De entrada resulta bastante desfasado referirse a derechas o izquierdas como brújula de identificación política. A pesar de su utilidad clásica, o al menos desde tiempos de la Revolución francesa, hoy día existen en el mundo grupos autodefinidos de izquierdas que adoptan políticas de derechas, mientras grupos de derechas se comportan como ideólogos y políticos de izquierda. Esta cuestión merece un debate independiente.

Lo que sí es una realidad es que México, a diferencia de otros países de América Latina, no es terreno fértil que favorezca el surgimiento de una auténtica derecha. Conviene recordar que, a nivel federal, el PAN, partido tradicionalmente considerado de derecha o centro-derecha ha ganado solo dos veces la presidencia de la República, no ha contado nunca con mayorías absolutas en el Congreso, ha sido siempre minoritario a nivel estatal, y en suma, nunca ha gozado de una base popular.

A diferencia de los tiempos del PRI, y ahora con Morena, el PAN no ha logrado nunca representar a la mayoría de los mexicanos. Por tanto, en contraste con los casos recientes de Chile, Argentina, Colombia y probablemente Brasil, un gobierno de derechas o de “ultraderecha” se antoja como una posibilidades bastante remota, al menos en el mediano plazo.

Esta “exclusividad” del caso mexicano en relación con el resto de América Latina echa raíces, a mi juicio, en tres hechos históricos fundamentales: el nacionalismo revolucionario del siglo XX, el surgimiento de sindicatos y poderes fácticos, y el papel limitado de las Fuerzas Armadas en la vida pública, tradicionalmente ligadas a la ideología de “derecha”.

El triunfo del pensamiento revolucionario a principios del siglo XX, seguido del cardenismo, del priismo corporativo y de la incorporación de estos ideales en la educación pública favorecieron que la mayoría de los mexicanos se identificasen con una visión de Estado marcada por un alineamiento con conceptos propios de la izquierda mexicana. En adición, como he señalado, la ausencia de golpes de Estado durante la centuria pasada facilitó que la concepción social de las ideologías de “derecha” quedasen relativamente apartadas del imaginario popular.

A pesar de que algunos mexicanos de derechas quisieran ver surgir a personajes como Trump, Bolsonario, Kast o Milei, la realidad apunta a que estos modelos estarían destinados al fracaso electoral. Mientras unos sugieren la hipotética candidatura de personajes disruptivos como Ricardo Salinas Pliego, otros lo describen como una desfachatez. Suscribo la idea de los segundos.

Por lo tanto, el combate en favor de la democracia y contra la consolidación de un partido de Estado no debe -ni puede- venir solo de la derecha, sino que exige un pacto social, donde las clasificaciones absurdas de derechas e izquierdas sean dejadas de lado, y donde tenga origen una genuina cruzada democrática.