Navanethem “Navi” Pillay, jurista galardonada ayer con el Premio Nobel de la Paz, es una firme defensora del derecho internacional, el cual está bajo ataque en este presente donde impera la ley del más fuerte.

“Recordar al mundo que el imperio de la ley, nacional e internacional, sostiene el sistema que hemos establecido para garantizar la paz y resolver conflictos de forma no violenta. La paz requiere justicia”, dijo el presidente del comité Jørgen Watne Frydnes al anunciar el Nobel de la Paz.

Los jueces “guardan la delgada línea roja entre el orden y el caos”, y el mundo necesita juristas “de valor, visión y determinación, cualidades que Navi Pillay demuestra en su trabajo en el estrado”. Frydnes advirtió que el derecho internacional se somete a una enorme presión y cada vez gana más terreno lo que describió como una “política de poder”. “Cuando la fuerza se impone a la razón, socava la estabilidad”, añadió.

Pillay, de 85 años, estaba en un foro en Núremberg, Alemania, donde los juicios a criminales de guerra nazis ayudaron a sentar las bases del derecho internacional, cuando recibió la noticia.

Estaba en la misma sala donde se celebraron los juicios cuando se anunció el premio.

Mientras sus colegas de la comunidad de derechos humanos aplaudían y felicitaban a la exjueza de la Corte Penal Internacional (CPI), respondió: “¿Es verdad? Pensé que debía ser una broma”.

“Si aplauden un poco más, tal vez comparta este premio con [el presidente de Estados Unidos, Donald] Trump”, bromeó, haciendo referencia a cómo la ganadora del año pasado, María Corina Machado, le entregó su medalla al presidente de EU.

Pillay agregó: “Es muy apropiado que esté con amigos y colegas, todos los cuales apoyan los derechos humanos”.

“Déjenme dedicar este premio a todos los supervivientes de crímenes internacionales”, declaró.

Añadió que los esfuerzos por debilitar la justicia penal internacional “ponen en peligro el progreso logrado con tanto esfuerzo desde Núremberg, y corren el riesgo de devolvernos a un mundo en el que el poder, y no la ley, determina de quién importa el sufrimiento”.

“Mi mensaje a los líderes, a los dirigentes políticos, es que (...) tienen la obligación legal de proteger los derechos humanos y abstenerse de hacer la guerra”.

Navi Pillay, ex Alta Comisionada de
las Naciones Unidas para los Derechos
Humanos, en Johannesburgo el 20 de enero de 2023. Foto: Wikus de Wet / AFP

Creció bajo el régimen de segregación racial

Nacida en 1941 en Durban, en la costa este de Sudáfrica, en el seno de una familia de origen tamil, Pillay creció en un barrio humilde bajo el régimen de segregación racial del apartheid. Aquella experiencia marcó profundamente su visión del mundo y la impulsó a dedicar su carrera a la defensa de quienes sufrían discriminación y persecución.

Estudió Derecho en la Universidad de Natal y más tarde obtuvo una maestría y un doctorado en Harvard. De regreso en su país, se convirtió en la primera mujer no blanca en abrir un bufete de abogados en Durban, desde donde defendió a numerosos opositores al régimen segregacionista.

Uno de sus primeros grandes logros llegó en 1973, cuando consiguió que los presos políticos de la prisión de Robben Island, donde estaba encarcelado Nelson Mandela, obtuvieran acceso a abogados.

Su compromiso con la lucha contra el apartheid terminó por abrirle las puertas de la justicia internacional. En 1995, un año después de que Mandela asumiera la presidencia tras las primeras elecciones democráticas del país, Pillay hizo historia al convertirse en la primera mujer perteneciente a una minoría en ser nombrada jueza de un Tribunal Superior sudafricano.

Después, Mandela la recomendó para integrar el tribunal de Naciones Unidas encargado de juzgar a los responsables del genocidio de Ruanda. Ahí protagonizó otro hito judicial: en 1998 formó parte del grupo de jueces que estableció, por primera vez en la jurisprudencia penal internacional, que la violación podía constituir un acto de genocidio.

