Mi padre murió con setenta y un años. Mi abuelo también murió a los setenta y tantos. Yo arrastro sesenta y uno. Sería temerario suponer que llegaré a los ochenta años, un umbral que mi padre y mi abuelo no alcanzaron a cruzar. Sería prudente pensar que me quedan diez años de vida. Me gusta planear mi vida, o lo que me queda de ella, pensando que moriré a la edad en que murió mi padre.

Por eso ahora mismo estoy volando a Monterrey, México, ciudad que no conozco, para presentarme en una feria del libro a la que yo mismo me he invitado, y la próxima semana, si hay viento a favor, llegaré con entusiasmo a Montevideo, para colarme como un intruso en su fiesta anual de los libros, y después visitaré Santiago de Chile, donde antaño me querían y ahora solo me van quedando adversarios, para descolgarme en la celebración de los libros, y antes de fin de año invadiré con porfía pirata Guadalajara, donde nadie advertirá mi presencia en su gigantesca, laberíntica feria cultural, por cuyos pasillos deambularé como un fantasma que desea ser mirado. Quiero decir: cada uno de esos viajes innecesarios e inútiles, que acaso exaltan la vanidad, es una manera de celebrar la vida, la poca vida que avizoro en el horizonte, y de morir un poco, dejando la vida desparramada en aquellas ciudades, en esos aeropuertos, en todos los vuelos demorados, en los libros que firmaré, aun si son copias piratas.

Mi madre tiene ochenta y seis años, y todo indica que llegará plena de vitalidad, con absoluta ligereza, a los noventa. Su madre cumplió noventa y siete años antes de fallecer. Soy genéticamente idéntico a mi madre. Podría entonces esperanzarme pensando en que, como ella, seguiré respirando a los noventa. No me resulta creíble que viviré treinta años más. Tampoco me resulta deseable. No quisiera vivir como un despojo, un estorbo. No deseo ser una carga para nadie. Me espanta convertirme en una caricatura, un garabato, un esperpento, un viejo bobo y baboso. Prefiero irme antes.

Cuando mi padre estaba muriendo de cáncer en una clínica cercana a su casa, dio instrucciones para no recibir visitas a ninguna hora. Solo podían verlo mi madre y algunos de sus hijos, aquellos que él autorizaba a pasar. No recibió a sus hermanos ni a sus amigos ni tan siquiera a las monjas del convento a las que tantas veces favoreció con monedas y manjares. No quería que lo viesen demacrado, macilento. No quería que lo recordasen así, un hombre roto, quebrado, derrotado. Prefería que lo evocasen como el toro bravo que supo ser. Por suerte, a mí me recibió en la penúltima hora. Le dijo a mi madre que yo podía pasar a despedirme de él. Habíamos sido enemigos toda la vida. Le di un beso en la frente, le dije que lo quería, que todo estaba bien, que no había rencores. Le deseé un buen viaje. Derramé un par de lágrimas. Salí deprisa, huyendo de mí mismo, sin saber adónde ir, dónde esconderme. Al día siguiente, mi padre estaba muerto. Una parte de mí, una zona oscura, la zona del rencor, se murió con él. Ya no lo odio. Todas las noches, antes de dormir, le digo: espero que estés en un lugar mejor, que ya no seas cojo, que tengas muchas novias y puedas montar en moto a toda velocidad, como te gustaba cuando eras joven y no me conocías.

Para mi padre, conocerme fue una profunda decepción, uno de los peores fracasos de su vida, una amargura sin remedio. Soy su hijo mayor, llevo a cuestas su nombre. Sin embargo, no me parezco a él, soy idéntico a mi madre. Mi padre se avergonzaba de que yo fuese tan delicado, tan tímido, tan sensible y afeminado. No pude ser un toro bravo como él, lo defraudé, en lugar de toro, le salí pavo, y ni siquiera pavo real. Me escupía palabras incendiarias y me daba correazos en las nalgas cuando yo era un niño porque quería destruir a golpes todos los rasgos de mi carácter que él deploraba. Quería que yo fuera macho como él, violento y pistolero como él. Lo intentó por las buenas y por las malas. Fracasó. Fracasamos. Yo era su hijo afectado, su hijo asustado. Yo era el que se escondía de él, el que escapaba de él. Escapando de él, me hice famoso. Escapando de él, busqué en otros hombres el amor que él no pudo darme y anuncié que me había enamorado de un joven de origen argentino. Para mi padre, que yo, su hijo mayor, el que cargaba a duras penas su nombre, dijese públicamente, con orgullo, que tenía un novio argentino, y me dejase retratar sin pudores con ese joven, lo condenó, me temo, al peor fracaso de su vida, un fracaso que no sé si pudo perdonarme cuando estaba muriéndose. Por eso, él detestaba todo lo que yo hacía, mis libros, mis programas, mis columnas, y me lo decía con un rencor antiguo, incurable, procurando que yo me avergonzase de mí mismo, como él se avergonzaba de mí.

