Algo está ocurriendo dentro de Morena y quizá seguimos demasiado entretenidos discutiendo nombres como para mirar el fenómeno completo.

Lo sucedido en Chihuahua es apenas una ventana. Morena decidió que Cruz Pérez Cuéllar encabezara la coordinación estatal rumbo a 2027 por encima de Andrea Chávez. No se trata de canonizar a Andrea ni de convertir a Cruz en villano. El problema sería demasiado pequeño si se redujera a ellos dos. Lo importante es lo que el episodio vuelve a poner sobre la mesa: militantes formados dentro del movimiento compitiendo contra personajes provenientes de otras fuerzas, alianzas reclamando espacios y una dirigencia cada vez más cómoda privilegiando el pragmatismo electoral por encima de palabras que antes parecían sagradas: militancia, congruencia, principios, lealtad.

Y entonces la pregunta es inevitable: ¿qué pasa por la cabeza de quienes toman estas decisiones?

¿Es soberbia? ¿Exceso de confianza? ¿Piensan que la pura marca Morena basta para hacer ganar a cualquiera que coloquen en la boleta? ¿Se sienten tan seguros de que millones seguirán votando mientras aparezca el logotipo guinda? ¿O estamos entrando en una lógica más pedestre: asegurar posiciones, incorporar grupos, repartir espacios y aprovechar una hegemonía que nadie sabe cuánto tiempo durará?

Cada vez me queda más claro que morenismo y obradorismo no son la misma cosa.

Morena nació como el instrumento electoral de un movimiento mucho más amplio, construido alrededor de Andrés Manuel López Obrador después de décadas de derrotas, movilizaciones, recorridos y elecciones disputadas. Pero los instrumentos, cuando alcanzan el poder, adquieren vida propia. Aparecen dirigencias, burocracias, grupos, intereses, aspirantes y recién llegados que poco o nada tuvieron que ver con las derrotas que hicieron posible la victoria.

Y entonces aparece una tentación peligrosísima: creer que el partido ya puede sobrevivir sin aquello que le dio origen.

Que basta el logotipo, que basta el color guinda, que basta escribir “Morena” en una boleta.

El poder, además, fabrica amnesias con una facilidad extraordinaria. Quienes llegan después de las batallas minimizan o de plano desprecian las cicatrices de quienes estuvieron en ellas. Los reclamos de la militancia incomodan porque recuerdan que hubo quienes estuvieron desde antes de que llegaran los cargos o posiciones; los principios estorban porque dificultan acuerdos; la memoria fastidia porque recuerda quién estaba cuando todavía no había espacios de poder que disputar.

Los recién llegados, en cambio, ofrecen algo mucho más práctico: votos, estructuras, territorios, alianzas. Nada de romanticismos.

Y quizá ahí comienza la verdadera descafeinización de la 4T.

No mediante una ruptura espectacular. No con alguien subiendo a una tribuna para declarar muerto al obradorismo. Con algo mucho más sencillo: conservar el vaso, el logotipo, el color y hasta el aroma mientras, poco a poco, se retira aquello que alguna vez le dio fuerza.

Pero si lo anterior molesta, lo que hace hervir la sangre es que buena parte del grupo que hoy gobierna no llegó de fuera: se formó, creció y fue impulsado por el propio obradorismo. Muchos de quienes hoy se proclaman fervorosos claudistas deben buena parte de su existencia política a López Obrador y al obradorismo. Varios alcanzaron sus primeras posiciones realmente importantes impulsados por él, cobijados por el movimiento y arrastrados por la enorme fuerza electoral de la marca Morena. Y aunque nadie esperaba que el sexenio de Claudia Sheinbaum fuera una calca del de Andrés Manuel López Obrador ni que gobernara bajo su sombra, una cosa es imprimirle identidad propia al segundo piso y otra muy distinta comenzar a comportarse como si la herencia recibida fuera una carga.

Una cosa es independizarse del fundador y otra comenzar a sacudirse la herencia que hizo posible llegar hasta ahí. Una cosa es construir el segundo piso y otra desmontar los cimientos porque la sombra del arquitecto anterior resulta demasiado grande.

Porque el obradorismo no pertenece a López Obrador como propiedad privada. Se convirtió, para millones, en una identidad política: una determinada forma de entender el poder, las élites, el territorio, la militancia y la relación con la gente.

Morena, en cambio, es un partido, y como todos los partidos quiere ganar. El problema empieza cuando ganar se convierte en un fin en sí mismo y no en el medio para sostener un proyecto.

Cuando eso ocurre, los principios empiezan a negociarse como cualquier otra cosa. Si un recién llegado ofrece mejores números, bienvenido. Si un aliado exige una candidatura, se negocia. Si el militante histórico protesta, se le pide disciplina. Y ante cualquier cuestionamiento siempre queda la respuesta más cómoda:

“Lo importante es ganar”.

¿Pero ganar qué?

Se puede ganar una gubernatura y perder militancia. Ganar una alianza y perder identidad. Ganar una elección y empezar a perder, poco a poco, a quienes hicieron posible todas las anteriores.

Por ello hay una frontera que convendría no cruzar: confundir los votos recibidos con un cheque en blanco.

La gente que durante años acompañó a López Obrador no necesariamente firmó un contrato de adhesión eterna con una marca registrada. Muchos votaron por una historia, por determinadas causas y por una idea —imperfecta, contradictoria, pero reconocible— de transformación.

Perseverar en la soberbia de ignorar a quienes estaban desde antes, dar por descontada su lealtad y tratar la militancia como una reserva inagotable puede terminar teniendo un costo mucho más alto de lo que hoy imaginan.

Porque hubo un tiempo, no hace tanto, en que Morena no tenía gubernaturas, mayorías, presupuestos ni candidaturas en juego.

Hubo un tiempo en que no había nada.

Y si siguen despreciando a quienes construyeron el movimiento, relegando a la militancia y creyendo que basta la marca para conservar eternamente sus votos, pueden descubrir de la peor manera que esos votos también se pierden.

Y cuando se pierden los votos, se pierde el poder.

Entonces sí: puede volver a no haber nada que repartir.

Porque quienes se empeñan en descafeinar demasiado el café pueden terminar descubriendo que, cuando ya no conserva sabor, aroma ni fuerza, en la taza solo queda un brebaje aguado que nadie quiere tomarse.

X: @Renegado_L