La tutela y la crianza son irrenunciables

Hoy, las infancias y adolescencias tienen acceso a un volumen de información que suele rebasar a sus propios padres, tutores y maestros.

Cuando el tema es la sexualidad, el debate acostumbra centrarse en qué dicen los libros de texto, los planes de estudio o el Estado.

Pero ¿quién está formando realmente a nuestros hijos? Es la pregunta que, con genuina preocupación, las parejas plantean a especialistas, al tiempo que confiesan no saber cómo abordar el tema.

El riesgo no radica necesariamente en la escuela ni en su capacidad educativa.

Un docente puede estar mejor o peor preparado, tener mayores o menores herramientas para abordar determinados temas y responder desde sus propios criterios profesionales.

Pero la escuela tiene una función concreta: transmitir saberes y conocimientos, desarrollar competencias y acompañar procesos educativos.

No puede ni debe convertirse en una familia sustituta

Informar no es formar. Explicar anatomía, prevención o consentimiento es muy distinto a acompañar a un hijo a construir su propio criterio sobre las relaciones interpersonales, la intimidad, los límites, el afecto, la responsabilidad y los valores.

Si bien los debates ideológicos están lejos de resolverse, la tutela y la crianza son irrenunciables.

Madres y padres deben asumir esta formación sin concesiones. No se trata de imponer prejuicios o agendas, ni de restarle valor al sistema educativo, sino de aceptar que la crianza es indelegable.

Las políticas públicas son, o debieran ser, un marco de referencia que refleja las decisiones y prioridades del gobierno en turno; pero ni un gobierno ni un salón de clases pueden sustituir una conversación en casa.

Cuando los padres huyen de esa conversación, alguien más ocupa ese silencio

Puede ser un compañero, un influencer, un foro anónimo o el algoritmo de turno.

Y esa voz externa no necesariamente educará desde el cuidado, la responsabilidad y la cercanía que los padres pueden proporcionar.

El universo digital es el espacio donde coexisten información rigurosa y desinformación alarmante, educación y manipulación; pero también hay espacios que pueden ser utilizados para el acoso, la explotación sexual, la trata, el reclutamiento de menores y la circulación de material de abuso sexual infantil.

Un territorio donde muchas veces los padres desconocen qué consumen sus hijos, con quién interactúan y qué conversaciones mantienen.

Hablar de educación sexual todavía ruboriza a ciertas generaciones, pero el pudor no es excusa.

El entorno ha cambiado y los datos nos alcanzan. Una parte importante de las adolescentes ya ha iniciado su vida sexual antes de llegar a la mayoría de edad. Las preguntas de esta generación son crudas y complejas, y merecen ser contestadas.

El Estado legisla, la escuela instruye y los especialistas sugieren. Con frecuencia, incluso, se contradicen entre sí.

En medio de ese bullicio, corresponde a los padres ser el filtro de la sensatez.

Papá y mamá tienen en sus manos el privilegio —y también la responsabilidad— de investigar, responder, escuchar y acompañar, siempre desde la cercanía, el respeto y el profundo amor.

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