Hace 15 años nació Morena; como asociación civil. Y hace exactamente 15 años, en octubre de 2011, me retiré del movimiento encabezado por AMLO, en el que había participado desde 2005.

Sin vocación para la política, me integré al equipo de Andrés Manuel López Obrador —por invitación suya— al dejar la dirección de Milenio, que había fundado con la economista Enriqueta Medina, apoyado en el talento empresarial de Francisco Pancho González, un hombre de negocios cuya biografía, cuando se escriba, inspirará a nuevos emprendedores.

Abandoné la empresa de Pancho debido a las fuertes presiones que él recibió, directamente, del entonces presidente Vicente Fox y de su secretario de Gobernación, Santiago Creel. Este par exigía una línea editorial absolutamente injusta respecto del principal enemigo del panismo en el poder, el tabasqueño que todavía era jefe de gobierno del Distrito Federal. Así la libertad de expresión en los sexenios anteriores a la 4T.

Estuve con Andrés Manuel desde 2005, cuando en casa del abogado Javier Quijano me pidió participar en el grupo que le ayudaría a buscar la presidencia de México en 2006. Me retiré a finales de 2011, cuando decidí regresar a lo mío, el trabajo en medios de comunicación, ahora en un sitio de internet, el Sendero del Peje. Creo que ya en esa fecha había cambiado el nombre a SDPNoticias. Con orgullo recuerdo que SDP son las siglas de Sendero del Peje.

Antes del nacimiento de Morena como asociación civil le informé a Andrés Manuel que me retiraba, y me pidió participar en un último evento, como parte del Consejo Consultivo del Movimiento Regeneración Nacional. Ahí me despedí de una actividad que exige el dominio de habilidades que no poseo.

Aquel Consejo Consultivo de Morena lo integrábamos poco más de 80 personas. Yo era de las menos relevantes. Había gente muy destacada, como Rosario Ibarra, Alfonso Durazo, Paco Ignacio Taibo II, Carlos Payán, Luis Mandoki, José María Pérez Gay, Armando Bartra y Bernardo Bátiz.

Había también un Comité Ejecutivo, el equipo dirigente. Subrayo el papel de Claudia Sheinbaum Pardo, responsable de medio ambiente y defensa del patrimonio nacional; Elena Poniatowska, responsable de arte y cultura; Luisa María Alcalde Luján, responsable de jóvenes y estudiantes; Héctor Vasconcelos, responsable de mexicanos en el extranjero y relaciones exteriores, y César Yáñez, vocero.

¿Qué motivaba a aquellas mujeres y a aquellos hombres a fundar un movimiento? Dos palabras con significados opuestos: solastalgia y solifilia.

El origen de solastalgia es ambiental. El filósofo ambientalista australiano Glenn Albrecht describió así la angustia causada por la transformación destructiva del entorno del hogar.

Es distinto a la nostalgia que se da por extrañar la tierra de origen cuando se vive lejos de ella —como en la Canción mixteca, de 1915: “Qué lejos estoy del suelo donde he nacido, inmensa nostalgia invade mi pensamiento”—.

La solastalgia ocurre cuando las personas permanecen en su propia ciudad, en su propio pueblo, en su propio barrio, lugares que cambian de forma drástica, a veces irreversible, debido a la contaminación, la deforestación para levantar condominios, el tráfico, la destrucción de casas, templos o edificaciones emblemáticas para ampliar calles, la acumulación de basura, etcétera.

Es la sensación de haber perdido el hogar sin haberse movido jamás de él. No se trata únicamente de una preocupación idealista por el medio ambiente, sino del sufrimiento real por el despojo del lugar en que se ha vivido.

El término solastalgia aplica también más allá de las preocupaciones medioambientales, sobre todo a la política.

Antes del fraude electoral de 2006, esto es, antes de que Felipe Calderón declarara su absurda y perdida guerra contra el narco, México era un país, con todos sus problemas, relativamente seguro. Se podía viajar por las carreteras sin mayores preocupaciones.

