El desarrollo de la Inteligencia Artificial (IA) viene generando una conversación pública hace rato. Pero, recientemente, ella cambió de tono. Del entusiasmo giró hacia la alarma. Personal de Anthropic (una importante empresa desarrolladora de IA) estimó en un 10% la probabilidad de que esa tecnología se salga de control en las próximas décadas y extermine a la especie humana. Desacelerar el tranco y reflexionar colectivamente sobre la mejor manera de regular la IA parece ser, entonces, un imperativo de supervivencia.
Como muchas personas, tras conocer esas declaraciones, experimenté miedo. Para aplacarlo, en los días posteriores, busqué información de fuentes confiables. Pero, para mi sorpresa, esos miedos se dispararon frente a las diferentes teorías de los expertos. Mientras hay quienes asumen que tales dichos responden simplemente a una estrategia comercial de incumbentes; hay otros que las consideran funcionales a un engranaje geopolítico más sensible (la disputa entre EE.UU. y China); y hay quienes, aun desmarcándose de un lenguaje catastrofista, reconocen que los peligros son reales y múltiples, incluidos riesgos apocalípticos. A decir verdad, nada de esto es tranquilizador. Muy por el contrario. Si, como dice Éric Sadin, la IA no es una innovación cualquiera sino un “principio técnico universal” que colonizará, de maneras aun imprevisibles, nuestros modos de vida, ¿es posible siquiera acercarse a este asunto de manera impávida?
Por mucho tiempo, en las sociedades occidentales la política fue considerada un reino regido por la razón, yermo de emociones. Hoy, en cambio, la neurociencia y la teoría política reconocen que las emociones desempeñan variados roles en la experiencia individual y colectiva. Nos conectan con un mundo cambiante, y son traducidas a narrativas que dan forma a nuestras razones para actuar. Pero, esas emociones pueden darles nuevos bríos y mayor calado a causas justas, o, también, hacer descarrilar complejas y valiosas ingenierías sociales, como la democracia. Pueden ser tan movilizadoras como desestabilizadoras. ¿Cómo hacer para integrarlas en un cuadro de significaciones democráticas frente a realidades abrumadoras?
No tengo todas las respuestas a estas preguntas. Pero sí sé que no hay que claudicar. Si bien no podemos desembarazarnos de emociones –como el miedo–, podemos, en cambio, distinguir unas que son más racionales que otras, unas que son más afines a la democracia que otras. Por ejemplo, el miedo a sufrir violencia en grupos marginados es más racional que el miedo a lo diferente que suele afectar a grupos privilegiados; el miedo bajo la forma de un principio precautorio parece más afín a la democracia que el miedo como simple aversión al cambio.
Tengo la convicción de que es posible fomentar una cultura política basada en la mejor versión de nuestras emociones, en esas en las que reside nuestra verdadera humanidad. Quizás el (razonable) miedo a los efectos de la IA sea un buen punto de partida.
Por Yanira Zúñiga, profesora Instituto de Derecho Público Universidad Austral de Chile





