Morena presume unidad, pero debajo de la alfombra comienzan a aparecer las grietas. Y cuando un partido necesita repetir todos los días que está unido, quizá el problema es precisamente que la unidad ya no es tan sólida como se quiere hacer creer.

El caso de Nuevo León es una señal que no debería minimizarse. Tatiana Clouthier aparece nuevamente en el escenario político con la intención de construir un movimiento propio, al margen de las estructuras tradicionales de Morena. ¿Es simplemente una diferencia política o estamos ante el nacimiento de una corriente que podría terminar convirtiéndose en una alternativa? El tiempo lo dirá, pero el mensaje es claro: no todos están dispuestos a seguir bajo el mismo techo.

En Chihuahua ocurre algo que también merece atención. Andrea Chávez recibe una candidatura municipal que algunos interpretan como un premio de consolación dentro de la disputa interna. Más allá de los nombres, lo verdaderamente importante es lo que esto revela: las candidaturas de Morena se han convertido en el campo de batalla de sus propios grupos.

Y aquí aparece una de las mayores contradicciones del movimiento.

Muchos de quienes estuvieron desde el principio, quienes caminaron calles, organizaron estructuras y defendieron a Andrés Manuel López Obrador cuando Morena todavía no era una maquinaria electoral, hoy observan cómo otros ocupan posiciones que antes parecían reservadas para los fundadores.

Algunos de los nuevos protagonistas, incluso, fueron críticos de la Cuarta Transformación. Hoy, sin embargo, aparecen bajo sus siglas y disputan candidaturas, cargos y espacios de poder.

La política tiene memoria corta, pero los militantes no.

El problema para Morena no es solamente quién obtiene una candidatura. El verdadero riesgo es que los intereses personales terminen pesando más que el proyecto colectivo.

Dos mil veintisiete será una prueba de fuego.

Si Morena logra mantener unidos a sus distintos bloques, podrá llegar fortalecido. Pero si las pugnas internas, las candidaturas impuestas y las ambiciones personales terminan fragmentando al movimiento, ese proceso electoral podría marcar el inicio de una etapa completamente distinta.

Porque el hartazgo ciudadano también cuenta.

Las promesas incumplidas comienzan a acumularse y el ciudadano puede perdonar una vez, dos veces, quizá tres. Pero cuando la realidad cotidiana no corresponde con el discurso político, llega la factura.

Y mientras Morena enfrenta sus propias grietas, también aparecen episodios que generan preguntas dentro del gobierno federal.

El reciente desencuentro entre la presidenta Claudia Sheinbaum y el gobernador de Querétaro, Mauricio Kuri, por la supuesta falta de información sobre la visita del embajador, abrió otro frente innecesario. La presidencia cuestionó que el mandatario estatal no hubiera informado sobre la presencia del diplomático; sin embargo, comenzó a circular documentación que apuntaría a que la Secretaría de Relaciones Exteriores sí habría notificado previamente.

Si ese documento es auténtico y corresponde a la comunicación oficial, entonces la pregunta es inevitable:

¿Quién no informó correctamente a quién?

Porque si la cancillería notificó y la presidencia no recibió o no tuvo a tiempo esa información, entonces no estamos frente a un simple error político: estamos frente a una falla de coordinación dentro del propio gobierno.

Y ahí aparece otra pregunta todavía más incómoda:

¿Volarán cabezas o simplemente se buscará a quién cargarle la responsabilidad?

Morena todavía tiene tiempo para corregir el rumbo. Pero el reloj ya está corriendo.

El verdadero enemigo de Morena quizá no esté en la oposición. Puede estar dentro de sus propias filas: en las ambiciones personales, en las guerras internas, en el reparto de candidaturas y en el alejamiento de aquellos ciudadanos que alguna vez confiaron en el movimiento.

Dos mil veintisiete no será una elección cualquiera.

Puede ser el año en que Morena demuestre que todavía es un movimiento capaz de mantenerse unido… o el año en que comiencen a hacerse visibles las consecuencias de haber convertido la unidad política en una fotografía cuidadosamente acomodada.

Porque una cosa es decir que Morena está unido y otra muy distinta es demostrarlo en las urnas.