Una década más tarde, su trayectoria la llevó a ocupar uno de los cargos más importantes del sistema de Naciones Unidas. En 2008 fue nombrada Alta Comisionada para los Derechos Humanos, una función que desempeñó hasta 2014 y desde la que denunció abusos y violaciones de las libertades fundamentales en distintas regiones del mundo.

Pillay actualmente se desempeña como jueza ad hoc en la Corte Internacional de Justicia, el máximo tribunal de las Naciones Unidas, en el caso de genocidio en curso contra Myanmar.

“Una voz firme e independiente de la justicia”

“Durante décadas ha sido una defensora del derecho internacional y los derechos humanos, y una voz firme e independiente de la justicia en algunos de los procesos judiciales internacionales más históricos de nuestro tiempo”, señaló el secretario general de la ONU, António Guterres, en una declaración ante la prensa.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, también la felicitó por su “valentía y claridad moral” en un momento “en que el mundo necesita más justicia que nunca”. Pillay “es la defensora de los perseguidos, de los vulnerables, de los que no tienen voz y de los excluidos”, así como “del Estado de derecho frente a la ley del más fuerte”, añadió.

La presidenta de la Corte Penal Internacional (CPI), Tomoko Akane, declaró que el premio supone un “reconocimiento” al papel de la justicia internacional como “piedra angular de una paz duradera”, en un “momento de profundos desafíos”.

El presidente de Sudáfrica, Cyril Ramaphosa, agregó que “la concesión del Premio Nobel a la jueza Pillay nos permite celebrar sus contribuciones al fortalecimiento de la paz, la defensa de la dignidad humana y la esperanza que ha llevado a Sudáfrica y a pueblos de todo el mundo”.

Pese a los numerosos cargos que ocupó, Pillay nunca dejó de vincular su compromiso con los derechos humanos a las experiencias de su infancia.

Haber crecido en una sociedad atravesada por la segregación racial, explicó en distintas oportunidades, le enseñó desde muy joven el costo de la injusticia y la importancia de enfrentarla.

“Sufrimos los peores insultos y la discriminación racial; nos maltrataron y nos trataron como si no fuéramos nada”, recordó en una entrevista concedida a la AFP. Frente a aquella realidad, sostuvo, sólo existían dos caminos: ser “débil y llorar” o “luchar”.

Ella eligió el segundo, una decisión que terminaría por definir toda su carrera.

Esa determinación también la colocó en el centro de algunas de las controversias más intensas de su trayectoria, especialmente durante su última misión al frente de la comisión de investigación sobre las violaciones de derechos humanos en Israel y los Territorios Palestinos. Pillay reconoció que aquel trabajo había sido probablemente el desafío más difícil de su carrera.

Las conclusiones de la comisión provocaron fuertes cuestionamientos y la jurista llegó a ser acusada de antisemitismo, una imputación que rechazó con la franqueza que la caracteriza.

“Sería gracioso si no fuera tan absurdo”, respondió.

Tras conocerse el Premio Nobel de la Paz, Benjamin Netanyahu, primer ministro de Israel, escribió en X que el comité del Nobel “ha perdido su brújula moral” al otorgar su máximo honor a “una fanática que construyó su carrera en torno a inventar y propagar calumnias de sangre contra el único Estado judío”.

Trump compartió una publicación que critica duramente la decisión del Comité del Nobel de la Paz de conceder el galardón a la jurista sudafricana y no reconocer en su lugar los logros del estadounidense.

En el mensaje se describe a la ganadora del Nobel como “una odiadora descarada de EU e Israel”.

Gaza formó parte de los primeros comentarios de Pillay este viernes tras enterarse de que había ganado. “Lo que está pasando ahí es genocidio”, dijo entre aplausos.

Pillay llegó a decir a la AFP en una entrevista: “Siempre supe quién soy y cómo enfrentar cualquier forma de discriminación. Hay que atreverse a alzar la voz y condenarla”.

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