Me decía un amigo que él y su familia se trasladaban tranquilamente desde Puebla, hasta Houston, Texas, cruzando la frontera por Matamoros, y nadie les molestaba. Un trayecto que hoy difícilmente se puede hacer con tranquilidad, sin temor a un asalto que incluso puede costar la vida.

La solastalgia política es la tristeza, la angustia, el desconsuelo que experimentamos cuando el país al que pertenecemos se deteriora hasta volverse irreconocible, aunque sigamos viviendo en él.

Así el México ensangrentado del final del sexenio de Felipe Calderón, cuando ya se había desatado la brutal oleada de violencia que seguimos padeciendo porque, por el efecto bola de nieve, lo que empezó como un acto de propaganda para que se olvidara el fraude electoral de 2006 creció muchísimo y ha resultado muy complicado corregir la situación.

Contra la solastalgia, la solifilia

El mismo filósofo ambientalista australiano propuso la solifilia como una respuesta emocional y activista ante el despojo y la destrucción del territorio.

La solifilia no es solo el sentimiento contrario a la solastalgia, sino una respuesta activa, solidaria y comprometida frente al deterioro del entorno.

En el caso de Morena, es llevar el amor profundo por el lugar al que pertenecemos, nuestro México, en acción decidida para transformarlo. En efecto, un amor que solo vale la pena si se expresa con el compromiso de proteger, cuidar y recuperar a la patria que evidentemente se ha perdido.

Para eso nació Morena: para, como un acto de amor al país, recuperar a México por la vía de transformarlo, no solo en lo que fue antes de que lo destruyeran con acciones estúpidas como la guerra perdida de Calderón, sino en un lugar que se acerque a los ideales de quienes fundaron nuestra nación.

AMLO puso las bases del país nuevo. Sheinbaum lo está consolidando

Y precisamente porque la transformación debe continuar más allá del gobierno de Claudia Sheinbaum, es que se empieza a pensar en quién verdaderamente podrá darle continuidad a la obra iniciada por el expresidente AMLO y mejorada por la presidenta.

No se trata únicamente de encontrar a alguien capaz de ganar una elección presidencial —que podría ser el menor problema de Morena—, sino de identificar a una persona capaz de gobernar desde el amor a la patria que ha impulsado una transformación compleja, que enfrenta problemas enormes y que no debe por ningún pragmatismo ser traicionada.

La política ha sido demasiadas veces el arte de engañar sin perder la compostura. Una habilidad que no tuvieron ni AMLO ni Sheinbaum, pero que caracterizó a los presidentes anteriores y que no debe volver a instalarse en la oficina principal de Palacio Nacional.

La eficacia será indispensable, desde luego. También la experiencia, la inteligencia política, la popularidad y la habilidad para construir acuerdos. Pero nada de eso bastará si falta la convicción ideológica, el compromiso con la justicia social y, sobre todo, el amor por México que dio origen al movimiento.

Morena nació de la solastalgia de quienes sufrían —sufríamos— por el país que se había perdido, pero se convirtió en una fuerza transformadora gracias a la solifilia de quienes decidieron recuperarlo. Debemos estar eternamente agradecidos con quienes, como Andrés Manuel y Claudia, han estado en el movimiento desde el día uno y jamás se han desviado ni militado en ninguna otra opción política.

Quien aspire a continuar la obra de Claudia Sheinbaum tendrá que encarnar esa diferencia o, de plano, hacerse a un lado. El movimiento nacido hace 15 años merece respeto.

Porque una cosa es ganar un proceso electoral y otra, muy distinta, gobernar para concluir la transformación del país.

El próximo presidente o la próxima presidenta de México no deberá limitarse a heredar el poder de Morena y administrarlo para satisfacer ambiciones políticas. Tendrá que ser capaz de mantener viva la solifilia que hizo posible su nacimiento.