Con mi madre, una santa, a veces nos hemos distanciado, pero, en general, nos llevamos bien, porque me parezco a ella. Ahora estamos distanciados, pues los políticos religiosos, conservadores, antiliberales que ella apoya, son precisamente los que yo deploro. Eso abre una grieta entre nosotros. Ella cree que me he vuelto de izquierdas porque no voy a misa, no me confieso, no comulgo y no rezo lo suficiente. No sé si me he vuelto de izquierdas, pero los políticos que ella defiende y hasta financia me resultan odiosos, insufribles. Cuando era un niño, era tan feliz rezando con mi madre, comulgando después de ella, arrodillándome a su lado. Después descubrí el deseo erótico y eso perturbó el orden natural de las cosas entre nosotros. Cuando yo decía que, además de las mujeres, me gustaban también los hombres, mi madre sufría, se avergonzaba y me decía: estás confundido porque has dejado de rezar. Cuando anuncié que tenía un novio argentino, mi madre y yo dejamos de vernos un tiempo largo, pues ella no quiso conocer a mi novio, recibirlo en su casa. Curiosamente, me decía que yo era el más viril y varonil de sus ocho hijos, lo que provocaba ruidosa hilaridad entre mis hermanos. Mi madre rezaba para que yo fuese viril y varonil. De pronto, contra todo pronóstico, me alejé de mi novio y me enamoré de la mujer que hace quince años es mi esposa. Después de tantos sufrimientos y tantas vergüenzas que le había infligido a mi madre con mis amores, mis libros, mis programas y mis columnas, parecía que ella había triunfado, por fin. Pero su victoria final no consistía en que yo tuviera una esposa y fuese feliz con ella. El sueño más caro que tenía reservado para mí era que yo entrase en política y fuese presidente del país. Desde niño, me dijo que ese era mi destino, servir a los demás desde la política. Lamentablemente, no he podido complacerla. No he nacido para ser presidente. Soy un escritor. Moriré siendo un escritor. Moriré antes que mi madre. Pero, para ella, que yo sea un escritor, y no el presidente de la república, es un fracaso, uno más en mi existencia.

Cuando recuerdo que me quedan diez años de vida, poco más, poco menos, me digo que debo publicar tres novelas antes de irme: una, inspirada en el tío adinerado que en tiempos lejanos supo quererme y, en vísperas de morir, disgustado por mis escritos, me desheredó; otra, voluminosa y pecaminosa, los recuerdos de la familia, la sagrada familia; y la última, si me alcanza el coraje, la tardía evocación de un amor imposible que, sin embargo, me duró la vida entera y acabó en tragedia.

Tras despedirme de mi esposa y de nuestra hija adolescente al emprender cada uno de los viajes innecesarios e inútiles a los que me obligo en el afán de llegar al corazón de más lectores que hablen la noble lengua española, pienso que esa es la vida que libremente elijo y que, por consiguiente, es la muerte, o son las muertes, que libremente elijo también: muero un poco en los atascos del tráfico, en las filas serpentinas de los aeropuertos, en la angustia de los vuelos demorados, en las plegarias que elevo en los aviones, en las noches solitarias, desveladas, en hoteles de cuatro estrellas. Mi mayor riqueza son el tiempo y la libertad. No quiero malgastarla. Diez años pasan volando. En mi caso, literalmente volando. Llevaré mi palabra, mis palabras, adonde me esperen y adonde no. Después, con suerte, ellas, mis palabras, volarán solas.