Las advertencias que llegan desde Brasil son un golpe de realidad para la izquierda latinoamericana, la primera vuelta electoral en la potencia del sur de América dejó una lección incontrovertible: la soberanía no se defiende con discursos ni con banderas retóricas; se defiende en la mesa, en la cartera y en la tranquilidad diaria de las familias trabajadoras. El avance de la ultraderecha no es producto del azar ni únicamente de la constante injerencia extranjera —que existió y fue sistemática—, sino del abandono de la contradicción fundamental de la sociedad: la base material que sostiene la vida cotidiana.
Si la izquierda en México pretende evitar un escenario similar donde el neofascismo instrumentalice el descontento popular, debe hacer a un lado el idealismo político; es momento de aplicar el materialismo dialéctico marxista: “la conciencia social está determinada por el ser social, por la realidad económica objetiva, no por la superestructura narrativa”.
Karl Marx señalaba que los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen bajo circunstancias elegidas por ellos, sino bajo las circunstancias preexistentes de la producción y la vida material; citando este concepto, Lula da Silva intentó librar una batalla en el plano de las ideas y los símbolos: soberanía contra subordinación, dignidad popular frente a las presiones internacionales de la administración de Donald Trump.
Sin embargo, mientras la cúpula política apelaba a la mística soberanista, el 49% de los brasileños sentía que su ingreso no alcanzaba para terminar el mes y más del 80% enfrentaba alguna forma de endeudamiento, el votante brasileño no rechazó la soberanía; simplemente votó desde su opresión cotidiana; ya que cuando las condiciones de existencia se deterioran, las consignas sobre la dignidad nacional se perciben como abstracciones vacías y alejadas de la realidad.
La lección para México es contundente: las narrativas sobre la “transformación” o la “soberanía nacional” pierden todo su filo transformador en cuanto chocan contra el muro de la inflación y el endeudamiento familiar y a continuación daré algunos casos concretos para México:
- Blindar la base material del pueblo: para frenar de raíz la demagogia de la ultraderecha, el gobierno mexicano debe desactivar las verdaderas fuentes del descontento popular mediante medidas económicas concretas y estructurales.
- Frenar la financiarización depredadora y la trampa del crédito improductivo: en Brasil, la desregulación de las apuestas por aplicación y la proliferación de microcréditos instantáneos profundizaron el sobreendeudamiento de las clases populares. En México, la base de la pirámide enfrenta un fenómeno idéntico a través de las aplicaciones de “préstamos gota a gota digital”, la especulación de financieras de nómina y los altos costos del crédito de consumo masivo; el Estado mexicano no puede permitir que la falta de regulación bancaria y la especulación financiera sigan despojando de su ingreso real a las familias trabajadoras para financiar la subsistencia diaria.
- Garantizar la asequibilidad de la vida diaria: los programas sociales han servido como un piso mínimo de dignidad, pero la inflación en los alimentos de la canasta básica impone un gravamen invisible que castiga desproporcionadamente a los sectores más vulnerables; controlar la cadena de suministros, frenar la intermediación abusiva en el campo y estabilizar de manera real el costo de los alimentos es una tarea de sobrevivencia política; este es un tema que la presidenta Claudia Sheinbaum realiza constantemente y que debe continuar fortaleciendo para convertirlo en un pilar solido de la Cuarta Transformación.
- Democratización de la seguridad y el combate a la extorsión: el neofascismo florece donde cunde el miedo, cuando el crimen organizado actúa como un parásito que impone “impuestos” (derecho de piso) sobre el pequeño comerciante o el campesino y destruye la economía familiar; la izquierda en México debe arrebatarle a la derecha la bandera de la seguridad material, combatiendo la violencia no con retórica pacifista, sino con capacidad estatal efectiva que garantice la paz en las calles. Situación que se está trabajando fuertemente en el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum a través de la estrategia de seguridad y del secretario Omar García Harfuch.
- Superar el personalismo y consolidar cuadros de relevo: Marx explicaba que los individuos son producto de las relaciones de producción de su época, el atrincheramiento alrededor de figuras históricas desgasta los proyectos políticos y genera una desconexión fatal entre la cúpula partidista y la sociedad. La izquierda mexicana no puede cometer el error de Lula: debe formar cuadros jóvenes, capaces de dar continuidad a un proyecto colectivo por encima de los egos individuales o limitantes de los partidos.
Y ahora lo digo fuerte y claro, el materialismo es el único antídoto contra el fascismo; el neofascismo no convence por la profundidad de sus planteamientos, sino porque canaliza con destreza el resentimiento, la rabia y la frustración material que genera el capitalismo no regulado, ofrece chivos expiatorios simples ante problemas económicos complejos.
Si el proyecto progresista en México se limita a defender la superestructura ideológica —el discurso soberanista, el enfrentamiento retórico y la propaganda partidista— mientras ignora las grietas materiales en el bolsillo del trabajador, estará pavimentándole el camino a la reacción. El único antídoto contra la ultraderecha es un materialismo aplicado: salarios con verdadero poder adquisitivo, crédito productivo y no especulativo, servicios públicos eficientes y una lucha frontal contra la corrupción real y cotidiana. La soberanía no es un discurso que se pronuncia en un pódium; la soberanía es la capacidad real de cada familia mexicana de vivir con dignidad y sin la angustia del mañana.





