Primero fue Torreón, Coahuila. Dos hermanos de 18 años, gemelos, exalumnos de la secundaria número 13, aprovecharon una puerta abierta para entrar y descargar su ira contra quien se les puso enfrente. Llevaban petardos, machetes, iban dispuestos a atacar, sin piedad.

La subdirectora, conocida como la maestra Neri, perdió la vida. Un profesor, un alumno y dos personas más quedaron heridos, mientras los vecinos, alertados por gritos y estruendos, corrían a auxiliar sin saber qué encontrarían.

Horas antes, uno de ellos había presumido en TikTok sus artefactos, su ropa y sus intenciones. Mostró también fotos de personajes que admiraba porque habían cometido actos violentos.

Todo eso mostró y nadie vio las señales.

Horas después el horror tocó otra escuela secundaria, ahora en la capital de Querétaro. Un estudiante de 13 años sacó dos cuchillos y atacó a cuatro personas, dejándolos con heridas que sanarán, pero con huellas que no se borran. Y ahora, la investigación avanza más allá del adolescente: también involucra a sus padres.

No se trata de señalar por señalar. Se trata de reconocer una verdad que duele: lo que ocurrió en el patio de esa escuela no nació ahí, en ese instante. Se gestó mucho antes, en el silencio de una casa, en la ausencia de preguntas, en la indiferencia ante lo que estaba cambiando.

¿Quién vio que ese niño llevaba armas? ¿Alguien vio algún comportamiento extraño?

La investigación que ahora recae en los padres es la exigencia de que se asuma la responsabilidad que a veces se evade cuando se dice “es cosa de la escuela” o “es cosa de niños”.

Es cierto. Las infancias, las juventudes de México y el mundo en general está inmerso en una ola de violencia que afecta a los más pequeños del núcleo familiar.

La presidenta Claudia Sheinbaum tiene razón al anunciar un grupo de trabajo para exigir responsabilidad a las plataformas; es urgente que los algoritmos no sean cómplices silenciosos de lo que se incuba en la sombra o en los rincones de cada hogar.

Pero no todo se resuelve así. Si dejamos que toda la culpa recaiga en una aplicación, en un teléfono, en un ordenador, nos engañamos.

Ese equipo de trabajo tiene una labor titánica. Atender la violencia de fondo, desde sus orígenes.

Mi sobrina, de 16 años me dijo: “Qué miedo ir a la escuela”. Y llega a ser alarmante saber que ya no son un lugar seguro. No como antes.

Hoy sabemos que algo en nuestra sociedad está roto.

Maestros, personal administrativo, alumnas y alumnos deben ser protegidos y atendidos no solo cuando ocurre una tragedia. Y así, solo así, hablando con nuestras infancias y cuidando su salud mental, podremos impedir que esa puerta que se deja abierta, permita que entre la violencia a las aulas.