Casi nadie escoge el momento y las circunstancias de su muerte, pero estoy seguro de que Francisco Garfias Antolín dejó este mundo como se lo imaginó: siendo un gran reportero, orgulloso de su oficio, querido y admirado por sus colegas, y temido a la vez que respetado por las fuentes de información. Como director editorial de Excélsior y como colega y lector suyo a lo largo de décadas, lamento profundamente la partida de nuestro columnista, porque se nos va un referente indiscutible del periodismo mexicano.
Pancho practicaba un periodismo de vieja escuela, siempre libreta en mano. Acudía adonde se producía la información, olfateaba la noticia y registraba con precisión los detalles de la vida pública nacional. Fue un periodista completo que pasó por múltiples escenarios. Tuvo el privilegio de ser corresponsal de este diario en París, una experiencia que afinó su mirada sobre el mundo. Sin embargo, nunca perdió la querencia por su tierra. Era orgullosamente potosino y defendía sus orígenes con una garra entrañable. Esa misma pasión lo llevaba a pararse en las gradas del estadio de CU, una plaza futbolera muy brava, para apoyar a su querido San Luis sin arredrarse ante nadie.
Tengo muy presentes aquellos días en que nos tocó reportear juntos la crisis poselectoral de 1991 en San Luis Potosí. Cubrimos la caída del gobernador Fausto Zapata y aquella histórica marcha del doctor Salvador Nava hacia la Ciudad de México. En el polvo del camino y la tensión política de aquellos años, Pancho dio muestras de lo que siempre fue: un reportero a ras de tierra, tenaz y comprometido con la verdad.
Era un columnista que peleaba las exclusivas, como hace todo buen periodista. Poseía una sagacidad extraordinaria para sacar la nota en medio del barullo y los engaños de la política. Su trato cotidiano reflejaba a un hombre de sonrisa y carcajada fáciles, pero que tomaba absolutamente en serio su trabajo. Se convirtió en uno de los mejores cronistas parlamentarios de nuestro país gracias a la enorme red de contactos que cultivó. Practicaba con rigor la máxima de don Julio Scherer García en el sentido de que un periodista vale tanto como las fuentes que tenga.
Como bien escribió ayer José Antonio Meade en su cuenta de X, Pancho Garfias fue el cronista parlamentario indispensable cuando el Congreso de la Unión ocupó el centro de gravedad de la política mexicana, entre 1997 y 2018. Su columna Arsenal en Excélsior retrató con agudeza los vaivenes de nuestra transición democrática. Apenas el pasado 19 de septiembre, al cuestionar la violencia en el país, se preguntaba en su texto si de verdad normalizamos la tragedia, demostrando que su pluma jamás perdió el filo. Que Pancho amaba la vida, no me cabe la menor duda. Una vez que acudimos juntos a reportear la toma de posesión de un gobernador, el avión se sacudió violentamente en una tormenta. “¡Ay, güey!”, exclamó, mientras se aferraba a mi antebrazo y yo al suyo.
Fue un gran reportero, con un espíritu crítico que se va a extrañar en estos tiempos en que el poder en turno busca someter la libertad de expresión. Frente a la tentación autoritaria y la homogeneización del discurso público, el ejemplo de Pancho nos recuerda la vigencia del periodismo libre, incómodo y fundamentado en el trabajo diario de libreta y libre pensar. Su ausencia nos deja un gran hueco. Descanse en paz el entrañable amigo y colega.
BUSCAPIÉS
La historia médica del Vaticano suele tejer coincidencias. En marzo de 1899, el papa León XIII desafió los pronósticos de la época al ingresar al quirófano con casi 90 años para retirarle una masa tumoral, de un volumen mayor a dos puños, en una improvisada sala dentro del Palacio Apostólico, mediante una operación practicada por el commendatore Gaetano Mazzoni. Fue el primer obispo de Roma en someterse a una intervención quirúrgica en el sentido moderno. Más de un siglo después, el nombre pontificio volverá a cruzarse con el bisturí tras el anuncio de León XIV sobre su próxima intervención en el Policlínico Gemelli para la extirpación de un nódulo pulmonar. Ambos pontífices decidieron encarar el trance con impecable serenidad, ofreciendo un testimonio público de transparencia ante la feligresía global.




