Caía la noche, ayer, cuando los noticiarios locales dieron forma a un mapa dolorosamente conocido. En tres puntos distintos del país, las vidas de sendas mujeres fueron cortadas de tajo. No fueron hechos aislados ni una coincidencia trágica: fue la muestra diaria de cómo la violencia sistemática acorrala a las mexicanas en las calles, en las aulas, en las marchas.

El primer golpe llegó desde Teotihuacan. A un costado de la autopista México-Tulancingo encontraron el cuerpo de Joselyn Sandoval Calderón, de 21 años, con un disparo en la cabeza. La joven estudiaba Derecho en la Universidad Autónoma del Estado de México, ayudaba a sus padres en un puesto de verduras y estaba a punto de terminar la carrera. Dos días antes desapareció tras salir a comer con su novio, Juan Carlos Ortiz, un joven abogado cuyo cuerpo fue localizado sin vida un día antes en Otumba dentro de un automóvil baleado.

La historia de Joselyn expone la vulnerabilidad de las jóvenes en un país donde las aulas ya no representan un refugio. Apunta directamente a una crisis de seguridad estudiantil que apenas 10 días antes cobró dimensión internacional con el asesinato de Claudia Tacoronte, la estudiante española atacada en Cuautla cuando cursaba un intercambio en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Como Claudia y Joselyn, varias jóvenes universitarias han sido asesinadas este año, convirtiendo las comunidades académicas en espacios cruzados por la zozobra y la exigencia de justicia.

El segundo impacto ocurrió a cientos de kilómetros de ahí, en San Ciro de Acosta, San Luis Potosí. María de Jesús Vázquez Orduña caminaba por el barrio de San José cuando dos hombres en motocicleta le dispararon a quemarropa. Ese crimen también tiene un contexto nacional: María de Jesús era la voz viva de una exigencia. Su yerno, Miguel Ángel Rocha, había sido privado de la libertad 20 días atrás, y ella encabezó bloqueos, marchas y protestas para exigir su aparición. Al matarla, los agresores no sólo le quitaron la vida a una mujer; intentaron apagar la búsqueda de un desaparecido.

María de Jesús se sumó a la desgarradora lista de personas buscadoras que han sido asesinadas en México en lo que va de 2026, una cifra en la que la inmensa mayoría son madres, suegras y hermanas, quienes asumen labores que el Estado omite. Buscar a los ausentes en este país se ha convertido en una actividad de altísimo riesgo, donde exigir respuestas equivale a ponerse en riesgo mortal.

El caso que cerró la jornada ocurrió en Puebla. El cuerpo de Alma González Montiel fue localizado en un camino de terracería en Cuauhtinchán, con huellas severas de violencia física. Alma tenía 40 años, era madre y se desempeñaba como profesora de educación física en una escuela primaria de San Pablo del Monte, Tlaxcala. Llevaba casi una semana desaparecida tras ser vista por última vez en Cuautlancingo.

El feminicidio de Alma refleja el riesgo cotidiano que enfrentan las trabajadoras en sus trayectos más básicos. Su caso evoca lo ocurrido apenas unos días antes en Sinaloa, donde se registró el asesinato de tres maestras en los municipios de Culiacán y Escuinapa, confirmando que la docencia tampoco escapa de la ola delictiva que azota al país.

Tres mujeres. Una estudiante que soñaba con ejercer la abogacía, una buscadora que protestaba para recuperar a un familiar y una maestra que formaba a niños en una comunidad rural. Sus muertes retratan los distintos frentes en los que las mexicanas son agredidas. El miércoles no fue una anomalía estadística, fue el reflejo cotidiano de una realidad desgastante que exige algo más que cifras oficiales para llegar a su fin.

BUSCAPIÉS

*Ayer se lanzó en la conferencia matutina de Palacio Nacional una pregunta sobre el número de personas desplazadas en el país que dio a conocer el Inegi como parte de los resultados de la Encuesta Intercensal 2025. La cifra es reveladora: en el último lustro, 1.6 millones de mexicanos, que forman parte de 510 mil hogares, han tenido que abandonar su casa por la violencia. La respuesta no fue que el gobierno hará lo que pueda por ayudarlos, sino que consultará al Inegi para saber cuál fue la pregunta que hizo para obtener ese dato.