfica que conecta Pacífico y Atlántico. Pero esas ventajas no duran para siempre.
Otros países también compiten por inversiones: Vietnam, India, Indonesia, Polonia, Brasil y Estados Unidos mismo. Si México quiere atraer proyectos de alto valor agregado tendrá que ofrecer algo más que cercanía con la frontera. Necesita energía confiable, infraestructura, agua, seguridad, Estado de derecho, personal capacitado, agilidad regulatoria y, sobre todo, reglas que no cambien cada sexenio. El capital internacional puede tolerar muchas cosas; lo que difícilmente tolera es no saber cuáles serán las reglas mañana.
La visita del presidente surcoreano debería servir también para entender otra lección que México necesita incorporar a su política exterior económica: las relaciones comerciales exitosas no se construyen esperando a que aparezcan solas. Hay que buscarlas, negociarlas, competir y diseñar estrategias sector por sector. Corea lo hace, China lo hace, Estados Unidos lo hace y Europa lo hace. México debería hacerlo con mucha mayor intensidad.
Durante décadas nuestra política económica internacional tuvo una ventaja extraordinaria: la integración norteamericana. Pero una ventaja puede convertirse en debilidad cuando se transforma en comodidad. El T-MEC debe seguir siendo nuestro gran activo, pero no puede ser nuestro único proyecto.
La visita de Lee Jae Myung llega además en un momento particularmente oportuno. México está entrando en una etapa de revisión de su relación económica con Estados Unidos, Washington pretende disminuir su dependencia de China y prácticamente todas las grandes economías del mundo están reorganizando sus cadenas productivas. Tenemos una ventana de oportunidad, pero no será eterna.
México puede convertirse en una plataforma industrial cada vez más sofisticada, conectada con América del Norte pero vinculada también con Europa y Asia, capaz de atraer tecnología y desarrollar proveedores nacionales, o puede limitarse a seguir ensamblando productos diseñados, financiados y tecnológicamente controlados desde otros países. Ésa es la verdadera decisión.
No se trata de escoger entre Estados Unidos y Corea, ni entre Estados Unidos y China, ni entre América del Norte y Europa. Se trata de escoger entre depender y diversificar, entre ensamblar y producir, entre importar tecnología y aprender a desarrollarla, entre esperar inversiones y construir una estrategia para atraer exactamente las que necesitamos.
Los países que tienen claro su proyecto nacional utilizan cada relación internacional para fortalecerlo. Los que no lo tienen simplemente reciben aquello que los demás deciden llevarles.
Corea del Sur llega a México sabiendo perfectamente qué quiere: mercados, inversión, minerales, cooperación tecnológica y nuevas oportunidades para sus empresas. Estados Unidos sabe también qué quiere de nosotros. China lo sabe. Europa lo sabe. La pregunta que debemos hacernos es si México tiene la misma claridad.
Porque en un mundo que vuelve a organizarse por bloques económicos, tecnología y cadenas estratégicas, depender demasiado de un solo socio ya no es únicamente una debilidad comercial. Es una vulnerabilidad nacional.
México debe cuidar su integración con Estados Unidos, aprovecharla y fortalecerla, pero al mismo tiempo debe abrir todas las puertas que convengan a sus intereses. La soberanía económica no consiste en aislarse. Consiste en tener suficientes opciones para que nadie pueda decidir por nosotros.
Y en el mundo que viene, quien depende de una sola puerta corre el riesgo de quedar encerrado cuando alguien decida cerrarla.



